Según
Onesícrito, todas estas circunstancias permitían
que los ríos indios fuesen más fecundos incluso
que el Nilo; de manera análoga, su fauna debía
ser de mayor tamaño y más numerosa.
Nuestro autor llegó incluso
a emitir algunas teorías novedosas referidas a la
influencia que tenía el agua de lluvia egipcia sobre
la población de un país. Así, afirmó que
la piel de los animales llegados de otras zonas tomaba
el color del ganado del país después de haber
bebido su agua de lluvia [59].
Estrabón consideró aceptable
la explicación ofrecida por Onesícrito pero
también expresó su escepticismo cuando nuestro
autor atribuyó únicamente al agua el motivo
por el que los etíopes tenían la piel negra
y el pelo rizado, lo que en el fondo no era otra cosa sino
la lógica ampliación de su anterior teoría
a la vez que una crítica a los motivos esgrimidos
tanto por Heródoto como por Ctesias para atribuir
a la gente de color la pigmentación que los caracteriza.
Recordemos que dentro de la concepción herodotea,
los indios y los etíopes eyaculaban semen de color
negro [60] y,
según el médico cnidio, los indios
tenían la tez morena debido a su naturaleza e incluso
había entre ellos algunos individuos de piel blanca
que, hemos de suponer, beberían el mismo tipo de
agua que el resto de sus paisanos [61].
Junto a esto, señaló Estrabón que
Onesícrito había criticado la tesis del poeta
Teodectes, quien había mantenido que el Sol era
el causante del color de los etíopes así como
de su cabello crespo. Nuestro autor afirmó, de forma
razonable, que el Sol no estaba más próximo
a los etíopes que a los demás hombres, sino
que en realidad sus rayos caían sobre ellos de una
forma más perpendicular y, por este motivo, los
quemaba con mayor energía.
De esta forma, Onesícrito procedió a “desmontar” una
serie de tópicos vigentes en un pensamiento etnográfico griego
que ya se encontraba muy distanciado de la época en la que él
vivió; es la concepción, ni más ni menos, presente en
los poemas homéricos al hablar de los “etíopes de ambos
confines”, que se corresponde perfectamente con la creencia en una tierra
plana que conocía en sus límites la aurora y el ocaso solares
[62].
Como hemos tenido ocasión de comprobar, nuestro
autor se desvió en este primer fragmento de su objeto
de atención –el país de Musícano– llevando
a cabo un curioso y “científico” excurso
acerca de las propiedades del agua como definitorias de
la pigmentación cutánea. La siguiente información
aportada por Estrabón incide de lleno en la etnografía
del pueblo gobernado por Musícano [63] del
cual Onesícrito
destacó, en primera instancia, una cualidad que
también hizo extensible al resto de los indios y
que no nos resulta en absoluto desconocida: su longevidad.
Nos basta con tener en cuenta las referencias de Ctesias acerca de la duración
media de la vida de los indios, que cifró entre ciento veinte y ciento
cuarenta años, e incluso algunos podían alcanzar los doscientos
[64]. Asimismo, el cnidio ofreció unos datos similares al cuantificar la
longevidad de los hombres con cabeza de perro o cinocéfalos [65].
Heródoto fue, de nuevo, el otro destacado
precedente al que recurrió Onesícrito, ya
que en su lógos etíope, el rey de este pueblo
comunicó a los ictiófagos enviados por Cambises
el hecho de que la mayor parte de sus súbditos llegaba
a los ciento veinte años y había quienes
superaban esa cifra [66].
Como es obvio, nuestro autor no tuvo la menor intención
de reflejar la realidad existente en el país gobernado
por Musícano, sino que
aplicó al mismo una serie de lugares comunes en
la literatura etnográfica griega, entre los que
destacaba el referido a la extraordinaria longevidad de
quienes habitasen en una zona ubicada en los límites
del mundo conocido y que, por esa misma circunstancia,
era considerada una tierra fantástica donde tenían
lugar todo tipo de maravillas.
Además, los súbditos de Musícano
gozaban de una buena salud –como cabía esperar– y
su modo de vida era austero, aunque en su país abundaban
todas las cosas. Esta última apreciación
los acercaba a la ética de los sabios desnudos y
constituye un nuevo ejemplo de la transposición
de los ideales cínicos a la India, tan querida a
nuestro autor con el objeto propagandístico de mostrar
a su público griego las virtudes de un pueblo austero
y feliz que seguía los mismos postulados que eran
defendidos por los cínicos [67].
Otra característica
de estas gentes era la celebración de banquetes
comunales al estilo espartano donde se alimentaban a base
de piezas cazadas [68]. Tampoco utilizaban el oro y la plata,
aunque tenían minas de ambos metales, pero sí empleaban
como esclavos a los muchachos, al igual que hacían
los cretenses con los afamiotas y los propios lacedemonios
con los hilotas.
Buena parte de las virtudes glosadas por Onesícrito
presentaban enormes semejanzas con las costumbres existentes
entre los griegos de estirpe doria, –era el caso
de los espartanos y los cretenses–. En este sentido,
recordemos que en Grecia hubo autores como Jenofonte que
idealizaron ese estilo de vida, proponiéndolo como
ejemplo al resto de sus compatriotas; tampoco deja de ser
significativo el hecho de que los súbditos de Musícano
se ganaban el lujo de comer carne después de haberla
cazado, al igual que hacían los también idealizados
persas que aparecían en la Ciropedia [69].
Asimismo, Onesícrito escribió que los musícanos
no empleaban ni el oro ni la plata –algo similar
a la práctica de los lacedemonios– pero no
a causa de la imposibilidad de obtenerlos; era su extrema
virtud y su desprecio a las riquezas lo que los convencía
de la improcedencia de emplear unos metales preciosos que
abundaban en su subsuelo. En el presente caso, nuestro
autor volvió a mostrar los rasgos de una sociedad
absolutamente diferente a la griega, donde la búsqueda
de lucro era uno de sus principales defectos –a juicio
de nuestro filósofo cínico– y en su
mundo utópico hizo que los musícanos rechazasen
de plano el dinero y los demás bienes que eran objeto
de la codicia de los griegos.
Junto a esto, el emplear como esclavos a los jóvenes –recordando
el ejemplo de los afamiotas y los hilotas en el territorio
griego– podía deberse a la voluntad de que
aquéllos no permaneciesen inactivos y ofreciesen
un servicio a su sociedad. Debemos poner en relación
esta referencia con el último de los tres fragmentos
conservados acerca del país de Musícano [70],
en el cual Estrabón había reflejado previamente
la opinión de Megástenes [71] a
propósito
del hecho de que ningún indio tenía esclavos [72] –que
también respondía la idealización
que llevó a cabo este autor al escribir sobre la
India–, a la que opuso el testimonio de Onesícrito,
quien consideraba que tal institución sólo
era propia del reino de Musícano, añadiendo
que era una medida excelente y que dicho país se
encontraba óptimamente gobernado.
Continuando con las características de la zona,
Onesícrito hizo referencia tanto a su afición
por la medicina, como al desprecio que sentían por
las demás ciencias, en especial hacia todas las
que estaban vinculadas al arte de la guerra. En esta cuestión
no sólo se aprecian las trazas del pensamiento cínico,
sino que también hay que recordar la India fabulosa
de Ctesias, cuya naturaleza proveía al país
de los remedios más variados para curar las enfermedades
y, de esta manera, prolongar la vida de sus habitantes
hasta unas edades realmente sorprendentes.
Asimismo, los súbditos de Musícano tenían
un sistema legal sumamente simple, ya que los únicos
delitos tipificados eran el asesinato y las injurias; según
nuestro autor, el motivo de su punibilidad consistía
en la indefensión que ambos producían en
la víctima, al contrario de lo que sucedía
con otro tipo de comportamientos antijurídicos,
pues Onesícrito achacaba a la falta de precaución
la circunstancia de que en las ciudades griegas abundasen
los pleitos. De esta manera, venía a decir que si
un individuo no era lo suficientemente cauto al confiar
en la palabra del tercero con quien trataba, debía
abstenerse de iniciar acciones legales.
Ha habido algunos especialistas que han visto en estas
palabras de Onesícrito un reflejo de los principios
mantenidos por los cínicos en materia jurídica
[73]; a lo que deberíamos añadir la fuerte carga
crítica empleada contra las –muy especialmente
Atenas– cuyos ciudadanos se veían envueltos
en procesos judiciales de manera casi continua, bien como
partes interesadas, bien como personal juzgador.
Después de considerar en su conjunto la digresión
etnográfica referida al país de Musícano,
podemos concluir que se trata de una pieza que contiene
las principales características del género
de la literatura utópica –lo puramente fabuloso
junto al elogio de las instituciones idealizadas de algunas
zonas de Grecia como Creta y Esparta– puesto que
se halla profundamente enraizada dentro de la tradición
helena al respecto, tal y como lo demuestra la reelaboración
de determinados temas que ya habían sido utilizados
por autores precedentes –es el caso de Heródoto
y Ctesias–.
A esto podríamos añadir otros modelos como
la Atlántida de Platón y la Merópide
de Teopompo de Quíos, quien compartía con
Onesícrito la pertenencia al movimiento de los cínicos
[74]. Por otro lado, esta descripción del país
de Musícano tuvo una considerable repercusión
en la literatura de la época helenística;
sin ir más lejos, el propio Megástenes empleó la
obra de Onesícrito a la hora de tratar acerca de
determinados usos y costumbres de la India considerablemente
diferentes de aquellos que había en la propia Grecia
y que ambos autores aprovecharon para crear una argumentación
crítica contra su propia cultura, a semejanza de
lo realizado por los filósofos cínicos, con
quienes seguía coincidiendo en algunas cuestiones
nuestro autor, a pesar de haber “traicionado” sus
principios tomando parte en la expedición liderada
por Alejandro Magno.
Resumen/Abstract
Onesícrito fue uno de los intelectuales más
destacados de entre los que acompañaron a Alejandro
Magno en su legendaria campaña. Desempeñó importantes
cometidos: se entrevistó con los “gimnosofistas”,
fue el timonel de la nave real y, ante todo, es conocido
por haber escrito una obra en la que, entre otros elementos,
había una descripción del utópico
reino de Musícano y de la región de Catea.
Onesicritus was one of the most reputated intellectuals
who accompanied Alexander the Great in his legendary
campaign. He carried out several important missions:
he even talked with the “gymnosophists”,
he was the royal vassel’s steersman and, above
all, he is mainly known for writing a work which included,
apart from other important data, a description of the
utopian kingdom of Musicanus and the territory of Catheia.
|