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"La cruel Fortuna del gran diablo.
El Algaceli de El Cairo, un sevillano en Oriente"
Autor:Fernando Fernández Lanza

   
   
 
CRÓNICA DE LOS TURCOS, LA CUAL, PRINCIPALMENTE, SIGUE A LA QUE ESCRIBIÓ JUAN MARÍA VICENTINO, CRONISTA DE MAHOMETO, BAYASIT, SELIM Y SULEIMÁN, SEÑORES DE ELLOS.

11 (C.218).

De lo que el Algaceli dijo a los capitanes y gente de su campo,
queriendo pelear con los enemigos.

Venido el día siguiente, todos hubieron gana de descansar
teniendo sus atalayas las unas contra las otras.
Como el señor Algaceli viese la sobra de gente que los enemigos tenían,
hizo llamar a todos los capitanes y hombres principales de su campo.

Venidos que fueron en su presencia, él les dijo:

--Hermanos míos:
Ya todos sabéis los trabajos que han venido sobre la persona,
ejército y estado del Gran Soldán Causanciauri, nuestro señor.
Y cómo, al tiempo de su muerte, por el remedio de la tierra
fue criado el señor Tumos Bey por nuevo Soldán,
a quien todos juramos lealtad como buenos y leales vasallos.
Y así mismo os es manifiesto cómo escogiéndonos el señor dicho,
entre las gentes que en El Cairo tenía,
nos envió contra los turcos que en Gazara estaban.
Al tiempo que de allá partimos,
pensábamos que veníamos contra ocho o nueve mil hombres,
y ahora les es venido socorro de 15.000;
y aún el remedio que contra ellos habíamos buscado
de acometerles de noche, no quiso Dios que pudiésemos usar de él,
aunque en verdad no nos queríamos aprovechar de ese ardid
por flaqueza de ánimo, mas porque es justa cosa
que uno contra cuatro enemigos busque manera o industria
para librarse de ellos.

Quiéroos rogar a todos afectuosamente
que ninguno de vosotros se parta del campo
sin sacar sangre, poca o mucha, de vuestros enemigos.
O que toda la suya, juntamente con el alma, vaya fuera del cuerpo;
porque si esto hacéis,
con la mitad de los que aquí están yo me atreveré
a romper el ejército de los turcos.
Por ende, cada uno responda y declare aquí su voluntad
y a quien le pareciere cosa no razonable darse la batalla
desde 6.000 hasta 24.000 que los enemigos son,
pártase luego para El Cairo, que allá hará provecho
y aquí no padrá dejar de ser causa de mucho daño.
Aunque más de los 3.000 que aquí están yo espero,
en su bondad, que a lo menos quedará conmigo.
Y cuando otra cosa fuese, queriéndoos ir la mayor parte del ejército,
yo no podré hacer sino seguirle con el remate de él
sin vergüenza ninguna,
porque no podrá decir el nuestro señor Tumos Bey
que yo dejo de dar la batalla teniendo quien me acompañe en ella.

Todos los que al señor Algaceli escucharon
le dieron por respuesta
que con cualquier capitán osaran ellos dar la batalla a los enemigos,
cuanto más con él.
Que sabían su gobernación grande y mucha valentía
y que --con ayuda de Dios-- ellos alcanzarían la victoria
a pesar de aquellos perros robadores.
Y que, así, tenían por cierto que si el señor de Alepo
y los otros de su escuadra no huyeran de la batalla pasada,
que la victoria fuera del Soldán.
Porque al tiempo que ellos huyeron
no andaba la batalla donde se había comenzado,
antes más de dos tiros de flecha contra la parte de los enemigos.
Por tanto, que él acometiese denodadamente a los enemigos,
que todos estaban aparejados de vencer o perder la vida por é
l.

El señor Algaceli se alegró mucho
del esfuerzo que en todos los suyos halló,
lo cual él les agradeció con todas la buenas palabras que pudo,
ofreciéndole muchas mercedes y gracias de parte del Soldán.
Y con mucha humildad les rogó
que de todo lo que él ahí tenía dispusiesen
quien quiera que lo hubiesen menester o quisiese,
y que les encargaba que todos mirasen
las riendas o cinchas de sus caballos y las armas
con que habían de matar a sus enemigos y defenderse ellos.
Así mismo les rogó que todos se remitiesen y perdonasen
cualquier enojo que entre si tuvieran
y se diesen la paz como hermanos,
lo cual se hizo con muchos suspiros y llantos.

 



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