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"La cruel Fortuna del gran diablo.
El Algaceli de El Cairo, un sevillano en Oriente"
Autor:Fernando Fernández Lanza

   
   
 
CRÓNICA DE LOS TURCOS, LA CUAL, PRINCIPALMENTE, SIGUE A LA QUE ESCRIBIÓ JUAN MARÍA VICENTINO, CRONISTA DE MAHOMETO, BAYASIT, SELIM Y SULEIMÁN, SEÑORES DE ELLOS.

14 (c.221).

De quién fue este señor Algaceli
y la manera con que llegó a ser tan principal persona
en la casa y estado del Gran Soldán.

Una mujer viuda de la ciudad de Sevilla, llamada Juana,
determinó de ir peregrina a visitar la santa casa de Jerusalem.
Y poniéndolo así por obra, llevó consigo a un su hijo
sólo que tenía de hasta diez años.
Al tiempo que a Jerusalem llegó,
acaso estaba allí el gran soldán Causanciauri
que en la batalla de Alepo fue muerto.
Y como un día el dicho Soldán andaba por la ciudad,
acertó a ver en una calle a la peregrina española
y así mismo a aquel su hijo que consigo llevaba;
el cual le pareció demasiadamente hermoso, como en la verdad lo era.
Y, por tanto, escondidamente se lo hizo luego hurtar
y le envió a la ciudad de El Cairo,
donde lo más del tiempo él y los otros soldanes acostumbraban residir.
La pobre mujer peregrina --luego que a su hijo echó de menos--
aguardó a un día que el Soldán cabalgó para andar paseando por el lugar
y llegando a él se le quejó que le habían hurtado a su hijo;
por tanto, que le suplicaba se lo mandase dar
pues todos los peregrinos que a Jerusalem venían
era con seguro y fe de su palabra real
que no se les sería hecho daño ni fuerza alguna.

El Soldán mostró querer hacer gran pesquisa por el hurto del muchacho
y pareció que los mamelucos le habían llevado a El Cairo.
Y así era verdad; pero había sido por mandado del propio Soldán.
Luego que esto fue sabido,
el Soldán mandó dar una buena cantidad de dineros a la peregrina
y le dijo que pues todos los peregrinos se partían,
que ella se podía ir juntamente con ellos
pues no había tiempo de poder esperar a que el muchacho
fuese traído de El Cairo.
Y que él le prometía de enviársele con los peregrinos del año venidero
a Chipre o a Venecia,
y aún, si alguno viniese de España en peregrinaje,
se le daría o encomendaría para que le trajese;
y al mozo haría proveer de dineros
con que tuviese bien con qué ir hasta su tierra, y aún le sobrase.
La peregrina dijo que ella determinaba de estar en Jerusalem
hasta cobrar su hijo, pues su Gran Alteza prometía de enviárselo.
Y que si Dios fuese servido, que el año venidero se iría con los peregrinos.
El Soldán mandó que --por todo el tiempo que allí quisiese estar--
la dejasen posar en el hospital donde los peregrinos se albergaban
y mandó al gobernador de Jerusalem --el cual era cristiano de nación--
la proveyese de cualquier cosa necesaria
por todo el tiempo que allí estuviese.
Y el dicho señor Soldán se volvió a El Cairo.
La triste viuda estuvo unos día en Jerusalem esperando a su hijo;
y --desde que le pareció que era tiempo de ser venido--
demandó al gobernador de Jerusalem
un salvoconducto para ir a El Cairo;
el cual le fue luego por él dado, encomendándola a otros que allí iban.

Llegada la dicha mujer a El Cairo,
halló a su hijo mudado el nombre.
Y todo lo que pudo hacer fue derramar muchas lágrimas
y estar allí en El Cairo
porfiando de ver al Soldán todas las más veces que podía,
diciéndole siempre a voces que cumpliese su palabra
haciéndole tornar su hijo.
Y en esto estuvo cuatro años en El Cairo,
siendo siempre proveída del Soldán
y viviendo entre los cristianos que allí estaban.
Pero después que el hijo hubo cumplido los catorce años,
a ella le dijeron que ya no podía volver a ser cristiano
sin recibir por ello la cruel muerte;
pues que --pasado de los catorce años-- se había declarado
querer ser mameluco.
La mujer recibió aquel tormento cuerdamente,
puesto caso que gravemente lo sintiese,
y perdida del todo la esperanza de recobrar el hijo
se volvió a Jerusalem;
donde vivió más de otros quince años
--barriendo la iglesia del Santísimo Sepulcro de nuestro redentor--,
siendo visitada y proveída del hijo.

Este mozo se crió en casa del soldán Causanciauri;
el cual le fue tan adepto después de ser hombre
que le hizo su alguacil mayor de El Cairo,
que es la segunda persona del Gran Soldán.
Y fue tan valiente como habéis oído.
El cual --partiéndose de la batalla que con Sinán Bajá hubo--
fue la vuelta de la ciudad de El Cairo,
dejando por el camino --en los lugares seguros--
algunos de los compañeros heridos.
Y, así, llegó a El Cairo, donde el Gran Soldán estaba,
lleno de mucha tristeza.

 



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