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"La cruel Fortuna del gran diablo.
El Algaceli de El Cairo, un sevillano en Oriente"
Autor:Fernando Fernández Lanza

   
   
 
CRÓNICA DE LOS TURCOS, LA CUAL, PRINCIPALMENTE, SIGUE A LA QUE ESCRIBIÓ JUAN MARÍA VICENTINO, CRONISTA DE MAHOMETO, BAYASIT, SELIM Y SULEIMÁN, SEÑORES DE ELLOS.

18 (c.225).

Cómo fueron hechas treguas entre el Gran Turco y el Soldán
y enterrados todos los que en la batalla pasada habían muerto.

Venido el día siguiente,
del real del señor Selim salieron sacerdotes
--que había asaz número de ellos--
y fueron enviados cuatro a la ciudad
a decir a los sacerdotes que en ella estaban
que hubiesen licencia del Soldán.
Y que ellos, así mismo, la llevarían del señor Selim
para poder sepultar aquellos cuerpos muertos que en el campo estaban
antes (de) que los canes y las aves los pudiesen comer.

El Gran Soldán concedió luego la dicha licencia,
y el señor Selim, con seguro y treguas de tres días.
Y pregonose que ninguno fuese osado de despojar
ni llevar a ningún cuerpo que no fuese de los suyos,
y que si algunos hallasen vivos los pudiesen seguramente llevar.
Y, así, vinieron del real más de 2.200 sacerdotes o alfaquíes
diciendo sus oraciones,
y de El Cairo salieron más de 2.000,
con otra mucha gente que de ambas partes venían.
Y luego comenzaron así los unos como los otros
a enterrar por el campo los que les parecía ser de los suyos,
haciéndoles muchas oraciones a la su usanza.
Pero después que todos los sacerdotes fueron juntos,
tan bien enterraban a los de la parte contraria como a los suyos.
Y los que de El Cairo vinieron sacaron bastimento
con que dieron de comer y beber
a todos los de fuera que le quisieron tomar,
encomendándose los unos a los otros
rogasen a Dios y al su gran profeta Mahomat
proveyese en la guerra y mortandad de tanto pueblo suyo.

Todos los hombres principales de los turcos que en la batalla murieron
--que serían en número de 150-- los llevaron a enterrar
en un collado que cerca del real estaba;
donde los sacerdotes sobre los dichos cuerpos
hicieron obsequias y lamentaciones,
lavándolos y envolviéndolos en buenos paños para enterrarlos.
Así mismo, fueron llevados a El Cairo todos los cuerpos
de las personas de cuenta que de la gente del Soldán habían sido muertos.
Y semejablemente les fueron hechas grandes obsequias
según su costumbre; la cual era
que el cuerpo del muerto era puesto sobre un tabernáculo
con paños de oro y muchas cosas olorosas,
y todos los amigos y parientes suyos llenos de luto
se sientan alderredor de él, y allí un un sacerdote o alfaquí
predica de su buena vida acerca de Dios.
Y si por ventura el muerto fue capitán que trajese bandera,
aquel que por él la traía ha de estar con ella delante del cuerpo
y ha de decir sus buenos hechos de armas
y la mucha valentía que contra los enemigos traía
y la buena guardia que de su gente sabía hacer.
Y después de haber estado la bandera tres días sobre el cuerpo
--que es el tiempo que tardan en enterrarle--
la traen otros nueve a cuestas, sin vara,
al mismo alférez que la solía tener.
Las sepulturas de las tales personas se hacen siempre
en la más negra tierra que pueden hallar
y echan en ellas muchas grijas al tiempo que comienzan a cubrir el muerto.

 



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