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"Elementos utópicos en la India descrita por Onesícrito"
Autor: Manuel Albaladejo Vivero - Universidad de Alcalá

   
   
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La India descrita por Onesícrito - Página 2

Si los lejanos sabios de la India –el país de las maravillas por excelencia– seguían el modo de vida cínico. ¿Qué mejor refrendo había para su propaganda por todo el mundo helénico al regreso de su viaje? Onesícrito era plenamente consciente de la oportunidad que representaba su estancia en Oriente y, en particular, su conversación con los más conspicuos representantes de su pensamiento para atribuirles unas ideas y una forma de vida que coincidían exactamente con las defendidas por Diógenes y sus discípulos en Grecia.

Junto a las anteriores disquisiciones, Onesícrito añadió que los gimnosofistas habían investigado un buen número de fenómenos naturales, como los pronósticos acerca de las lluvias, las sequías y las enfermedades [24].

Nuestro autor también quiso dar testimonio del prestigio social del que gozaban en la India estos sabios que impartían unas enseñanzas similares a las cínicas afirmando que, al marchar a la ciudad, los comerciantes les regalaban higos, racimos de uvas e incluso los ungían con aceite [25].

Igualmente, las casas más ricas tenían las puertas abiertas para ellos, participando así de la comida y la conversación.

Por último, según Onesícrito, los sabios indios consideraban que lo peor que les podía ocurrir era padecer una enfermedad corporal, hasta tal punto que cuando les aquejaba una dolencia, se suicidaban arrojándose sin inmutarse a una pira en llamas. Esta práctica era consecuente con las ideas que defendían, recordemos que Dándamis le había dicho a Onesícrito que el dolor era su adversario y el esfuerzo su amigo y además contamos con diversos testimonios acerca de la muerte del sabio Cálano, el primer y furibundo interlocutor de esta entrevista, quien se unió posteriormente al séquito de Alejandro y, una vez en Pasargadas, sintiendo que enfermaba por vez primera a sus setenta y tres años, decidió poner fin a su vida consumido por el fuego a pesar de que Alejandro –en cuya corte habia estado los dos últimos años enseñando su doctrina a discípulos tales como el futuro rey Lisímaco [26]– intentó alejarlo de la idea del suicidio [27].

Plutarco recogió otra versión del encuentro entre Onesícrito y los gimnosofistas en la que aparecen algunos elementos diferentes a los ofrecidos por Estrabón [28]. Así, en primer lugar, el testimonio del autor beocio permite comprender el rechazo de los sabios a acudir ante el rey macedonio, puesto que habían sido ellos mismos quienes se encargaron de persuadir a Sambo para rebelarse contra Alejandro [29].

Este Sambo era un reconocido enemigo del famoso Musícano –Onesícrito idealizó su país en una descripción que comentaremos más adelante– y en una primera instancia se había mostrado hostil a Alejandro, aunque no tuvo más remedio que someterse a su poder una vez que el macedonio comenzó a invadir su territorio. Siguiendo su costumbre, Alejandro le perdonó la vida y le permitió seguir gobernando a su pueblo. Pero Sambo quedó atemorizado ante el súbito reconocimiento del poder de su enemigo Musícano por parte del conquistador extranjero y huyó de la ciudad donde estaba asentado. Fueron los parientes de Sambo quienes hicieron entrega a Alejandro de los consabidos regalos como muestra de su sometimiento.

En este punto la historia se torna borrosa, pero todo parece señalar que los brahmanes llamaron a una rebelión generalizada por todo el área, incluyendo tanto a los territorios regidos por Musícano como a los de Sambo, una vez que hubo regresado este último de su desconocido lugar de exilio.

Tenemos noticias de la brutal represión desatada por Alejandro sobre aquellos que anteriormente le habían prometido fidelidad y la persecución incluyó, por supuesto, a los brahmanes que habían incitado a la revuelta [30].

Éstos fueron los prolegómenos de la historia referida por Plutarco; a continuación fueron conducidos a presencia del rey los diez gimnosofistas que más habían contribuido con sus consejos a que Sambo se rebelase y, de esta forma, comenzó un episodio del todo irreal por cuanto Alejandro, supuesto conocedor de la ingeniosa dialéctica y concisión de los gimnosofistas a la hora de responder las más complicadas preguntas que se les formulaban, ideó un ingenioso juego consistente en proponerles algunas cuestiones bajo la amenaza de condenar a muerte a aquél de entre ellos que contestase de peor manera, para lo cual el rey encargó al más anciano del grupo la tarea de juzgar a sus compañeros.

Según Plutarco, Alejandro les formuló preguntas del siguiente tipo: ¿Cuántos son más, los vivos o los muertos? ¿Cuál cría mayores animales, la tierra o el mar? ¿Cuál es el animal más astuto? La serie de acertijos propuestos corresponde a lo que los investigadores del folclore denominan Halsrätsel. Una vez concluida la ronda, el rey solicitó al anciano que se pronunciase y éste afirmó que cada uno de los gimnosofistas había respondido de peor manera que el anterior[31].

Alejandro quedó bastante irritado ante tal sentencia, bastante sagaz por proceder del sabio más experimentado del grupo y decidió que sería ejecutado precisamente el viejo, a lo que éste repuso que había incurrido en una contradicción, puesto que el rey había establecido unas reglas concretas para el juego propuesto.

Difícilmente puede pensar alguien que el presente episodio tuviera una base real. Resulta convincente el hecho de que los brahmanes participasen en las revueltas que hubo en diversas regiones indias contra el dominio de Alejandro pero, desde luego, la entrevista con los diez principales instigadores de la rebelión de Sambo responde más a la capacidad fabuladora de algún autor griego [32], ya que estos ejercicios de preguntas y respuestas donde un poderoso examina a sus futuras víctimas proponiéndoles complicados acertijos es un tópos bien conocido dentro de la literatura popular y que, como era de esperar, también contaba con buenos ejemplos dentro de la tradición cultural griega: sólo tenemos que recordar las preguntas efectuadas a los siete sabios, en especial al escita Anacarsis, así como el enigma planteado por la esfinge de Tebas [33].

Es obvio que el diálogo que acabamos de considerar se diferencia considerablemente de la versión ofrecida por Onesícrito –que, por cierto, también fue recogida por Plutarco, lo veremos a continuación– y con escasas variantes aparece en obras tales como la atribuida erróneamente a Calístenes [34], el historiador oficial de la expedición de Alejandro, la de Clemente de Alejandría [35], la que aparece en el Papiro de Berlín [36] y, en lengua latina, la del llamado Epítome de Metz.

El principal punto en común de todas estas fuentes consistió en la divulgación de la figura de Alejandro al modo de un gobernante omnipotente, insaciable en su afán de conquistar el mayor número de países pero, a la vez, –y esto puede provenir en última instancia del legado literario de Onesícrito– interesado en contrastar su sabiduría con la de los personajes más ilustrados que, en este caso, había en la India. Una imagen del soberano macedonio que trascendió el tiempo y el espacio y que lo convirtió en un personaje de leyenda durante varios siglos tanto en la tradición cultural de Occidente como en la de Oriente [37].

Volviendo al relato de Plutarco, conviene aclarar que a continuación del diálogo entre Alejandro y los gimnosofistas, el autor beocio empleó el testimonio ya conocido de Onesícrito para narrar su encuentro con Cálano y Dándamis.

En esencia, Plutarco repitió buena parte del episodio transmitido por Estrabón y que ha sido analizado anteriormente; no obstante, en el presente fragmento hay algunos puntos divergentes.

Así, Plutarco recogió la importante noticia acerca de que fue el propio Cálano quien asesoró a Taxiles, el príncipe indio que envió una embajada a Alejandro reconociendo su dominio cuando éste aún se encontraba en la Sogdiana [38]; además, según Plutarco, Cálano en realidad se llamaba Esfines, pero como saludaba a sus interlocutores diciendo , los griegos le dieron precisamente por nombre Cálano [39].

Por último, el sabio indio hizo una representación ante Alejandro de lo que debía ser el poder y la autoridad desplegando en el suelo una piel de buey seca, de la que pisó uno de sus extremos, lo que originó que se levantase por las demás partes; ocurrió lo mismo por todo alrededor. Finalmente, Cálano se colocó en medio de la piel y ésta quedó aplanada.

La imagen servía para demostrar que el poder debía ejercerse desde el centro del imperio y, por supuesto, Cálano quiso dar a entender que el mensaje de que Alejandro no debía haber llegado a un lugar tan lejano como la India. De nuevo estamos ante el tópico del sabio que impartía una lección moral y política al poderoso, al igual que se decía había hecho el cínico Diógenes con Alejandro y, mucho tiempo antes, Solón con Creso, el rey de Lidia.

No obstante lo anterior, tampoco negamos que pudiese haber en origen algún elemento propio del pensamiento de la India transformado, eso sí, por nuestro autor a fin de aportar una interpretatio graeca a la doctrina de los sabios indios [40].

Dejando a un lado este tema y entrando de lleno en el tema del presente artículo, consideramos que dentro de la obra de Onesícrito los excursos de carácter etnográfico debieron ser uno de los ingredientes principales; Heródoto y Ctesias debieron ser, sin duda, dos de sus autores de cabecera, a tenor de su afición a las noticias con ribetes fantásticos así como a la descripción de países lejanos con sus gentes, fauna, flora y demás elementos habituales dentro de ese tipo de escritos.

Ese gusto por lo exótico, que en ocasiones incluyó alguna narración de carácter netamente utópico –entendiendo como tal aquel relato que contiene la descripción de unas formas de vida consideradas perfectas o, al menos, ejemplarizantes [41]– aparece expresado de forma muy clara en los fragmentos que fundamentalmente se han conservado en la Geografía de Estrabón.
Es el caso, para comenzar con los mismos, de la región llamada Catea, ubicada por el autor de Amasía de una manera bastante oscura [42], ya que por un lado, afirmó que algunos la situaban junto al reino de Sopites, entre los ríos Hidaspes y Acesines; mientras que para otros, se encontraba más allá del Acesines y del Hidraotes, colindando con la región de Poro –un primo del soberano derrotado por Alejandro que también fue mencionado por Arriano como “el otro Poro, el malo ”[43]–.

Fue el propio autor de Nicomedia quien, al referirse a Catea, escribió que esta región se encontraba al este del Hidraotes y su capital se llamaba Sangala [44]. Su testimonio parece estar únicamente referido a la Catea oriental, puesto que Diodoro de Sicilia parece coincidir con el texto de Estrabón al distinguir entre dos Cateas, una occidental y otra oriental [45].

En todo caso, lo más importante del fragmento que ahora nos ocupa, consiste en la descripción idealizada de la Catea ofrecida por Onesícrito ya que destacó como algo muy singular de esta zona el culto exagerado a la belleza que llevaban a cabo sus habitantes.

De esta forma, nuestro autor afirmó que era elegido rey aquél que fuese más bello, lo cual no hace sino recordar un prestigioso antecedente literario. Heródoto había escrito en su lógos etiópico que los ciudadanos de ese país ubicado en los límites del mundo elevaban al trono a quien consideraban el más alto y fuerte[46].

Además, Onesícrito estableció un curioso paralelismo entre las costumbres lacedemonias y aquellas otras que, según él, se daban en la Catea; en su obra, los niños que nacian allí eran sometidos con tan sólo dos meses de vida a un juicio público que determinaba si cumplían o no con los requisitos de hermosura que les exigían sus leyes; de esta forma, si el magistrado consideraba que un niño no se ajustaba a los parámetros vigentes en la Catea, se le condenaba a muerte.

Como hemos podido apreciar, Onesícrito trasplantó a la India la famosa política eugenésica de Esparta con la finalidad de que los habitantes de Catea tuviesen un método de eliminación de aquellos niños que, debido a su deformidad o simplemente a su fealdad, no superasen el nivel de belleza requerido para entrar a formar parte de tan privilegiada población.

Por lo demás, se ha afirmado de manera bastante acertada que, en el presente caso, Onesícrito tampoco fue fiel a su doctrina cínica, puesto que al tomar a Esparta como ejemplo social traicionó los postulados de su corriente de pensamiento y es que, en nuestra opinión, Onesícrito se vio prácticamente obligado a recurrir al ejemplo lacedemonio –tal y como hubiese hecho Jenofonte– para explicar cómo prescindían los exigentes cateos de aquellos ciudadanos que no llegaban a un nivel medianamente aceptable [47].

También sucedía que este pueblo indio tenía otras costumbres –drásticas pero siempre dentro de su afición a la belleza–. Así, dijo Onesícrito que se teñían la barba con colores variados y resplandecientes; el novio y la novia se elegían el uno al otro y, lo que es más interesante, nuestro autor describió la práctica del sati: las viudas eran quemadas junto al cadáver de su esposo y explicó que semejante actuación se había establecido para impedir que las mujeres enamoradas de los jóvenes –suponemos que esto era un efecto secundario del culto a la hermosura en Catea– envenenasen a sus maridos. En este punto, Estrabón detuvo la narración de Onesícrito e introdujo su opinión personal: él no podía dar crédito a la norma que ordenaba la incineración conjunta del matrimonio ni el motivo que la había originado. Precisamente, como señaló un estudioso del tema, lo único que consideraba increíble Estrabón de los cateos parece ser lo más “real” que Onesícrito escribió acerca de ellos [48].

Sin lugar a dudas, los principales textos etnográficos que han pervivido de Onesícrito son aquellos fragmentos referidos al utópico país de Musícano, transmitidos por Estrabón al igual que ocurría con el caso anterior [49].

Además de lo recogido por nuestro autor, contamos con otras noticias acerca de Musícano que, si bien no presentan en absoluto esas características de fábula, se encuentran fundamentalmente en la Anábasis de Arriano [50]. De este modo, sabemos que Musícano en un primer momento no se había sometido al poder de Alejandro, por lo que éste decidió invadir su territorio. Al comprender el peligro que se le avecinaba, decidió dar marcha atrás respecto de su primera intención y salió a toda prisa al encuentro del rey de Macedonia llevándole considerables regalos y todos sus elefantes, al tiempo que reconocía su error ante el propio Alejandro quien, a su vez, lo perdonó y, nos dice Arriano, quedó asombrado al contemplar la ciudad y el país de los musícanos aunque, por desgracia, desconocemos los motivos por los que el de Nicomedia escribió tal cosa y que, sin duda, estaban recogidos en la fuente que él empleó [51].

Poco tiempo después, comenzó la rebelión de Sambo –de la cual hemos hablado a propósito de los gimnosofistas–, con la excusa de que Alejandro había mantenido a Musícano como gobernante de sus antiguos territorios y ambos personajes estaban profundamente enemistados desde antiguo [52].

Por lo tanto, Arriano narró la defección protagonizada por Sambo, al igual que la condena a muerte decretada por Alejandro para aquellos brahmanes que lo habían asesorado. Y fue durante esos acontecimientos cuando Alejandro tuvo noticia de que Musícano se había sumado a la revuelta; para sofocar este nuevo frente envió al sátrapa del sur de la India, llamado Pitón, con un contingente de soldados. El rey en persona se encargó de destruir por completo algunas de las ciudades sometidas a Musícano y en otras estableció una guarnición.
Posteriormente se presentó Pitón ante él llevando preso a Musícano y Alejandro ordenó colgarlo al igual que los brahmanes que lo habían convencido de la necesidad de su rebelión [53].

Éstas son, por tanto, las noticias recogidas por Arriano en cuanto a Musícano y convendría decir que la versión de Onesícrito difiere por completo ya que, en primer lugar, nuestro autor dijo que aquél gobernaba en la región más meridional de la India, lo cual implicaba que se trataba de uno de los extremos del mundo habitado –la India era ya de por sí el límite oriental de la ecumene– y, en consonancia con esa ubicación, el país de Musícano presentaba todo tipo de maravillas, como veremos en seguida.

En el primero de los fragmentos dedicados a esta tierra [54], Onesícrito describió unos árboles de gran tamaño, cuyas ramas, tras alcanzar doce codos de altura, se doblaban hacia abajo hasta tocar el suelo; posteriormente, esas ramas continuaban creciendo bajo tierra, como si fuesen raíces y volvían a salir a la superficie convertidas en troncos que repetían el mismo proceso varias veces; de esta manera, de un solo árbol, se formaba una enorme sombrilla capaz de albergar bajo ella a cuatrocientos jinetes.

Además, escribió Onesícrito que cinco hombres podían abrazar a duras penas uno de los troncos de este portentoso árbol, que ha sido identificado con el “baniano” o ficus bengalensis [55], aunque nuestra opinión consiste en pensar que Onesícrito decidió por su cuenta exagerar algunas de las características presentes en la exótica flora de la India hasta alcanzar niveles cercanos a los presentes en los Indiká de Ctesias. En efecto, decir que la disposición de las ramas de estos árboles podía dar cobijo a cuatrocientos jinetes –hemos de suponer que habló de jinetes porque incluiría a sus respectivos caballos dentro de la zona de sombra– era algo digno de figurar en los relatos del médico cnidio –de quien, por cierto, transmitió el patriarca Focio la noticia referente a que las palmeras indias y sus dátiles eran tres veces mayores que las de Babilonia [56], lo cual entra en relación directa con el tema que estamos tratando–.

Asimismo, Onesícrito realizó algunos comentarios a propósito de los “árboles que producían lana” o algodoneros –recordemos que Heródoto se había referido a los mismos bajo similar denominación [57]– y escribió que en este país crecía de forma espontánea un cereal parecido al trigo y una vid que producía vino pero, como recuerda el propio Estrabón, los demás autores que escribieron sobre la India y que él empleó para elaborar su libro decimoquinto, afirmaron que en aquel país no había vides.

Debemos admitir que, en realidad, la vid abundaba poco en la India, aunque no era en absoluto desconocida para sus habitantes, tal y como dijo el de Amasía. Ahora bien, Onesícrito estaba fabulando una vez más al hablar de la existencia de trigo y vino en la región de Musícano y la prueba definitiva de que su imaginación estaba operando a toda máquina viene dada por su afirmación de que crecían espontáneamente, es decir, sin necesidad del esfuerzo desarrollado por los campesinos de otras latitudes –los griegos, sin ir más lejos– a fin de obtener una cosecha adecuada.

Esto nos conduce a pensar que Onesícrito elaboró una descripción utópica del reino de Musícano, en el cual se daban en teoría los mismos alimentos que consumían los griegos y su naturaleza era tan ubérrima que recordaba a la Edad de Oro hesiódica.

A estos productos inequívocamente helenos se deben añadir otros muchos exóticos y desconocidos en Grecia, como las drogas y raíces tanto beneficiosas como dañinas –de las que también había hablado Ctesias–, plantas tintóreas, la canela, el nardo y otras especies similares a las que se obtenían en Etiopía y Arabia. Onesícrito aprovechó el motivo de la comparación con estos dos últimos países para llevar a cabo un inciso a propósito de las condiciones climáticas y naturales existentes en cada uno de ellos.

 

 

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