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"Elementos utópicos en la India descrita por Onesícrito"
Autor: Manuel Albaladejo Vivero - Universidad de Alcalá

   
   
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La India descrita por Onesícrito - Página 3

Debemos admitir que, en realidad, la vid abundaba poco en la India, aunque no era en absoluto desconocida para sus habitantes, tal y como dijo el de Amasía. Ahora bien, Onesícrito estaba fabulando una vez más al hablar de la existencia de trigo y vino en la región de Musícano y la prueba definitiva de que su imaginación estaba operando a toda máquina viene dada por su afirmación de que crecían espontáneamente, es decir, sin necesidad del esfuerzo desarrollado por los campesinos de otras latitudes –los griegos, sin ir más lejos– a fin de obtener una cosecha adecuada.

Esto nos conduce a pensar que Onesícrito elaboró una descripción utópica del reino de Musícano, en el cual se daban en teoría los mismos alimentos que consumían los griegos y su naturaleza era tan ubérrima que recordaba a la Edad de Oro hesiódica.

 

A estos productos inequívocamente helenos se deben añadir otros muchos exóticos y desconocidos en Grecia, como las drogas y raíces tanto beneficiosas como dañinas –de las que también había hablado Ctesias–, plantas tintóreas, la canela, el nardo y otras especies similares a las que se obtenían en Etiopía y Arabia. Onesícrito aprovechó el motivo de la comparación con estos dos últimos países para llevar a cabo un inciso a propósito de las condiciones climáticas y naturales existentes en cada uno de ellos.

De este modo, afirmó nuestro autor que el calor era similar en las tres zonas –India, Arabia y Etiopía–, pero la primera difería de las otras puesto que gozaba de una lluvia abundante –se refería a la lluvia monzónica–, la cual producía el efecto de humedecer su atmósfera, con el resultado de que ésta se volvía más nutritiva y fecunda. Lo mismo ocurría con la tierra y el agua de la India y, en definitiva, todo este conjunto de beneficiosas condiciones naturales provocaba que sus animales acuáticos y terrestres fuesen mayores que los de cualquier otro sitio.

Y es que aquí nos encontramos ante uno de los principales tópicos etnográficos de Onesícrito, para quien toda comparación establecida entre la naturaleza india y la de los demás países conocidos –en especial Egipto y Etiopía– se resolvía de manera inexorable a favor del extremo oriental del mundo, superando incluso las condiciones de las dos áreas que antaño habían constituido para los griegos el paradigma de la riqueza y la fertilidad.

En conexión con lo que acabamos de comentar, nuestro autor estableció una comparación entre el Nilo y los ríos de la India, reconociendo que el primero era “más fértil que los demás ríos y criaba animales mayores” –una apreciación habitual en los escritores griegos antes de tener un conocimiento preciso sobre la India, en este sentido tan sólo tenemos que recordar el libro segundo de la Historia de Heródoto–. A esto añadió Onesícrito que algunas veces las mujeres egipcias daban a luz cuatro gemelos, a modo de ejemplo de la fertilidad existente en el valle del Nilo gracias a la atmósfera e incluso citó a Aristóteles a propósito de una información sobre un parto séptuple recogida por el estagirita, quien también había calificado de prolífico y fecundo el río egipcio debido a la cocción del Sol [58].

La teoría emitida por Aristóteles fue utilizada por nuestro autor para afirmar que el curso del Nilo procedía en línea recta a través de un terreno largo y estrecho y cambiaba muchas veces de clima y de aires; los ríos de la India, por el contrario, no tenían su cauce tan encajonado, sino que estaban circundados por unas amplias llanuras y además no recorrían regiones que tuviesen un clima diferente.

Según Onesícrito, todas estas circunstancias permitían que los ríos indios fuesen más fecundos incluso que el Nilo; de manera análoga, su fauna debía ser de mayor tamaño y más numerosa.

Nuestro autor llegó incluso a emitir algunas teorías novedosas referidas a la influencia que tenía el agua de lluvia egipcia sobre la población de un país. Así, afirmó que la piel de los animales llegados de otras zonas tomaba el color del ganado del país después de haber bebido su agua de lluvia [59]. Estrabón consideró aceptable la explicación ofrecida por Onesícrito pero también expresó su escepticismo cuando nuestro autor atribuyó únicamente al agua el motivo por el que los etíopes tenían la piel negra y el pelo rizado, lo que en el fondo no era otra cosa sino la lógica ampliación de su anterior teoría a la vez que una crítica a los motivos esgrimidos tanto por Heródoto como por Ctesias para atribuir a la gente de color la pigmentación que los caracteriza. Recordemos que dentro de la concepción herodotea, los indios y los etíopes eyaculaban semen de color negro [60] y, según el médico cnidio, los indios tenían la tez morena debido a su naturaleza e incluso había entre ellos algunos individuos de piel blanca que, hemos de suponer, beberían el mismo tipo de agua que el resto de sus paisanos [61].

Junto a esto, señaló Estrabón que Onesícrito había criticado la tesis del poeta Teodectes, quien había mantenido que el Sol era el causante del color de los etíopes así como de su cabello crespo. Nuestro autor afirmó, de forma razonable, que el Sol no estaba más próximo a los etíopes que a los demás hombres, sino que en realidad sus rayos caían sobre ellos de una forma más perpendicular y, por este motivo, los quemaba con mayor energía.

De esta forma, Onesícrito procedió a “desmontar” una serie de tópicos vigentes en un pensamiento etnográfico griego que ya se encontraba muy distanciado de la época en la que él vivió; es la concepción, ni más ni menos, presente en los poemas homéricos al hablar de los “etíopes de ambos confines”, que se corresponde perfectamente con la creencia en una tierra plana que conocía en sus límites la aurora y el ocaso solares [62].

Como hemos tenido ocasión de comprobar, nuestro autor se desvió en este primer fragmento de su objeto de atención –el país de Musícano– llevando a cabo un curioso y “científico” excurso acerca de las propiedades del agua como definitorias de la pigmentación cutánea. La siguiente información aportada por Estrabón incide de lleno en la etnografía del pueblo gobernado por Musícano [63] del cual Onesícrito destacó, en primera instancia, una cualidad que también hizo extensible al resto de los indios y que no nos resulta en absoluto desconocida: su longevidad.
Nos basta con tener en cuenta las referencias de Ctesias acerca de la duración media de la vida de los indios, que cifró entre ciento veinte y ciento cuarenta años, e incluso algunos podían alcanzar los doscientos [64]. Asimismo, el cnidio ofreció unos datos similares al cuantificar la longevidad de los hombres con cabeza de perro o cinocéfalos [65].

Heródoto fue, de nuevo, el otro destacado precedente al que recurrió Onesícrito, ya que en su lógos etíope, el rey de este pueblo comunicó a los ictiófagos enviados por Cambises el hecho de que la mayor parte de sus súbditos llegaba a los ciento veinte años y había quienes superaban esa cifra [66]. Como es obvio, nuestro autor no tuvo la menor intención de reflejar la realidad existente en el país gobernado por Musícano, sino que aplicó al mismo una serie de lugares comunes en la literatura etnográfica griega, entre los que destacaba el referido a la extraordinaria longevidad de quienes habitasen en una zona ubicada en los límites del mundo conocido y que, por esa misma circunstancia, era considerada una tierra fantástica donde tenían lugar todo tipo de maravillas.

Además, los súbditos de Musícano gozaban de una buena salud –como cabía esperar– y su modo de vida era austero, aunque en su país abundaban todas las cosas. Esta última apreciación los acercaba a la ética de los sabios desnudos y constituye un nuevo ejemplo de la transposición de los ideales cínicos a la India, tan querida a nuestro autor con el objeto propagandístico de mostrar a su público griego las virtudes de un pueblo austero y feliz que seguía los mismos postulados que eran defendidos por los cínicos [67].

Otra característica de estas gentes era la celebración de banquetes comunales al estilo espartano donde se alimentaban a base de piezas cazadas [68]. Tampoco utilizaban el oro y la plata, aunque tenían minas de ambos metales, pero sí empleaban como esclavos a los muchachos, al igual que hacían los cretenses con los afamiotas y los propios lacedemonios con los hilotas.

Buena parte de las virtudes glosadas por Onesícrito presentaban enormes semejanzas con las costumbres existentes entre los griegos de estirpe doria, –era el caso de los espartanos y los cretenses–. En este sentido, recordemos que en Grecia hubo autores como Jenofonte que idealizaron ese estilo de vida, proponiéndolo como ejemplo al resto de sus compatriotas; tampoco deja de ser significativo el hecho de que los súbditos de Musícano se ganaban el lujo de comer carne después de haberla cazado, al igual que hacían los también idealizados persas que aparecían en la Ciropedia [69].

Asimismo, Onesícrito escribió que los musícanos no empleaban ni el oro ni la plata –algo similar a la práctica de los lacedemonios– pero no a causa de la imposibilidad de obtenerlos; era su extrema virtud y su desprecio a las riquezas lo que los convencía de la improcedencia de emplear unos metales preciosos que abundaban en su subsuelo. En el presente caso, nuestro autor volvió a mostrar los rasgos de una sociedad absolutamente diferente a la griega, donde la búsqueda de lucro era uno de sus principales defectos –a juicio de nuestro filósofo cínico– y en su mundo utópico hizo que los musícanos rechazasen de plano el dinero y los demás bienes que eran objeto de la codicia de los griegos.

Junto a esto, el emplear como esclavos a los jóvenes –recordando el ejemplo de los afamiotas y los hilotas en el territorio griego– podía deberse a la voluntad de que aquéllos no permaneciesen inactivos y ofreciesen un servicio a su sociedad. Debemos poner en relación esta referencia con el último de los tres fragmentos conservados acerca del país de Musícano [70], en el cual Estrabón había reflejado previamente la opinión de Megástenes [71] a propósito del hecho de que ningún indio tenía esclavos [72] –que también respondía la idealización que llevó a cabo este autor al escribir sobre la India–, a la que opuso el testimonio de Onesícrito, quien consideraba que tal institución sólo era propia del reino de Musícano, añadiendo que era una medida excelente y que dicho país se encontraba óptimamente gobernado.

Continuando con las características de la zona, Onesícrito hizo referencia tanto a su afición por la medicina, como al desprecio que sentían por las demás ciencias, en especial hacia todas las que estaban vinculadas al arte de la guerra. En esta cuestión no sólo se aprecian las trazas del pensamiento cínico, sino que también hay que recordar la India fabulosa de Ctesias, cuya naturaleza proveía al país de los remedios más variados para curar las enfermedades y, de esta manera, prolongar la vida de sus habitantes hasta unas edades realmente sorprendentes.

Asimismo, los súbditos de Musícano tenían un sistema legal sumamente simple, ya que los únicos delitos tipificados eran el asesinato y las injurias; según nuestro autor, el motivo de su punibilidad consistía en la indefensión que ambos producían en la víctima, al contrario de lo que sucedía con otro tipo de comportamientos antijurídicos, pues Onesícrito achacaba a la falta de precaución la circunstancia de que en las ciudades griegas abundasen los pleitos. De esta manera, venía a decir que si un individuo no era lo suficientemente cauto al confiar en la palabra del tercero con quien trataba, debía abstenerse de iniciar acciones legales.

Ha habido algunos especialistas que han visto en estas palabras de Onesícrito un reflejo de los principios mantenidos por los cínicos en materia jurídica [73]; a lo que deberíamos añadir la fuerte carga crítica empleada contra las –muy especialmente Atenas– cuyos ciudadanos se veían envueltos en procesos judiciales de manera casi continua, bien como partes interesadas, bien como personal juzgador.

Después de considerar en su conjunto la digresión etnográfica referida al país de Musícano, podemos concluir que se trata de una pieza que contiene las principales características del género de la literatura utópica –lo puramente fabuloso junto al elogio de las instituciones idealizadas de algunas zonas de Grecia como Creta y Esparta– puesto que se halla profundamente enraizada dentro de la tradición helena al respecto, tal y como lo demuestra la reelaboración de determinados temas que ya habían sido utilizados por autores precedentes –es el caso de Heródoto y Ctesias–.

A esto podríamos añadir otros modelos como la Atlántida de Platón y la Merópide de Teopompo de Quíos, quien compartía con Onesícrito la pertenencia al movimiento de los cínicos [74]. Por otro lado, esta descripción del país de Musícano tuvo una considerable repercusión en la literatura de la época helenística; sin ir más lejos, el propio Megástenes empleó la obra de Onesícrito a la hora de tratar acerca de determinados usos y costumbres de la India considerablemente diferentes de aquellos que había en la propia Grecia y que ambos autores aprovecharon para crear una argumentación crítica contra su propia cultura, a semejanza de lo realizado por los filósofos cínicos, con quienes seguía coincidiendo en algunas cuestiones nuestro autor, a pesar de haber “traicionado” sus principios tomando parte en la expedición liderada por Alejandro Magno.

Resumen/Abstract

Onesícrito fue uno de los intelectuales más destacados de entre los que acompañaron a Alejandro Magno en su legendaria campaña. Desempeñó importantes cometidos: se entrevistó con los “gimnosofistas”, fue el timonel de la nave real y, ante todo, es conocido por haber escrito una obra en la que, entre otros elementos, había una descripción del utópico reino de Musícano y de la región de Catea.

Onesicritus was one of the most reputated intellectuals who accompanied Alexander the Great in his legendary campaign. He carried out several important missions: he even talked with the “gymnosophists”, he was the royal vassel’s steersman and, above all, he is mainly known for writing a work which included, apart from other important data, a description of the utopian kingdom of Musicanus and the territory of Catheia.

 

 

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