Nuestro autor también quiso dar testimonio
del prestigio social del que gozaban en la India estos
sabios
que impartían unas enseñanzas similares a
las cínicas afirmando que, al marchar a la ciudad,
los comerciantes les regalaban higos, racimos de uvas e
incluso los ungían con aceite [25].
Igualmente, las casas más ricas tenían
las puertas abiertas para ellos, participando así de
la comida y la conversación.
Por último, según Onesícrito, los
sabios indios consideraban que lo peor que les podía
ocurrir era padecer una enfermedad corporal, hasta tal
punto que cuando les aquejaba una dolencia, se suicidaban
arrojándose sin inmutarse a una pira en llamas.
Esta práctica era consecuente con las ideas que
defendían, recordemos que Dándamis le había
dicho a Onesícrito que el dolor era su adversario
y el esfuerzo su amigo y además contamos con diversos
testimonios acerca de la muerte del sabio Cálano,
el primer y furibundo interlocutor de esta entrevista,
quien se unió posteriormente al séquito de
Alejandro y, una vez en Pasargadas, sintiendo que enfermaba
por vez primera a sus setenta y tres años, decidió poner
fin a su vida consumido por el fuego a pesar de que Alejandro –en
cuya corte habia estado los dos últimos años
enseñando su doctrina a discípulos tales
como el futuro rey Lisímaco [26]– intentó alejarlo
de la idea del suicidio [27].
Plutarco recogió otra versión del encuentro
entre Onesícrito y los gimnosofistas en la que aparecen
algunos elementos diferentes a los ofrecidos por Estrabón
[28].
Así, en primer lugar, el testimonio del autor
beocio permite comprender el rechazo de los sabios a acudir
ante el rey macedonio, puesto que habían sido ellos
mismos quienes se encargaron de persuadir a Sambo para
rebelarse contra Alejandro [29].
Este Sambo era un reconocido enemigo del famoso Musícano –Onesícrito
idealizó su país en una descripción que comentaremos más
adelante– y en una primera instancia se había mostrado hostil
a Alejandro, aunque no tuvo más remedio que someterse a su poder una
vez que el macedonio comenzó a invadir su territorio. Siguiendo su costumbre,
Alejandro le perdonó la vida y le permitió seguir gobernando
a su pueblo. Pero Sambo quedó atemorizado ante el súbito reconocimiento
del poder de su enemigo Musícano por parte del conquistador extranjero
y huyó de la ciudad donde estaba asentado. Fueron los parientes de Sambo
quienes hicieron entrega a Alejandro de los consabidos regalos como muestra
de su sometimiento.
En este punto la historia se torna borrosa, pero todo
parece señalar que los brahmanes llamaron a una
rebelión generalizada por todo el área, incluyendo
tanto a los territorios regidos por Musícano como
a los de Sambo, una vez que hubo regresado este último
de su desconocido lugar de exilio.
Tenemos noticias de la brutal represión desatada
por Alejandro sobre aquellos que anteriormente le habían
prometido fidelidad y la persecución incluyó,
por supuesto, a los brahmanes que habían incitado
a la revuelta [30].
Éstos fueron los prolegómenos de la historia
referida por Plutarco; a continuación fueron conducidos
a presencia del rey los diez gimnosofistas que más
habían contribuido con sus consejos a que Sambo
se rebelase y, de esta forma, comenzó un episodio
del todo irreal por cuanto Alejandro, supuesto conocedor
de la ingeniosa dialéctica y concisión de
los gimnosofistas a la hora de responder las más
complicadas preguntas que se les formulaban, ideó un
ingenioso juego consistente en proponerles algunas cuestiones
bajo la amenaza de condenar a muerte a aquél de
entre ellos que contestase de peor manera, para lo cual
el rey encargó al más anciano del grupo la
tarea de juzgar a sus compañeros.
Según Plutarco, Alejandro les formuló preguntas
del siguiente tipo: ¿Cuántos son más,
los vivos o los muertos? ¿Cuál cría
mayores animales, la tierra o el mar? ¿Cuál
es el animal más astuto? La serie de acertijos propuestos
corresponde a lo que los investigadores del folclore denominan
Halsrätsel. Una vez concluida la ronda, el rey solicitó al
anciano que se pronunciase y éste afirmó que
cada uno de los gimnosofistas había respondido de
peor manera que el anterior[31].
Alejandro quedó bastante irritado ante tal sentencia, bastante sagaz
por proceder del sabio más experimentado del grupo y decidió que
sería ejecutado precisamente el viejo, a lo que éste repuso que
había incurrido en una contradicción, puesto que el rey había
establecido unas reglas concretas para el juego propuesto.
Difícilmente puede pensar alguien que el presente
episodio tuviera una base real. Resulta convincente el
hecho de que los brahmanes participasen en las revueltas
que hubo en diversas regiones indias contra el dominio
de Alejandro pero, desde luego, la entrevista con los diez
principales instigadores de la rebelión de Sambo
responde más a la capacidad fabuladora de algún
autor griego [32],
ya que estos ejercicios de preguntas y respuestas donde
un poderoso examina a sus futuras víctimas
proponiéndoles complicados acertijos es un tópos
bien conocido dentro de la literatura popular y que, como
era de esperar, también contaba con buenos ejemplos
dentro de la tradición cultural griega: sólo
tenemos que recordar las preguntas efectuadas a los siete
sabios, en especial al escita Anacarsis, así como
el enigma planteado por la esfinge de Tebas [33].
Es obvio que el diálogo que acabamos de considerar
se diferencia considerablemente de la versión ofrecida
por Onesícrito –que, por cierto, también
fue recogida por Plutarco, lo veremos a continuación– y
con escasas variantes aparece en obras tales como la atribuida
erróneamente a Calístenes [34],
el historiador oficial de la expedición de Alejandro,
la de Clemente de Alejandría [35],
la que aparece en el Papiro de Berlín [36] y,
en lengua latina, la del llamado Epítome de Metz.
El principal punto en común de todas estas fuentes
consistió en la divulgación de la figura
de Alejandro al modo de un gobernante omnipotente, insaciable
en su afán de conquistar el mayor número
de países pero, a la vez, –y esto puede provenir
en última instancia del legado literario de Onesícrito– interesado
en contrastar su sabiduría con la de los personajes
más ilustrados que, en este caso, había en
la India. Una imagen del soberano macedonio que trascendió el
tiempo y el espacio y que lo convirtió en un personaje
de leyenda durante varios siglos tanto en la tradición
cultural de Occidente como en la de Oriente [37].
Volviendo al relato de Plutarco, conviene aclarar que
a continuación del diálogo entre Alejandro
y los gimnosofistas, el autor beocio empleó el testimonio
ya conocido de Onesícrito para narrar su encuentro
con Cálano y Dándamis.
En esencia, Plutarco repitió buena parte del episodio
transmitido por Estrabón y que ha sido analizado
anteriormente; no obstante, en el presente fragmento hay
algunos puntos divergentes.
Así, Plutarco recogió la importante noticia
acerca de que fue el propio Cálano quien asesoró a
Taxiles, el príncipe indio que envió una
embajada a Alejandro reconociendo su dominio cuando éste
aún se encontraba en la Sogdiana [38];
además,
según Plutarco, Cálano en realidad se llamaba
Esfines, pero como saludaba a sus interlocutores diciendo , los
griegos le dieron precisamente por nombre Cálano [39].
Por último, el sabio indio hizo una representación
ante Alejandro de lo que debía ser el poder y la
autoridad desplegando en el suelo una piel de buey seca,
de la que pisó uno de sus extremos, lo que originó que
se levantase por las demás partes; ocurrió lo
mismo por todo alrededor. Finalmente, Cálano se
colocó en medio de la piel y ésta quedó aplanada.
La imagen servía para demostrar que el poder debía
ejercerse desde el centro del imperio y, por supuesto,
Cálano quiso dar a entender que el mensaje de que
Alejandro no debía haber llegado a un lugar tan
lejano como la India. De nuevo estamos ante el tópico
del sabio que impartía una lección moral
y política al poderoso, al igual que se decía
había hecho el cínico Diógenes con
Alejandro y, mucho tiempo antes, Solón con Creso,
el rey de Lidia.
No obstante lo anterior, tampoco negamos que pudiese
haber en origen algún elemento propio del pensamiento
de la India transformado, eso sí, por nuestro autor
a fin de aportar una interpretatio graeca a la doctrina
de los sabios indios [40].
Dejando a un lado este tema y entrando
de lleno en el tema del presente artículo, consideramos
que dentro de la obra de Onesícrito los excursos
de carácter etnográfico debieron ser uno
de los ingredientes principales; Heródoto y Ctesias
debieron ser, sin duda, dos de sus autores de cabecera,
a tenor de su afición a las noticias con ribetes
fantásticos así como a la descripción
de países lejanos con sus gentes, fauna, flora y
demás elementos habituales dentro de ese tipo de
escritos.
Ese gusto por lo exótico, que en ocasiones incluyó alguna
narración de carácter netamente utópico –entendiendo
como tal aquel relato que contiene la descripción
de unas formas de vida consideradas perfectas o, al menos,
ejemplarizantes [41]– aparece
expresado de forma muy clara en los fragmentos que fundamentalmente
se han conservado
en la Geografía de Estrabón.
Es el caso, para comenzar con los mismos, de la región llamada Catea,
ubicada por el autor de Amasía de una manera bastante oscura [42], ya que
por un lado, afirmó que algunos la situaban junto al reino de Sopites,
entre los ríos Hidaspes y Acesines; mientras que para otros, se encontraba
más allá del Acesines y del Hidraotes, colindando con la región
de Poro –un primo del soberano derrotado por Alejandro que también
fue mencionado por Arriano como “el otro Poro, el malo ”[43]–.
Fue el propio autor de Nicomedia quien, al referirse
a Catea, escribió que esta región se encontraba
al este del Hidraotes y su capital se llamaba Sangala [44].
Su testimonio parece estar únicamente referido a
la Catea oriental, puesto que Diodoro de Sicilia parece
coincidir con el texto de Estrabón al distinguir
entre dos Cateas, una occidental y otra oriental [45].
En todo caso, lo más importante del fragmento
que ahora nos ocupa, consiste en la descripción
idealizada de la Catea ofrecida por Onesícrito ya
que destacó como algo muy singular de esta zona
el culto exagerado a la belleza que llevaban a cabo sus
habitantes.
De esta forma, nuestro autor afirmó que
era elegido rey aquél que fuese más bello,
lo cual no hace sino recordar un prestigioso antecedente
literario. Heródoto había escrito en su lógos
etiópico que los ciudadanos de ese país ubicado
en los límites del mundo elevaban al trono a quien
consideraban el más alto y fuerte[46].
Además, Onesícrito estableció un
curioso paralelismo entre las costumbres lacedemonias y
aquellas otras que, según él, se daban en
la Catea; en su obra, los niños que nacian allí eran
sometidos con tan sólo dos meses de vida a un juicio
público que determinaba si cumplían o no
con los requisitos de hermosura que les exigían
sus leyes; de esta forma, si el magistrado consideraba
que un niño no se ajustaba a los parámetros
vigentes en la Catea, se le condenaba a muerte.
Como hemos podido apreciar, Onesícrito trasplantó a
la India la famosa política eugenésica de
Esparta con la finalidad de que los habitantes de Catea
tuviesen un método de eliminación de aquellos
niños que, debido a su deformidad o simplemente
a su fealdad, no superasen el nivel de belleza requerido
para entrar a formar parte de tan privilegiada población.
Por lo demás, se ha afirmado de manera bastante
acertada que, en el presente caso, Onesícrito tampoco
fue fiel a su doctrina cínica, puesto que al tomar
a Esparta como ejemplo social traicionó los postulados
de su corriente de pensamiento y es que, en nuestra opinión,
Onesícrito se vio prácticamente obligado
a recurrir al ejemplo lacedemonio –tal y como hubiese
hecho Jenofonte– para explicar cómo prescindían
los exigentes cateos de aquellos ciudadanos que no llegaban
a un nivel medianamente aceptable [47].
También sucedía que este pueblo indio tenía
otras costumbres –drásticas pero siempre dentro
de su afición a la belleza–. Así, dijo
Onesícrito que se teñían la barba
con colores variados y resplandecientes; el novio y la
novia se elegían el uno al otro y, lo que es más
interesante, nuestro autor describió la práctica
del sati: las viudas eran quemadas junto al cadáver
de su esposo y explicó que semejante actuación
se había establecido para impedir que las mujeres
enamoradas de los jóvenes –suponemos que esto
era un efecto secundario del culto a la hermosura en Catea– envenenasen
a sus maridos. En este punto, Estrabón detuvo la
narración de Onesícrito e introdujo su opinión
personal: él no podía dar crédito
a la norma que ordenaba la incineración conjunta
del matrimonio ni el motivo que la había originado.
Precisamente, como señaló un estudioso del
tema, lo único que consideraba increíble
Estrabón de los cateos parece ser lo más “real” que
Onesícrito escribió acerca de ellos [48].
Sin lugar a dudas, los principales textos etnográficos
que han pervivido de Onesícrito son aquellos fragmentos
referidos al utópico país de Musícano,
transmitidos por Estrabón al igual que ocurría
con el caso anterior [49].
Además de lo recogido por nuestro autor, contamos
con otras noticias acerca de Musícano que, si bien
no presentan en absoluto esas características de
fábula, se encuentran fundamentalmente en la Anábasis
de Arriano [50].
De este modo, sabemos que Musícano
en un primer momento no se había sometido al poder
de Alejandro, por lo que éste decidió invadir
su territorio. Al comprender el peligro que se le avecinaba,
decidió dar marcha atrás respecto de su primera
intención y salió a toda prisa al encuentro
del rey de Macedonia llevándole considerables regalos
y todos sus elefantes, al tiempo que reconocía su
error ante el propio Alejandro quien, a su vez, lo perdonó y,
nos dice Arriano, quedó asombrado al contemplar
la ciudad y el país de los musícanos aunque,
por desgracia, desconocemos los motivos por los que el
de Nicomedia escribió tal cosa y que, sin duda,
estaban recogidos en la fuente que él empleó [51].
Poco tiempo después, comenzó la rebelión
de Sambo –de la cual hemos hablado a propósito
de los gimnosofistas–, con la excusa de que Alejandro
había mantenido a Musícano como gobernante
de sus antiguos territorios y ambos personajes estaban
profundamente enemistados desde antiguo [52].
Por lo tanto, Arriano narró la defección
protagonizada por Sambo, al igual que la condena a muerte
decretada por Alejandro para aquellos brahmanes que lo
habían asesorado. Y fue durante esos acontecimientos
cuando Alejandro tuvo noticia de que Musícano se
había sumado a la revuelta; para sofocar este nuevo
frente envió al sátrapa del sur de la India,
llamado Pitón, con un contingente de soldados. El
rey en persona se encargó de destruir por completo
algunas de las ciudades sometidas a Musícano y en
otras estableció una guarnición.
Posteriormente se presentó Pitón ante él llevando preso
a Musícano y Alejandro ordenó colgarlo al igual que los brahmanes
que lo habían convencido de la necesidad de su rebelión [53].
Éstas son, por tanto, las noticias recogidas por
Arriano en cuanto a Musícano y convendría
decir que la versión de Onesícrito difiere
por completo ya que, en primer lugar, nuestro autor dijo
que aquél gobernaba en la región más
meridional de la India, lo cual implicaba que se trataba
de uno de los extremos del mundo habitado –la India
era ya de por sí el límite oriental de la
ecumene– y, en consonancia con esa ubicación,
el país de Musícano presentaba todo tipo
de maravillas, como veremos en seguida.
En el primero de los fragmentos dedicados a esta tierra
[54], Onesícrito describió unos árboles
de gran tamaño, cuyas ramas, tras alcanzar doce
codos de altura, se doblaban hacia abajo hasta tocar el
suelo; posteriormente, esas ramas continuaban creciendo
bajo tierra, como si fuesen raíces y volvían
a salir a la superficie convertidas en troncos que repetían
el mismo proceso varias veces; de esta manera, de un solo árbol,
se formaba una enorme sombrilla capaz de albergar bajo
ella a cuatrocientos jinetes.
Además, escribió Onesícrito que
cinco hombres podían abrazar a duras penas uno de
los troncos de este portentoso árbol, que ha sido
identificado con el “baniano” o ficus bengalensis
[55], aunque nuestra opinión consiste en pensar que
Onesícrito decidió por su cuenta exagerar
algunas de las características presentes en la exótica
flora de la India hasta alcanzar niveles cercanos a los
presentes en los Indiká de Ctesias. En efecto, decir
que la disposición de las ramas de estos árboles
podía dar cobijo a cuatrocientos jinetes –hemos
de suponer que habló de jinetes porque incluiría
a sus respectivos caballos dentro de la zona de sombra– era
algo digno de figurar en los relatos del médico
cnidio –de quien, por cierto, transmitió el
patriarca Focio la noticia referente a que las palmeras
indias y sus dátiles eran tres veces mayores que
las de Babilonia [56], lo cual entra en relación directa
con el tema que estamos tratando–.
Asimismo, Onesícrito realizó algunos comentarios
a propósito de los “árboles que producían
lana” o algodoneros –recordemos que Heródoto
se había referido a los mismos bajo similar denominación [57]– y
escribió que en este país crecía de
forma espontánea un cereal parecido al trigo y una
vid que producía vino pero, como recuerda el propio
Estrabón, los demás autores que escribieron
sobre la India y que él empleó para elaborar
su libro decimoquinto, afirmaron que en aquel país
no había vides.
Debemos admitir que, en realidad, la vid abundaba poco
en la India, aunque no era en absoluto desconocida para
sus habitantes, tal y como dijo el de Amasía. Ahora
bien, Onesícrito estaba fabulando una vez más
al hablar de la existencia de trigo y vino en la región
de Musícano y la prueba definitiva de que su imaginación
estaba operando a toda máquina viene dada por su
afirmación de que crecían espontáneamente,
es decir, sin necesidad del esfuerzo desarrollado por los
campesinos de otras latitudes –los griegos, sin ir
más lejos– a fin de obtener una cosecha adecuada.
Esto nos conduce a pensar que Onesícrito elaboró una
descripción utópica del reino de Musícano,
en el cual se daban en teoría los mismos alimentos
que consumían los griegos y su naturaleza era tan
ubérrima que recordaba a la Edad de Oro hesiódica.
A estos productos inequívocamente helenos se deben
añadir otros muchos exóticos y desconocidos
en Grecia, como las drogas y raíces tanto beneficiosas
como dañinas –de las que también había
hablado Ctesias–, plantas tintóreas, la canela,
el nardo y otras especies similares a las que se obtenían
en Etiopía y Arabia. Onesícrito aprovechó el
motivo de la comparación con estos dos últimos
países para llevar a cabo un inciso a propósito
de las condiciones climáticas y naturales existentes
en cada uno de ellos.
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