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Cordero negro, halcón gris: viaje al interior de Yugoslavia, de Rebecca West, (edición original en ingles 1941), traducción de Luis Murillo Fort, Barcelona, 2000, Biblioteca Grandes Viajeros, Ediciones B. 1306 pp.

   
   
Nota de Lectura: fecha publicación 13/01/2005- formato pdf (232ks)
   

Rebecca West es el seudónimo de la escritora y periodista Cecily Isabel Fairfield (1892-1983), nombre tomado de un personaje de Ibsen. Nacida en el sur de Irlanda y crecida en Edimburgo, fue militante sufragista, uno de los perfiles más claros del feminismo del momento, y tuvo un hijo con el escritor H.G. Wells.
Este libro suyo es la narración de un viaje de mes y medio a finales de los años 30 del siglo XX, en 1937 en concreto, por Croacia y Dalmacia, Herzegovina y Bosnia, Serbia, Macedonia --o "Serbia del sur"--, Kosovo --"la vieja Serbia"-- y Montenegro, los territorios de lo que fuera Yugoeslavia. Es importante la fecha de la experiencia viajera y la escritura, en plena guerra civil española y a punto de comenzar la II guerra mundial, lo que hace que la autora tome partido por la lucha antifascista y antinazi, que en el territorio que visitaba estaba representada sobre todo por la resistencia guerrillera serbia. En esa línea, al final del libro recrimina a algunos sectores financieros británicos filofascistas o filonazis la no intervención en la guerra civil española, por ejemplo:

"...no había otra explicación a la política británica
de <no intervención> en la guerra civil española,
que de hecho era una manera furtiva
de oponerse a toda maniobra, por muy lícita que fuese,
que pudiera ayudar a una España amiga e independiente,
y una manera furtiva de fomentar
toda maniobra, por más que ilegal,
que permitiera a nuestros enemigos naturales
--los alemanes y los italianos--
establecerse a ambos flancos de nuestros aliados naturales,
los franceses.
Hasta cierto punto la acusación de traición era válida.
Los peores canallas adoran el dinero,
y en la City tenía que haber muchos así;
y todos ellos eran firmemente pronazis o profascistas." (pp.1261-1262)

Cordero negro, halcón gris... se publicó en plena II guerra mundial, en 1941, y eso puede bastar para explicar ese tono militante político que puede aparecer, como lo explica muy bien el también escritor y periodista Robert D. Kaplan en un breve prólogo, "El destino de Rebecca West"; medio siglo después que la escritora, en los años 80 del siglo XX, Kaplan viajó mucho por la región desde Grecia, en momentos difíciles de enfrentamientos étnicos, y sus crónicas las recogió también en un libro --Fantasmas balcánicos--, por lo que la experiencia y resultado literario de la autora los sabe apreciar y valorar, y es rotundo al respecto:

"...lo que me cautivó de Cordero negro...
no fue su mensaje político sino su estilo.
El libro de West es un monumento al clasicismo...
El libro de West resulta femenino
por su apasionamiento y su cuidado de los detalles,
y masculino en sus aceradas verdades.
Es posible que en el futuro algún libro de viajes
pueda equiparársele,
pero seguramente ninguno lo superará."

Pero lo que aquí quiero es recoger algunas evocaciones de perfil histórico que realiza Rebecca West, de gran eficacia expresiva, en concreto sobre la república de Dubrovnik, la antigua Ragusa, en la costa dálmata de la actual Croacia. En su relato del viaje la autora evoca las diferentes etnias y sus complejas relaciones con amplitud, lo mismo que Kaplan, lo que para algunos da un aire fatalista a ambos relatos de la realidad balcánica; y para ello se remonta a los momentos históricos de los diferentes pueblos, hasta el mundo bizantino y otomano, de continuo presentes en la realidad que presencia y describe, en su diversidad cultural misma. La conciencia de la autora de la historicidad de su relato mismo --lo que hoy también nos subyuga-- lo expresa con naturalidad y eficacia:

La experiencia hizo que me dijera a mi mima:
< Si pocos años antes del saqueo de Roma
una mujer romana hubiera comprendido
por qué se iba a producir éste
y qué motivaciones inspiraban a los bárbaros
y cuáles a los romanos,
y hubiera escrito todo lo que pensaba y sentía al respecto,
el resultado habría sido útil para los historiadores>.
Mi deber era pasar todo aquello al papel.
De manera que decidí poner por escrito
lo que una inglesa típica sentía y pensaba
a finales de los años treinta cuando, convencida
de la inevitabilidad de la segunda guerra anglo-germana,
había podido seguir las osucras aguas de ese evento hasta su nacimiento.
...Tenía que escribir una larga y complicada historia,
y añadir a eso un relato de mí misma
y de las personas que me acompañaron,
porque mi objetivo era
mostrar pasado y presente uno al lado del otro
ya que el mundo era consecuencia del primero..." (p.1232).

Tal vez esa conciencia de historicidad de su relato mismo es lo que le da a Rebecca West lo más sugestivo de su estilo, hasta el punto que para algunos críticos de su país es "uno de los grandes libros de viajes de todos los tiempos", comparable, en la tradición británica, a Los siete pilares de la sabiduría de T.E. Lawrence para el Oriente Próximo.

LA EVOCACIÓN DE LA RAGUSA CLÁSICA.

La peculiaridad de la república de Ragusa, tan similar a la de Venecia, con sus matices fronterizos, la relaciona la autora con una rígida estructuración social que describe de manera similar a como Americo Castro hace con la hispana clásica del siglo XVI, en clave de casticismo. Recojo algunos fragmentos significativos:

Este sistema de castas no suscitó levantamientos en Dubrovnik,
en parte debido a que el bienestar económico de la comunidad
sofocó todo descontento,
y en parte porque no tenían muchas posibilidades de triunfar;
pero el casticismo era mucho más riguroso que en ninguna otra parte.

La población estaba dividida en tres castas:
los nobles, los plebeyos y los trabajadores.
Estos últimos no tenían voz alguna en el gobierno.
No votaban y no podían tener ningún cargo.
Los plebeyos tampoco tenían voto,
pero podían desempeñar cargos sin importancia,
aunque sólo si eran nombrados por los nobles.

El cuerpo en el que descansaba finalmente la soberanía
era el Gran Consejo,
que estaba compuesto por hombres de más de dieciocho años
pertenecientes a las familias confirmadas nobles
en el registro conocido como Libro de Oro.

Este Consejo delegaba sus poderes ejecutivos
en un Senado de cuarenta y cinco miembros
que se reunía cuatro veces a la semana y en momentos de emergencia;
y éstos a su vez delegaban su poder en un Consejo de Siete
(once hasta el terremoto --de 1667, hasta cuatro maremotos--)
que ejercía el poder judicial y realizaba todas las funciones diplomáticas;
en un Consejo de Tres, que actuaba como tribunal de la ley constitucional;
y en un Consejo de Seis, que administraba el erario.

Había otros cuerpos ejecutivos, per ésta era grosso modo
la anatomía de la República.
Piénsese que estas clases estaban
rigurosamente separadas unas de las otras, como las castas hindúes.
Ningún miembro de una clase podía casarse con uno de las otras dos;
de hacerlo, perdía su posición en su propia clase
y sus hijos tenían que adoptar el rango del progenitor inferior.
Las relaciones sociales entre clases eran impensables.

Resulta interesante que este sistema sobreviviera
cuando las diferencias reales en la calidad de las clases
habían quedado anuladas por la prosperidad general,
cuando quizás algunos plebeyos e incluso trabajadores
fueran tan cultos y ricos como cualquier noble.
Es curioso que sobrevivieran incluso
cuando las clases estuvieron divididas por disputas internas.

Cuando Marmont llegó a Dubrovnik en 1808,
se encontró con que la nobleza estaba escindida en dos bloques,
los <salamanquinos> y los <sorboneses>.
Estos nombres aludían a cierta controversia surgida
de las guerras entre Carlos V de España y Francisco I de Francia,
acaecidas apenas doscientos cincuenta años atrás.

Resultó que en el terremoto de 1667
una gran parte de la clase noble fue aniquilada,
siendo necesario devolverle su fuerza
con la inclusión de ciertos plebeyos.
A éstos los salamanquinos, partidarios del absolutismo español,
no los trataban como iguales;
pero los sorboneses, francófilos e inclinados a un cierto liberalismo,
los aceptaban sin reservas.
Otro factor que pudo intervenir en dicha conducta
es que los sorboneses habían quedado muy mermados
por el terremoto y no querían perder efectivos.
En cualquier caso, ambos bandos tenían el mismo status
y se sentaban juntos en el Consejo,
pero no mantenían relaciones sociales
y ni siquiera se saludaban por la calle;
un casamiento inconveniente entre miembros de los dos grupos
era de tan graves consecuencias
como si se daba entre miembros de clases distintas.

Esta escisión social se reflejaba también en las capas inferiores: "Los plebeyos, a su vez, estaban escindidos en las cofradías de San Antonio y San Lázaro, que eran tan rencorosas en sus relaciones como salamnaquinos y sorboneses". Estaba en la esencia de la República, que siempre debió defenderse de imperios vecinos --"primero Hungría, luego Venecia, después Turquía"-- y que se estructuró para un reducido número de gente, en torno a las 33 familias nobles originarias del siglo XV. Sigue el relato sintético y ajustado de Rebecca West:

Pero es curioso que este ultraconservador gobierno aristocrático
desarrollara una tendencia que a menudo constituye
un vicio de la democracia.
Dubrovnik temía por encima de todo
el surgimiento de personalidades dominantes.

Las disposiciones por las que este miedo
queda expresado en la constitución
son lo que más la distingue de su modelo veneciano.

El Senado era elegido con carácter vitalicio,
y de ahí el pequeño grupo de diplomáticos hereditarios.
Pero cada nombramiento debía ser confirmado anualmente,
y se tomaban infinitas precauciones para que los senadores
no pudieran tener tentaciones dictatoriales
en virtud de un excesivo poder.

El regidor vestía una suntuosa toga de seda roja
con una estola de terciopelo negro sobre el hombro izquierdo,
y en sus apariciones era precedido por músicos
y por veinte guardias de palacio;
pero su mandato duraba sólo un mes,
y podía ser reelegido únicamente tras un intervalo de dos años;
la brevedad de esta permanencia en el cargo
era resultado de una afanosa revisión,
pues el plazo había sido originalmente de tres meses,
luego de dos y finalmente quedó reducido a un solo mes.
Por ende estaba confinado en palacio
mientras duraban sus funciones
y sólo podía abandonarlo por razones de estado,
como su solemne y obligada visita a la catedral.

Los cargos inferiores también estaban sujetos a restricciones.
El Consejo de Siete, judicatura y diplomacia,
era renovado cada año;
el Consejo de Tres, que entendíade cuestiones de ley constitucional,
también era elegido sólo por un año;
el Consejo de Seis, que administraba las finanzas del estado,
era elegido por tres años.

Existían también ciertas normas para impedir que dominaran
personas de determinada edad.
El Consejo de Siete podía ser de cualquier edad adulta,
aunque el más joven debía actuar como ministro de Exteriores;
pero en el Consejo de Tres
todos debían tener más de cincuenta años.

El éxito justificaba plenamente estos artificios.
Sólo una vez, y esto en los inicios de la historia de Dubrovnik,
intentó un noble convertirse en dictador;
pero no recibió el menor apoyo
salvo de los nulamente representados trabajadores,
y eso le llevó al suicidio.
Posteriormente, en el siglo XVII, el duque de Saboya
persuadió a varios nobles para que conspirasen
para hacerse con el poder,
pero fueron arrestados en un baile de máscaras
el último día de Carnaval,
y ejecutados con el consenso de toda la comunidad.

Es de gran vivacidad esa descripción del gobierno de la república, que concluía con una aparente paradoja: la ragusina era una "sociedad aristocrática que parece ser lo contrario". Entre sus rasgos de modernidad, y en un mundo en el que la trata de mano de obra era una cruel normalidad más, en Ragusa tenían desde 1417 una legislación antiesclavista, pionera en Europa, así como un estricto derecho de asilo que siempre defendieron con fuerza. La autora también encuentra no pocos paralelismos entre la sociedad clásica ragusina y la sociedad burguesa victoriana. Y termina con otro rasgo de alguna manera estructural, el componente religioso, su religiosidad.

La República era enormemente devota,
hacía en todo alarde de cristianismo,
y en su Libro de Oro hay una oración para los magistrados
que dice así:
< Oh, Señor, Padre Todopoderoso,
que has elegido a esta República como tu servidora,
elige, te suplicamos, a nuestros gobernantes
según tu voluntad y nuestras necesidades;
que, temerosos de ti y cumpliendo los Santos Mandamientos,
puedan dirigirnos y cuidarnos con verdadera caridad. Amén>.

Nunca hubo una ciudad tan llena de iglesias y capillas,
nunca hubo un pueblo que se sometiera con mayor lealtad
a la disciplina de la Iglesia.
Pero eso chocaba un poco con la política exterior de la República.
¿ Tenía Dubrovnik derecho a pasar
por una orgullosa y estricta potencia católica
considerando sus relaciones con el Imperio otomano,
enemigo de la cristiandad?
Las otras ciudades dálmatas eran
menos complacientes que Venecia en su postura hacia Turquía,
la República lo era mucho más.
Dubrovnik nunca combatió a los turcos.
Les pagó tributo y tributo y otra vez tributo.

Dos enviados partían cada año de la ciudad
rumbo a Constantinopla
con su cargamento de ducados de oro,
que ascendió, tras varios aumentos, a quince mil.
Llevaban un traje especial
conocido como el uniforme del diván (o sea del Consejo),
y se dejaban crecer mucho la barba.
Después de cuidar que sus asuntos quedaran bien atendidos,
se despedían de sus familias, asistían a misa en la catedral
y finalmente el regidor les deseaba buen viaje
bajo los arcos de su palacio.

Con el cajero, el barbero, numerosos secretarios e intérpretes,
una tropa de guardias armados y un sacerdote con un altar portátil,
iniciaban el viaje de quince días hasta el Bósforo.
No era un trayecto muy peligroso,
pues se había convertido con el paso del tiempo
en la ruta comercial de las caravanas.
Pero los enviados no podían volver hasta doce meses después,
cuando dos nuevos enviados fueran a ocupar su puesto;
por lo demás, negociar delicados asuntos
con tiranos de una raza extraña e indescifrable,
estando físicamente a su merced, era tarea peligrosa
que solía llevarse a cabo con heroísmo y gran eficacia.

No era ésta, sin embargo, la única transacción efectuada
por los enviados de la República.
También tenían que emplearse numerosos sobornos,
puesto que había una escala móvil de propinas
que cubría a todos los funcionarios de la Puerta,
al margen de su importancia.
Esta carga iba aumentando de año en año
a medida que el Imperio turco prosperaba
hasta el punto de ser difícil de manejar,
y los funcionarios locales adquirían cada vez mayor categoría.
Andando el tiempo se hizo casi tan necesario
comprar al sandjakbeg de Herzegovina y al pachá de Bosnia,
comparsas incluidos, como lo era
efectuar los debidos pagos a la Sublime Puerta.

Esta era, espléndidamente evocada, la peculiaridad de la Ragusa clásica, una de las claves de esa Europa como posible "unidad de información" como previa a la Europa de la cultura y de la ciencia. Que no dejaba de tener sus ventajas materiales también, pues con ello Ragusa se ganaba también un importante privilegio económico: "la República se ganó el derecho a pagar solamente el dos o a veces el uno y medio por ciento de sus importaciones y exportaciones de y al Imperio otomano, mientras que el resto del mundo pagaba el cinco por ciento".

Pero en este escalonamiento expositivo, muy clarificador, Rebecca West consigue matizar aún más. El cristianismo ragusino es esencialmente católico-romano, y tal vez ahí puede captarse la sensibilidad británica de la autora, un posible punto de vista atinado y sutil:

Esta disposición a contemporizar con los turcos
es especialmente desagradable en una potencia
que proclama ser tan ferviente y quisquillosa en su cristianismo
que no podía permitir que la Iglesia ortodoxa
pusiera el pie en sus dominios.
En teoría, la República defendía la tolerancia religiosa.
Pero en la práctica la trataba como una flor
tanto más admirable cuanto más lejos creciera,
mejor aún en otro país.
Aunque en Dubrovnik había muchos visitantes ortodoxos,
e incluso algunos nativos eran miembros de esta Iglesia,
no se les permitía disponer de un lugar de culto
dentro de las fronteras.

Sucedió que en el siglo XVIII dicha situación originó
graves dificultades con Catalina la Grande,
cuando su flota llegó al Mediterráneo
al objeto de acabar con los restos del poderío naval turco.
Mandaba la flota el almirante Orlov, amante de Catalina,
quien ofreció a la República un pacto de neutralidad
que incluía la exigencia de que hubiera
un templo ortodoxo de uso público en Dubrovnik,
y la creación de un consulado ruso en la ciudad
a fin de proteger no sólo a los rusos
sino a cualquier miembro de la Iglesia ortodoxa.
La segunda petición fue concedida, la primera rechazada.

La influencia jesuita, y el propio Papa,
ilustraban una vez más la inexorable disposición
de la Iglesia católica a combatir a la Iglesia ortodoxa
con una vehemencia que no habría sido sobrepasada
si el enemigo hubiera representado el paganismo y no el cisma,
por más sufrimientos que esta campaña pudiera acarrear
a los desdichados pueblos de la península Balcánica.

Esa intolerancia religiosa la relaciona, finalmente, con el fin de la independencia de Ragusa, aunque hubiera sido una parte importante de su seguridad y capacidad de maniobra en su época clásica por excelencia.

Fue esta intolerancia la que condujo finalmente
a la extinción de la República.
El zar Alejandro pudo haberla salvado en el Congreso de Viena,
y la causa de aquel pequeño e indefenso estado
bien podría haber seducido a su liberalismo místico;
pero el zar recordó que la República
había ultrajado repetidas veces a su abuela,
y eso a fin de perseguir a la religión ortodoxa,
lo que le hizo retirar su protección.

Pero sería un error suponer que en la defensa del papado
la República actuaba por fidelidad a sus principios religiosos
y por desprecio a sus intereses terrenales.
Dubrovnik vio --y en esto llevó a cabo una gesta de economía
que ha acarreado a sus prototipos ingleses más de un reproche--
que sirviendo a lo uno servía a lo otro.
Cuando el comisario austríaco tomó posesión de Dubrovnik
tras la retirada de los franceses,
comentó a uno de los nobles locales que le sorprendía
el número de establecimientos religiosos que había en la ciudad.
La respuesta fue: <No hay de qué sorprenderse.
Todos ellos nos fueron tan útiles
como una plataforma giratoria para locomotoras>.
Y era cierto. El fervor de la Iglesia católica por un estado
situado en la frontera misma del territorio ortodoxo
le garantizaba la protección de dos grandes potencias,
España y el papado.
Esto sigue oliento a todo menos a rosas.

Y en un pase de pecho final, la autora West se hace eco de uno de los debates historiográficos más interesantes de su época, el que relacionaba el surgimiento de una economía capitalista con la ética protestante en general y la calvinista en particular, con las que pudieran considerarse "virtudes burguesas". He aquí un texto final, con el que se cierra el primer capítulo dedicado a Dubrovnik o Ragusa (pp.273-292), del que hemos extraído los textos anteriores para construir una pequeña unidad informativa que anime al interesado en estos asuntos al abordaje de este amplio texto maestro en su historicidad misma:

La pretensión de que el protestantismo
ha sentido un cariño especial por el capitalista reformista
tiene cierta excusa, ya que las condiciones geográficas,
más que psicológicas, han hecho que éste sea
una figura conspicua en los países del norte
que se opusieron a la Contrarreforma.
Pero aquí en Dubrovnik, en la República de Ragusa,
tenemos todo un capítulo de la historia, con su principio y su final,
donde queda claro que ese capitalista reformista
puede surgir en un terreno
totalmente libre de contaminación protestante,
y que puede disfrutar siglo tras siglo
de la aprobación indondicional de Roma.

Con simplificaciones y recursos literarios de gran narradora, Rebecca West da una lección de técnicas narrativas y expositivas, que es justo lo que andamos rondando en este archivo de la frontera.

FIN.

(Presentación y selección de textos de Emilio Sola)
 


   
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