"...no había otra explicación a la
política británica
de <no intervención> en la guerra civil
española,
que de hecho era una manera furtiva
de oponerse a toda maniobra, por muy lícita
que fuese,
que pudiera ayudar a una España amiga e independiente,
y una manera furtiva de fomentar
toda maniobra, por más que ilegal,
que permitiera a nuestros enemigos naturales
--los alemanes y los italianos--
establecerse a ambos flancos de nuestros aliados naturales,
los franceses.
Hasta cierto punto la acusación de traición
era válida.
Los peores canallas adoran el dinero,
y en la City tenía que haber muchos así;
y todos ellos eran firmemente pronazis o profascistas." (pp.1261-1262)
Cordero negro, halcón gris... se publicó en
plena II guerra mundial, en 1941, y eso puede bastar
para explicar ese tono militante político que
puede aparecer, como lo explica muy bien el también
escritor y periodista Robert D. Kaplan en un breve prólogo, "El
destino de Rebecca West"; medio siglo después
que la escritora, en los años 80 del siglo XX,
Kaplan viajó mucho por la región desde
Grecia, en momentos difíciles de enfrentamientos étnicos,
y sus crónicas las recogió también
en un libro --Fantasmas balcánicos--, por lo que
la experiencia y resultado literario de la autora los
sabe apreciar y valorar, y es rotundo al respecto:
"...lo que me cautivó de Cordero negro...
no fue su mensaje político sino su estilo.
El libro de West es un monumento al clasicismo...
El libro de West resulta femenino
por su apasionamiento y su cuidado de los detalles,
y masculino en sus aceradas verdades.
Es posible que en el futuro algún libro de viajes
pueda equiparársele,
pero seguramente ninguno lo superará."
Pero lo que aquí quiero
es recoger algunas evocaciones de perfil histórico
que realiza Rebecca West, de gran eficacia expresiva,
en concreto sobre la república de Dubrovnik, la
antigua Ragusa, en la costa dálmata de la actual
Croacia. En su relato del viaje la autora evoca las diferentes
etnias y sus complejas relaciones con amplitud, lo mismo
que Kaplan, lo que para algunos da un aire fatalista
a ambos relatos de la realidad balcánica; y para
ello se remonta a los momentos históricos de los
diferentes pueblos, hasta el mundo bizantino y otomano,
de continuo presentes en la realidad que presencia y
describe, en su diversidad cultural misma. La conciencia
de la autora de la historicidad de su relato mismo --lo
que hoy también nos subyuga-- lo expresa con naturalidad
y eficacia:
La experiencia hizo que me dijera a mi mima:
<
Si pocos años antes del saqueo de Roma
una mujer romana hubiera comprendido
por qué se iba a producir éste
y qué motivaciones inspiraban a los bárbaros
y cuáles a los romanos,
y hubiera escrito todo lo que pensaba y sentía
al respecto,
el resultado habría sido útil para los
historiadores>.
Mi deber era pasar todo aquello al papel.
De manera que decidí poner por escrito
lo que una inglesa típica sentía y
pensaba
a finales de los años treinta cuando, convencida
de la inevitabilidad de la segunda guerra anglo-germana,
había podido seguir las osucras aguas de ese evento hasta su nacimiento.
...Tenía que escribir una larga y complicada historia,
y añadir a eso un relato de mí misma
y de las personas que me acompañaron,
porque mi objetivo era
mostrar pasado y presente uno al lado del otro
ya que el mundo era consecuencia del primero..." (p.1232).
Tal
vez esa conciencia de historicidad de su relato mismo
es lo que le da a Rebecca West lo más sugestivo
de su estilo, hasta el punto que para algunos críticos
de su país es "uno de los grandes libros
de viajes de todos los tiempos", comparable, en
la tradición británica, a Los siete
pilares de la sabiduría de T.E. Lawrence para el Oriente
Próximo.
LA
EVOCACIÓN DE LA RAGUSA CLÁSICA.
La peculiaridad de la república de Ragusa, tan
similar a la de Venecia, con sus matices fronterizos,
la relaciona la autora con una rígida estructuración
social que describe de manera similar a como Americo
Castro hace con la hispana clásica del siglo XVI,
en clave de casticismo. Recojo algunos fragmentos significativos:
Este sistema de castas
no suscitó levantamientos
en Dubrovnik,
en parte debido a que el bienestar económico
de la comunidad
sofocó todo descontento,
y en parte porque no tenían muchas posibilidades
de triunfar;
pero el casticismo era mucho más riguroso
que en ninguna otra parte.
La población
estaba dividida en tres castas:
los nobles, los plebeyos y los trabajadores.
Estos últimos no tenían voz alguna en
el gobierno.
No votaban y no podían tener ningún cargo.
Los plebeyos tampoco tenían voto,
pero podían desempeñar cargos sin importancia,
aunque sólo si eran nombrados por los nobles.
El cuerpo en el que
descansaba finalmente la soberanía
era el Gran Consejo,
que estaba compuesto por hombres de más de dieciocho
años
pertenecientes a las familias confirmadas nobles
en el registro conocido como Libro de Oro.
Este Consejo delegaba sus poderes ejecutivos
en un Senado de cuarenta y cinco miembros
que se reunía cuatro veces a la semana y en
momentos de emergencia;
y éstos a su vez delegaban su poder en un Consejo
de Siete
(once hasta el terremoto --de 1667, hasta cuatro maremotos--)
que ejercía el poder judicial y realizaba todas
las funciones diplomáticas;
en un Consejo de Tres, que actuaba como tribunal de la
ley constitucional;
y en un Consejo de Seis, que administraba el erario.
Había otros cuerpos ejecutivos, per ésta
era grosso modo
la anatomía de la República.
Piénsese que estas clases estaban
rigurosamente separadas unas de las otras, como las
castas hindúes.
Ningún miembro de una clase podía casarse
con uno de las otras dos;
de hacerlo, perdía su posición en su
propia clase
y sus hijos tenían que adoptar el rango del
progenitor inferior.
Las relaciones sociales entre clases eran impensables.
Resulta interesante que este sistema sobreviviera
cuando las diferencias reales en la calidad de las clases
habían quedado anuladas por la prosperidad general,
cuando quizás algunos plebeyos e incluso trabajadores
fueran tan cultos y ricos como cualquier noble.
Es curioso que sobrevivieran incluso
cuando las clases estuvieron divididas por disputas internas.
Cuando Marmont llegó a
Dubrovnik en 1808,
se encontró con que la nobleza estaba escindida
en dos bloques,
los <salamanquinos> y los <sorboneses>.
Estos nombres aludían a cierta controversia
surgida
de las guerras entre Carlos V de España y Francisco
I de Francia,
acaecidas apenas doscientos cincuenta años atrás.
Resultó que en
el terremoto de 1667
una gran parte de la clase noble fue aniquilada,
siendo necesario devolverle su fuerza
con la inclusión de ciertos plebeyos.
A éstos los salamanquinos, partidarios del absolutismo
español,
no los trataban como iguales;
pero los sorboneses, francófilos e inclinados
a un cierto liberalismo,
los aceptaban sin reservas.
Otro factor que pudo intervenir en dicha conducta
es que los sorboneses habían quedado muy mermados
por el terremoto y no querían perder efectivos.
En cualquier caso, ambos bandos tenían el mismo
status
y se sentaban juntos en el Consejo,
pero no mantenían relaciones sociales
y ni siquiera se saludaban por la calle;
un casamiento inconveniente entre miembros de los dos
grupos
era de tan graves consecuencias
como si se daba entre miembros de clases distintas.
Esta escisión
social se reflejaba también en las capas inferiores: "Los
plebeyos, a su vez, estaban escindidos en las cofradías
de San Antonio y San Lázaro, que eran tan rencorosas
en sus relaciones como salamnaquinos y sorboneses".
Estaba en la esencia de la República, que siempre
debió defenderse de imperios vecinos --"primero
Hungría, luego Venecia, después Turquía"--
y que se estructuró para un reducido número
de gente, en torno a las 33 familias nobles originarias
del siglo XV. Sigue el relato sintético y ajustado
de Rebecca West:
Pero es curioso que
este ultraconservador gobierno aristocrático
desarrollara una tendencia que a menudo constituye
un vicio de la democracia.
Dubrovnik temía por encima de todo
el surgimiento de personalidades dominantes.
Las disposiciones por las que este miedo
queda expresado en la constitución
son lo que más la distingue de su modelo veneciano.
El Senado era elegido
con carácter vitalicio,
y de ahí el pequeño grupo de diplomáticos
hereditarios.
Pero cada nombramiento debía ser confirmado
anualmente,
y se tomaban infinitas precauciones para que los senadores
no pudieran tener tentaciones dictatoriales
en virtud de un excesivo poder.
El regidor vestía
una suntuosa toga de seda roja
con una estola de terciopelo negro sobre el hombro izquierdo,
y en sus apariciones era precedido por músicos
y por veinte guardias de palacio;
pero su mandato duraba sólo un mes,
y podía ser reelegido únicamente tras un
intervalo de dos años;
la brevedad de esta permanencia en el cargo
era resultado de una afanosa revisión,
pues el plazo había sido originalmente de tres
meses,
luego de dos y finalmente quedó reducido a un
solo mes.
Por ende estaba confinado en palacio
mientras duraban sus funciones
y sólo podía abandonarlo por razones
de estado,
como su solemne y obligada visita a la catedral.
Los cargos inferiores
también estaban sujetos
a restricciones.
El Consejo de Siete, judicatura y diplomacia,
era renovado cada año;
el Consejo de Tres, que entendíade cuestiones
de ley constitucional,
también era elegido sólo por un año;
el Consejo de Seis, que administraba las finanzas del
estado,
era elegido por tres años.
Existían también
ciertas normas para impedir que dominaran
personas de determinada edad.
El Consejo de Siete podía ser de cualquier edad
adulta,
aunque el más joven debía actuar como
ministro de Exteriores;
pero en el Consejo de Tres
todos debían tener más de cincuenta años.
El éxito justificaba
plenamente estos artificios.
Sólo una vez, y esto en los inicios de la historia
de Dubrovnik,
intentó un noble convertirse en dictador;
pero no recibió el menor apoyo
salvo de los nulamente representados trabajadores,
y eso le llevó al suicidio.
Posteriormente, en el siglo XVII, el duque de Saboya
persuadió a varios nobles para que conspirasen
para hacerse con el poder,
pero fueron arrestados en un baile de máscaras
el último día de Carnaval,
y ejecutados con el consenso de toda la comunidad.
Es de gran vivacidad
esa descripción del gobierno de la república,
que concluía con una aparente paradoja: la ragusina
era una "sociedad aristocrática que parece
ser lo contrario". Entre sus rasgos de modernidad,
y en un mundo en el que la trata de mano de obra era
una cruel normalidad más, en Ragusa tenían
desde 1417 una legislación antiesclavista, pionera
en Europa, así como un estricto derecho de asilo
que siempre defendieron con fuerza. La autora también
encuentra no pocos paralelismos entre la sociedad clásica
ragusina y la sociedad burguesa victoriana. Y termina
con otro rasgo de alguna manera estructural, el componente
religioso, su religiosidad.
La República
era enormemente devota,
hacía en todo alarde de cristianismo,
y en su Libro de Oro hay una oración para
los magistrados
que dice así:
<
Oh, Señor, Padre Todopoderoso,
que has elegido a esta República como tu servidora,
elige, te suplicamos, a nuestros gobernantes
según tu voluntad y nuestras necesidades;
que, temerosos de ti y cumpliendo los Santos Mandamientos,
puedan dirigirnos y cuidarnos con verdadera caridad.
Amén>.
Nunca hubo una ciudad tan llena de iglesias y capillas,
nunca hubo un pueblo que se sometiera con mayor lealtad
a la disciplina de la Iglesia.
Pero eso chocaba un poco con la política exterior
de la República.
¿
Tenía Dubrovnik derecho a pasar
por una orgullosa y estricta potencia católica
considerando sus relaciones con el Imperio otomano,
enemigo de la cristiandad?
Las otras ciudades dálmatas eran
menos complacientes que Venecia en su postura hacia
Turquía,
la República lo era mucho más.
Dubrovnik nunca combatió a los turcos.
Les pagó tributo y tributo y otra vez tributo.
Dos enviados partían cada año
de la ciudad
rumbo a Constantinopla
con su cargamento de ducados de oro,
que ascendió, tras varios aumentos, a quince
mil.
Llevaban un traje especial
conocido como el uniforme del diván (o sea del
Consejo),
y se dejaban crecer mucho la barba.
Después de cuidar que sus asuntos quedaran bien
atendidos,
se despedían de sus familias, asistían
a misa en la catedral
y finalmente el regidor les deseaba buen viaje
bajo los arcos de su palacio.
Con el cajero, el barbero,
numerosos secretarios e intérpretes,
una tropa de guardias armados y un sacerdote con
un altar portátil,
iniciaban el viaje de quince días hasta el Bósforo.
No era un trayecto muy peligroso,
pues se había convertido con el paso del tiempo
en la ruta comercial de las caravanas.
Pero los enviados no podían volver hasta doce
meses después,
cuando dos nuevos enviados fueran a ocupar su puesto;
por lo demás, negociar delicados asuntos
con tiranos de una raza extraña e indescifrable,
estando físicamente a su merced, era tarea peligrosa
que solía llevarse a cabo con heroísmo
y gran eficacia.
No era ésta, sin embargo, la única transacción
efectuada
por los enviados de la República.
También tenían que emplearse numerosos
sobornos,
puesto que había una escala móvil de
propinas
que cubría a todos los funcionarios de la Puerta,
al margen de su importancia.
Esta carga iba aumentando de año en año
a medida que el Imperio turco prosperaba
hasta el punto de ser difícil de manejar,
y los funcionarios locales adquirían cada vez
mayor categoría.
Andando el tiempo se hizo casi tan necesario
comprar al sandjakbeg de Herzegovina y al pachá de
Bosnia,
comparsas incluidos, como lo era
efectuar los debidos pagos a la Sublime Puerta.
Esta era, espléndidamente
evocada, la peculiaridad de la Ragusa clásica,
una de las claves de esa Europa como posible "unidad
de información" como previa a la Europa de
la cultura y de la ciencia. Que no dejaba de tener sus
ventajas materiales también, pues con ello Ragusa
se ganaba también un importante privilegio económico: "la
República se ganó el derecho a pagar solamente
el dos o a veces el uno y medio por ciento de sus importaciones
y exportaciones de y al Imperio otomano, mientras que
el resto del mundo pagaba el cinco por ciento".
Pero en este escalonamiento expositivo, muy clarificador,
Rebecca West consigue matizar aún más.
El cristianismo ragusino es esencialmente católico-romano,
y tal vez ahí puede captarse la sensibilidad británica
de la autora, un posible punto de vista atinado y sutil:
Esta disposición
a contemporizar con los turcos
es especialmente desagradable en una potencia
que proclama ser tan ferviente y quisquillosa en su cristianismo
que no podía permitir que la Iglesia ortodoxa
pusiera el pie en sus dominios.
En teoría, la República defendía
la tolerancia religiosa.
Pero en la práctica la trataba como una flor
tanto más admirable cuanto más lejos creciera,
mejor aún en otro país.
Aunque en Dubrovnik había muchos visitantes ortodoxos,
e incluso algunos nativos eran miembros de esta Iglesia,
no se les permitía disponer de un lugar de culto
dentro de las fronteras.
Sucedió que en el siglo XVIII dicha situación
originó
graves dificultades con Catalina la Grande,
cuando su flota llegó al Mediterráneo
al objeto de acabar con los restos del poderío
naval turco.
Mandaba la flota el almirante Orlov, amante de Catalina,
quien ofreció a la República un pacto
de neutralidad
que incluía la exigencia de que hubiera
un templo ortodoxo de uso público en Dubrovnik,
y la creación de un consulado ruso en la ciudad
a fin de proteger no sólo a los rusos
sino a cualquier miembro de la Iglesia ortodoxa.
La segunda petición fue concedida, la primera
rechazada.
La influencia jesuita, y el propio Papa,
ilustraban una vez más la inexorable disposición
de la Iglesia católica a combatir a la Iglesia
ortodoxa
con una vehemencia que no habría sido sobrepasada
si el enemigo hubiera representado el paganismo y no
el cisma,
por más sufrimientos que esta campaña
pudiera acarrear
a los desdichados pueblos de la península Balcánica.
Esa intolerancia religiosa
la relaciona, finalmente, con el fin de la independencia
de Ragusa, aunque hubiera
sido una parte importante de su seguridad y capacidad
de maniobra en su época clásica por excelencia.
Fue esta intolerancia la que condujo finalmente
a la extinción de la República.
El zar Alejandro pudo haberla salvado en el Congreso
de Viena,
y la causa de aquel pequeño e indefenso estado
bien podría haber seducido a su liberalismo místico;
pero el zar recordó que la República
había ultrajado repetidas veces a su abuela,
y eso a fin de perseguir a la religión ortodoxa,
lo que le hizo retirar su protección.
Pero sería un
error suponer que en la defensa del papado
la República actuaba por fidelidad a sus principios
religiosos
y por desprecio a sus intereses terrenales.
Dubrovnik vio --y en esto llevó a cabo una gesta
de economía
que ha acarreado a sus prototipos ingleses más
de un reproche--
que sirviendo a lo uno servía a lo otro.
Cuando el comisario austríaco tomó posesión
de Dubrovnik
tras la retirada de los franceses,
comentó a uno de los nobles locales que le sorprendía
el número de establecimientos religiosos que había
en la ciudad.
La respuesta fue: <No hay de qué sorprenderse.
Todos ellos nos fueron tan útiles
como una plataforma giratoria para locomotoras>.
Y era cierto. El fervor de la Iglesia católica
por un estado
situado en la frontera misma del territorio ortodoxo
le garantizaba la protección de dos grandes
potencias,
España y el papado.
Esto sigue oliento a todo menos a rosas.
Y en un pase de pecho
final, la autora West se hace eco de uno de los debates
historiográficos más interesantes de su época,
el que relacionaba el surgimiento de una economía
capitalista con la ética protestante en general
y la calvinista en particular, con las que pudieran considerarse "virtudes
burguesas". He aquí un texto final, con el
que se cierra el primer capítulo dedicado a Dubrovnik
o Ragusa (pp.273-292), del que hemos extraído
los textos anteriores para construir una pequeña
unidad informativa que anime al interesado en estos asuntos
al abordaje de este amplio texto maestro en su historicidad
misma:
La pretensión
de que el protestantismo
ha sentido un cariño especial por el capitalista
reformista
tiene cierta excusa, ya que las condiciones geográficas,
más que psicológicas, han hecho que éste
sea
una figura conspicua en los países del norte
que se opusieron a la Contrarreforma.
Pero aquí en Dubrovnik, en la República
de Ragusa,
tenemos todo un capítulo de la historia, con
su principio y su final,
donde queda claro que ese capitalista reformista
puede surgir en un terreno
totalmente libre de contaminación protestante,
y que puede disfrutar siglo tras siglo
de la aprobación indondicional de Roma.
Con simplificaciones
y recursos literarios de gran narradora, Rebecca West
da una lección de técnicas narrativas y
expositivas, que es justo lo que andamos rondando en
este archivo de la frontera.
FIN.
|