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Luis Cabrera de Córdoba y su historia del rey de España Felipe II.

   
   
Fuentes Impresas: fecha publicación 13/07/2004 - formato pdf (294ks)
   

 
En su época, la segunda mitad del siglo XVI,
el hijo del emperador Carlos, Felipe II,
era, para todas las cancillerías europeas y extraeropeas,
el rey de España.
Y es así, con esa rotunda sobriedad,
como su biógrafo más destacado del momento,
Luis Cabrera de Córdoba, titula su magna biografía,
o más bien crónica de su largo reinado:
Historia de Felipe II, rey de España.

 

Ediciones de la obra.

En 1619, cuatro años antes de la muerte del autor, se publica la primera parte de la obra de Cabrera de Córdoba, que abarca desde el nacimiento de Felipe II en 1527 a su regreso de Portugal a Madrid, en 1583. Es la parte más acabada y cuidada; la articula en 13 libros y ocupa un grueso volumen de más de 1.000 densas páginas.

Hasta el siglo XIX no se publicó la obra completa, al cuidado de la Real Academia de la Historia. La segunda parte de ella, de 1583 a 1596 --pues faltan los dos últimos años de reinado--, apareció en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de París de 650 folios, articulado el texto en ocho libros, procedente de la Biblioteca de Mazarino, y esa copia manuscrita fue la base de la publicación completa de la Real Academia.

En la última edición completa, la de 1998, editada por la Junta de Castilla y León en cuatro tomos y preparada por un equipo de historiadores dirigidos por José Martínez Millán y Carlos J. de Carlos Morales (Salamanca, 1998), se mejora la edición del XIX con algunos añadidos y cotejos de dos variantes del texto, según originales conservados en la Real Academia de la Historia y en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Queda pendiente, sin embargo, una buena edición crítica más precisa, hoy fácilmente abordable --eso sí, por un amplio equipo, tal es la magnitud de su información-- con los medios informáticos más usuales.

 

Quién fue Luis Cabrera de Córdoba.

Nació en Madrid en 1559, en una familia de generaciones de cortesanos desde los Reyes Católicos; su abuelo paterno había sido cautivado por los turcos en Corón, había conseguido huir y, con su hijo Juan Bautista --padre de nuestro cronista-- como alférez, había vuelto a la milicia y murió en San Quintín (1557). Juan Bautista Cabrera, a la muerte de su padre, se instaló en Madrid como fiscal de la Contaduría Mayor de Cuentas. Casado con una señora rica, María del Aguila y Gullón, tuvo dos hijos, Andrés y Luis Cabrera de Córdoba.

En 1573, cuando Luis tenía 14 años, su padre fue nombrado Guarda Mayor de las dehesas y términos de El Escorial, así como superintendente de los jardines y carretería de la fábrica del monasterio, y dos años después --Luis tendría 16 por lo tanto-- él mismo fue nombrado ayudante de su padre. La proximidad real y al parecer el interés del propio rey por aquel hijo de su Guarda Mayor de El Escorial, hizo que orientara su formación para un futuro cortesano; en sus propios textos se puede apreciar cierta frustración por no haber llegado a ser secretario de estado, de alguna manera culminación de su carrera cortesana.

En 1584 viajó a Nápoles al servicio del nuevo virrey el duque de Osuna, y al año siguiente volvió a Madrid con avisos e informes de una revuelta en aquella ciudad. En 1586 viajó a Flandes al servicio de Alejandro Farnesio, mientras su padre era nombrado Despensero Mayor, apadrinado por Cristóbal de Moura, figura en ascenso en la Corte en ese momento, y volverá a Madrid en 1588 con los avisos y pareceres contrarios de Alejandro Farnesio sobre la forma de acometer la empresa de Inglaterra. De alguna manera, se había convertido en portador de avisos de asuntos de alta política de estado, de información reservada, se aproximaba a ese perfil clásico de "ojos y orejas del rey": informes de experto, diplomacia, espionaje e información.

Ese mismo sentido tuvieron dos misiones de nuestro autor documentadas, una a Galicia en relación con el estado de la construcción de naves para la gran armada, y una segunda a Avila; habían aparecido algunos pasquines contra el impuesto de los "millones", una de las medidas financieras de la Monarquía de más trascendencia, inmediatamente después de la crisis que supuso el fracaso de la gran armada, y Luis Cabrera debía enterarse del alcance real del asunto. Una especie de "visita" discreta y de investigación.

Luis Cabrera tenía 30 años y una hoja de servicios a la Monarquía de relativa importancia. En 1589, su padre logra que sus hijos hereden su ya antiguo cargo de Guarda en el Escorial, y Luis, en ausencia de su hermano Andrés, monje bernardo, se convierte en Guarda de caza, pesca, prados y sitios reales de la Fresneda y el Castañar, dehesa de la Herrería y jardines en torno a El Escorial. Casado con Baltasara de Zúñiga y Tapia, en 1596 tiene su primer hijo, Felipe Lorenzo, apadrinado por Cristóbal de Moura por orden y en nombre del rey Felipe II. Tal vez fueran estos los años de sus pretensiones cortesanas mayores, su patrón y padrino de su hijo Moura en su momento de mayor influencia cortesana. La muerte del rey y los cambios que trajo consigo la Corte del heredero Felipe III, con el ascenso del futuro valido el duque de Lerma, se puede decir que truncaron la carrera cortesana de Luis Cabrera; Cristóbal de Moura pronto fue alejado de Madrid, y siguió siendo pieza clave del gobierno de la Monarquía, pero desde Lisboa, ya desde finales de 1598. En febrero de 1599, Luis Cabrera fue nombrado Tapicero Mayor de la reina Margarita de Austria, oficio cortesano que le permitía seguir en ella pero con más tiempo para dedicarse a su afán mayor desde entonces, la escritura del reinado del rey Felipe II, cuyos años --los de su juventud, al fin-- añoró el resto de su vida.

Son los años finales de redacción del Quijote, también, y sin duda uno y otro, Luis Cabrera y Miguel Cervantes, conocían lo que estaba haciendo el otro. Cervantes, al menos, así parece reconocerlo:

"Que es el gran Luis Cabrera, que pequeño
todo lo alcanza, pues lo sabe todo:
Es de la historia conocido dueño,
y en discursos discretos tan discreto,
que a Tácito verás si te lo enseño."

En 1615 murió su primogénito y al año siguiente otra hija doncella, sobreviviendo una hija, Luisa --casada con Pedro de Hinestrosa--, y un hijo, su heredero Juan. Luis Cabrera de Córdoba murió en su casa de la madrileña calle de Preciados, el 9 de abril de 1623.

 

Importancia de la obra.

Sobre la importancia de la obra, dicen sus últimos editores:

"La Historia de Felipe II, Rey de España de Luis Cabrera de Córdoba constituye, junto a la de su homólogo Antonio de Herrera y Tordesillas, las más completas crónicas del reinado de Felipe II. A nuestro juicio, ambos trabajos se complementan, y si la del segundo es más extensa y, desde el punto de vista del relato de los acontecimientos, aparece más acabada que la primera, ésta --como ya hemos indicado-- le supera en interpretación histórica y en el análisis que hace de los entresijos de la corte."

La obra de Antonio de Herrara y Tordesillas a la que se refieren los editores es la Primera parte de la Historia General del mundo de XVI años del tiempo del señor Rey don Felipe II el Prudente, desde el año de MDLIX hasta el de MDLXXIII (Madrid, 1601), que incluye la segunda parte entre los años 1575 y 1584, y continúa en la Tercera parte de la Historia General del mundo de XIIII años, del tiempo del señor Rey don Felipe II el Prudente, desde el año 1585 hasta el de 1598, que pasó a mejor vida (Madrid, 1612).

 

TEXTO. LIBRO IV, CAPÍTULO XXIII (4-23).

La mayor parte de este capítulo está dedicada a la desgraciada operación militar del Conde de Alcaudete, don Martín Alfonso de Córdoba; o don Martín de Córdoba, el Viejo, para diferenciarlo de su hijo Martín de Córdoba, el Joven --como hacen Sosa/Haedo en otro relato clásico de estos sucesos--, futuro gobernador de Orán también, y que en este episodio cae cautivo de Hasán Bajá, el hijo de Jeredín Barbarroja y nuevo gobernador recién llegado a Argel desde Estambul. Esta era la segunda vez que Hasán Bajá era nombrado gobernador de Argel --o rey de Argel, como Sosa/Haedo dicen normalmente, eco de la denominación popular--, y había de serlo otra tercera vez, hasta 1568, durante casi un cuarto de siglo uno de los personajes más representativos e influyentes de la Berbería. Este episodio hay que situarlo también en el marco de la gran ofensiva turca de la primavera y el verano de 1558, a raíz de la derrota francesa de San Quintín el año anterior, una situación de guerra total en el Mediterráneo que debió ensombrecer los últimos días de Carlos V. Al coincidir la llegada de la noticia de la rota de Mostagán con el agravamiento de la enfermedad y la muerte de Carlos V, Cabrera de Córdoba termina el capítulo con este suceso y una evocación del Emperador que recogemos en apéndice a esta historia; nos interesa aquí por su retórica barroca y formalismos que la hacen muy apta para estructurar en versículos, en verdad poemático el resultado. Esta semblanza del Emperador y de sus hechos principales, tiene también perfil de colofón de este capítulo al aparecer entrecomillado en sus diferentes ediciones.

Aparecen como personajes en este capítulo los siguientes:

- Carlos V y Felipe II.
- El primer Conde de Alcaudete, Martín Alfonso de Córdoba, gobernador de Orán y protagonista desgraciado de este episodio, evocado al final con sus antepasados; desde Hernán de Temez de Montemayor, caballero gallego que había luchado con Alfonso XI y participado en la toma de Córdoba, y su abuelo el adelantado Martín Alfonso.
- Leonor Pacheco, hermana de Luis Fernández de Córdoba y esposa del Conde de Alcaudete.
- Los hijos del Conde de Alcaudete, a saber:
- Alfonso Fernández de Córdoba, que se queda al frente de Orán durante la expedición de su padre a Mostaganem.
- Diego, obispo de Calahorra, y
- Martín de Córdoba, que le acompañó en la acción, estuvo cautivo en Argel y más tarde fue gobernador de Orán.
- Solimán el Magnífico.
- Hasán Bajá, hijo de Jeredín Barbarroja, desde la muerte de su padre en 1547 y hasta 1568 gobernador de Argel --o "rey de Argel", como se le conoce normalmente, o virrey, como suele precisar la documentación--, en tres periodos de tiempo consecutivos.
- Aluch Alí Farcici, capitán de Hasán Bajá, muladí o musulmán nuevo, que le acompaña en esta empresa bélica. No debe confundirse con Aluch Ali el calabrés --el Ochali cervantino, gobernador de Argel entre 1568 y 1571--, en estos momentos en el área tunecina, en principio, a pesar de que Sosa/Haedo comentan que tenía de apodo el Fartaci, que según él quería decir "el tiñoso". Tanto Cabrera como Sosa / Haedo coinciden en traducir Aluch como renegado o muladí.
- Los Meliones se refiere a una tribu beduina del entorno de Orán, con contactos con los hispanos como "moros de paz", pero de ambigua fidelidad, lo mismo que los tlemseníes.
- El Xerife, suele referirse al rey de Fez, sin duda como en este caso, como descendiente de la familia del profeta Mohamed.
- Los Uled Ethegia y los Uled Hurbá, se refiere a tribus beduinas de la región --Uled como "hijos de"--, árabes o bereberes, en este caso aliadas de los turcos.

Notas:

Se han actualizado completamente las palabras, en principio --como "vitoria"/victoria, "Pirú"/Perú, "xeques"/jeques, aunque se conservó "cosario", "ventureros"/aventureros, "alárabes"/árabes o "retroguardia"/retaguardia, por ejemplo. Los nombres propios también se han conservado en su ortografía original, salvo "Hascen"/Hasán Bajá, el hijo de Barbarroja. Hay también algunas correcciones mínimas, sobre todo en puntación, y se ha intentado resaltar la belleza formal con el tratamiento versicular del texto. También se han añadido los titulillos marginales, de alguna manera descriptores de los diferentes fragmentos del texto. Se resalta con cambio de tipografía las palabras formales de un personaje que recoge el autor, o su reconstrucción por el autor, así como los contenidos de una información o de un aviso. También se resalta, con negritas, los párrafos en los que el autor critica o cuestiona las decisiones del Conde de Alcaudete, Martín de Córdoba el Viejo.

Documento:

Alcanza licencia para hacer la jornada de Mostagán
y la dispone el Conde de Alcaudete.

El Conde de Alcaudete, gobernador de Orán, obtiene en la Corte permiso para la empresa de Mostagán, hoy Mostaganem.

La constante negociación del Conde de Alcaudete
--y su autoridad alcanzada, la nobleza de su sangre,
larga experiencia de las guerras y victorias que tuvo en Berbería,
el conocimiento de la tierra
y de los enemigos con quien había de pelear
y tantas veces peleó, cuyo terror era,
la representación de la importancia de la jornada de Mostagán,
la aprobación del Emperador,
a cuyo juicio se dedujo la conferencia--,

venció la contradicción
de los Consejos de Estado y Guerra a la empresa,
y le concedieron la facultad y gente
que (con) tanta instancia para ella había pedido.

Levados seis mil hombres en La Mancha y Andalucía,
los encaminaron a Cartagena y Málaga
para llevarlos a Orán.

Hasán Bajá, el hijo de Barbarroja, nuevo gobernador o virrey de Argel, avisado de la empresa, se prepara también para ella.

Había llegado por gobernador de Argel segunda vez
Hascén (en lo sucesivo Hasán), hijo de Heyradén (Jeredín) Barbarroja,
en el mes de junio de 1557
--que gobernó antes, en el año de 1550--,
remunerando Solimán, sultán de los turcos,
los grandes servicios de su padre.

Fue avisado por sus espías desde España y Tremecén
de la confederación que hizo el Conde
con los Meliones y Xerife,
y de las fuerzas que juntaba,
que había de emplear forzosamente
contra Tremecén y Mostagán,
llave de las provincias de Argel y de Fez.

Aluch Alí Farcici --que quiere decir nuevo convertido--
requirió a los alárabes, de parte de Hasán,
no favoreciesen a los cristianos --enemigos de su ley--
con las armas y bastimentos
para conquistar las tierras donde se profesaba,
y con que los había de subyugar en ocupándolas.
Y que no dudasen ni temiesen,
porque les sería más fiel amigo
y los defendería con el gran poder de Solimán.
Por cuyo mandamiento les protestaba los daños
y denunciaba la guerra si no le obedecían.

Comienzo de la expedición y problemas con los abastecimientos.

Llegó la infantería a Orán
y muchos nobles ventureros con el Conde.

Supo la negociación que hizo Farcici con los alárabes,
y cómo estaba en Tremecén
continuando la reducción de los neutrales
para la defensa común.

Pareciéndole no poner toda sus esperanzas
en los Meliones,
para tener vitualla y munición
embarcó mucha cantidad en nueve bergantines
porque los llevasen al puerto antiguamente llamado de los Dioses
--media legua distante de Mazagrán, ciudad pequeña, antigua,
edificada por los naturales 13 leguas al levante de Orán,
y algunas veces su tributario--,
y desde allí habían de hacer los viajes a Orán
que la provisión del campo hubiese menester.

Aviados, partió a 26 de agosto
por las Salinas y el Arroyo del Tarahal,
con 6.500 españoles efectivos de lista,
con 200 caballos de Orán y los ventureros.

Y llevó, para que le ayudase al manejo de todo,
a don Martín de Córdoba, su hijo menor,
animoso y de grandes esperanzas en la guerra, y no vanas.

Y en el gobierno y guarda de Orán
dejó a su hijo mayor don Alonso Fernández de Córdoba.

Y mandó tirar a brazos
algunas piezas de artillería de batir y de campaña.

No llevó bastimentos, esperando los darían los moros,
y para salir a moverlos con recibirlos
hizo punta hacia los campos de Ciret.

Porque no cumplían, el ejército hambreaba al cuarto día,
y por las vegas de Quiquinaquey volvió buscando su reparo
con la vitualla que los bergantines habrían desembarcado.

El campo berberisco de Hasán Bajá, el hijo de Barbarroja.

Los moros de Mazagrán y Mostagán
--por la venida a Orán del Conde y salida de ella--
pusieron el salvamento suyo, vitualla y hacienda en Mostagán,
y avisaron de todo al Virrey de Argel.

Con 5.000 turcos y renegados escopetereos
y 1.000 espais a caballo y diez piezas de artillería
salió brevemente a juntarse por el camino
con 6.000 caballos y 10.000 peones alárabes
que había llamado en su ayuda,

de los que del ramo de Uled Ethegia
andan en los llanos de Tremecén, cerca del Mediterráneo,
y en la sierra menor Atalante --que forma su costa
desde el estrecho de Gibraltar hasta lo último
del reino de Tripol de Berbería
con grandes montañas madres de muchos ríos
y gentes belicosas
ejercitadas peleando con los italianos y españoles.

Primeras escaramuzas en Mazagrán.

Los alárabes de Uled Hurbá --que habitan
en los confines de Mostagán y en el desierto ladrones--
y buen número de moros de Tremecén y Mostagán,
guiados de algunos turcos que trajo Farcici,
al llegar el Conde a Mazagrán le acometieron.

Pero recibidos por los españoles con su daño,
en escaramuza bien trabada los retiraron desbaratados,
con muerte de 300, hasta los muros de Mostagán,
una legua adelante de Mazagrán.

Volvieron a esta ciudad para refrescarse
en una fuente que vierte junto a la muralla
y matar su hambre con los bastimentos de los bergantines.

Una expedición corsaria de regreso de Andalucía, apresa los bergantines con los bastimentos hispanos.

Saquearon cosarios --con cuatro galeras
y cinco fustas de Argel-- al lugar de San Miguel,
del condado de Niebla.
Y volviendo con la presa arrimados a la costa de Africa,
prendieron los nueve bergantines.
Y los soldados, desde Mazagrán, con gran dolor
vieron llevarlos a remolco y entrar en el puerto
esperando el suceso de los cristianos
para ayudar a los moros que los hubiesen menester
y tener parte de la ganancia.

Consejo de guerra en el campo hispano y diversidad de opiniones sobre la continuación de la acción. El Conde de Alcaudete decide continuar.

Congojó este desastre, y --habido Consejo--
algunos abonaban la retirada
y la espera en Orán del rehacer de municiones y bastimentos,
entreteniendo el ejército con correrías;
y tomar de lo que hacían los amigos y enemigos
acuerdo y resolución para proseguir la jornada.

Otros, el combatir a Mostagán aprobaban;
y que sería brevemente entrada,
donde tendrían defensa
contra el virrey de Argel y moros de la tierra,
y bastimentos con que poder esperar
la provisión de Orán y de España traída en las galeras.

Ejecutó esto el Conde conforme con su deseo,
no con la razón de la guerra,
no teniendo comida ni munición para la artillería.
Y el aventurar su reputación --que le dolía--
era de menos importancia que tanta gente.
Y los Meliones, culpados en la falta de la fe,
se gobernarían conforme a la fortuna de los dos generales,
y si la del Conde era menor cargarían sobre él sin duda.

El campo hispano ante Mostaganem, ciudad que describe someramente.

Caminó contra Mostagán
y su guarnición, rota de la vanguardia, fue seguida
hasta ponerse algunos soldados valerosamente
sobre la muralla,
donde plantó bandera un alférez
con tanto esfuerzo y resolución que si los que le seguían
no fueran desgraciadamente detenidos del Conde
con la fuerza y amenaza,
ganara sin duda la ciudad su venturosa arremetida.

Con fajina de los higuerales y viñas y una cava
se atrincheró contra la caballería bárbara,
y en una plataforma pequeña plantó dos cañones
para batir el castillo puesto al mediodía,
desde un padrastro que señorea la ciudad antigua,

construida por los naturales sobre la costa del Mediterráneo,
en la ladera de un monte que se va alzando a la parte de tierra,
ceñida de buenos muros, y en su dentro con buenos edificios y fuertes.

Con nombre de Cartena la pone Ptolomeo
en catorce grados y treinta minutos de longitud
y en treinta y tres grados y treinta minutos de latitud.

Tiraron al castillo sin efecto
y ocuparon el arrabal algunas compañías para su alojamiento.

Ante la proximidád de Hasán Bajá, Martín de Córdoba pide permiso para ir a su encuentro a su padre el Conde de Alcaudete, sin éxito.

En el día siguiente llegó aviso
de cómo Hasán a largo paso venía al socorro y estaba cerca.

Reconocióle don Martín de Córdoba con algunas compañías
y pidió a su padre 4.000 hombres
para dar una trasnochada a los turcos,
cansados, seguros, dormidos. Y si eran --como podían-- rotos,
con sus municiones proseguirían el sitio,
porque otro día sería furiosamente de ellos acometido.

Aprobaron este parecer muchos capitanes, no el Conde;
pues cuando se encamina un desastre se abraza el peor consejo.
Y dijo: no batallaría Hasán con él, porque se perdería.

Preparativos para el combate en el campo hispano ante Mostagán.

Dio una libra de pólvora y dos palmos de cuerda
a cada arcabucero,
y al cuarto de la modorra caminó a Mazagrán
por llegar antes del día,
refrescar su gente y ordenarla para lidiar,
si Hasán le forzase,
teniendo las espaldas guardadas con la ciudad,
la frente con la artillería, un costado con su caballería
y el otro con buena arcabucería
asegurada con trinchera contra los caballos.

Dispúsolo bien,
mas gastó el tiempo en reparar
las ruedas quebradas de un cañón que no quiso dejar
enterrado y encubierto al enemigo,
pasando la gente por (en)cima de su terreno.

Para asegurar la fuente y la ciudad
envió la guarnición de Orán y algunas banderas delante,
y él siguió en la retroguardia y guarda de la artillería.

En viendo la fuente, sin poderlo evitar los capitanes,
se desordenaron para matar la sed que los mataba.

Hasán Bajá de Argel llega al campo de la batalla en Mostaganem.

Hasán, con la nueva que le enviaron los moros
de la retirada del Conde y del número de su gente,
animado y codicioso de victoria,
superior en infantería y caballería,
a largo paso ganó en su mejora el tiempo que perdió,
para perderse el Conde.

Acometió a los desordenados con los turcos por una parte,
los de las galeotas que desembarcaron por otra,
Farcici con los moros de Tremecén por otra,
los alárabes quiados por sus jeques por otra.

Resistían los desordenados --y que sustentaban
con más ánimo que fuerza
los cuerpos fatigados de hambre, sed, cansancio,
falta de sueño, abrigo, disciplina, por ser los más sin experiencia--
y peleaban donde la fortuna les ponía los enemigos.

A las cuatro de la tarde
la confusión encendió la pólvora
y quemó más de 500 de su guarda,
estando los moros sobre ellos.

Con este mal suceso
--y el huir furiosamente a la ciudad los soldados--,
conociendo el Conde su pérdida y poco remedio,
a grandes voces dijo:
--Santiago y a ellos, que la victoria es nuestra
porque vienen desbaratados los enemigos.

Derrota hispana por los berberiscos y muerte del Conde de Alcaudete.

Mas prevaleció el temor y la atropellada y confusa huida.

Al entrar por un postigo para sacarlos por fuerza a pelear,
el tropel y el aprieto hizo empinar el caballo
y caer el Conde
y morir ahogado en la angostura miserablemente.

Los victoriosos turcos entraron en la ciudad
y prendieron a don Martín de Córdoba.

Hasán cerró las puertas
porque los alárabes no matasen los cautivos.

Sus jeques, (al) otro día, pidieron su parte,
pues servían sin sueldo,
y fieramente alancearon 800.

Habían dado sepultura al cuerpo del Conde sus criados,
y Hasán le sacó para ver un tan gran capitán,
valeroso, victorioso tantas veces,
bien reputado y temido en Berbería,
y últimamente tan desgraciado.

Y diole por 2.000 ducados a don Martín
para que le enviase a Orán.
Y él (don Martín) quedó prisionero (de) Hasán
y en Argel estuvo algunos años.

Evocación del Conde de Alcaudete.

Era don Martín Alfonso de Córdoba
el primero conde de Alcaudete
por merced del Emperador por sus grandes méritos y servicios,
y descendiente por línea de varón de los señores de Contada,
que procedían de Hernán de Temez de Montemayor,
en el reinado de don Alfonso XI,
caballero gallego
y uno de los ganadores de Córdoba en el año de 1236.

Fue el primer señor de esta casa de Alcaudete
Martín Alfonso de Montemayor,
nieto del adelantado Martín Alfonso.

Casó este primer conde con doña Leonor Pacheco,
hermana de don Luis Fernández de Córdoba,
que le dio hijos a:
don Alfonso Fernández de Córdoba,
conde segundo y capitán general de Orán,
a don Diego, obispo de Calahorra,
y a don Martín de Córdoba, capitán general de Orán,
por sus hazañas
formidable a los moros y glorioso a sus españoles.

A modo de colofón de este capítulo, Cabrera de Córdoba evoca la muerte de Carlos V en Yuste, poco después de estos sucesos.

La nueva de la pérdida lamentable entristeció a Castilla
y al Emperador agravó la enfermedad.
Y murió en edad de 58 años,
a 21 de septiembre,

notable y fatal al parecer de astrólogos y cronológicos
por las muertes de grandes príncipes
y sucesos trágicos y prodigiosos de mutaciones de estados,
ruina de reinos, terremotos y tempestades de cielo, mar y tierra,
crueles guerras comenzadas y acabadas con desolación
de ciudades y provincias y de sus señores,
llegado el término prescrito por ciertos números
de concurrencias de sietes o nueves,
notado no poco vanamente
de los computistas y especuladores de la antigüedad.


APÉNDICE:

"Fue Carlos V Máximo
Emperador de Alemania y Rey de España;
nacido en Gante, populosa ciudad,
metrópoli del condado de Flandes,
de mediana estatura con buena proporción,
correspondencia y trabazón nerviosa en los miembros,
semblante agradable y grave, con gracia y majestad,
ejercitado en todas las armas,
con natural elocuencia en la lengua flamenca, alemana,
española, francesa, italiana, leído en historias,
sin tener otras letras,
aunque favoreció declaradamente los profesores de todas.

Fue versado en ambas fortunas.
Feliz, guerreando en Italia, Alemania, España, América.
Varia, en Grecia, Africa, Francia, Flandes,
probando la desigualdad de los sucesos
para ser más excelente y prudente.
Pues moderación y constancia enseñan los prósperos,
industria, fortaleza, sufrimiento, magnanimidad, los adversos.
Con que se perfecciona bien el arte de reinar en todo.

Aunque se valió en las mayores empresas y negocios
de admirables y diestros consejeros y capitanes
de la disciplina del generoso emperador Maximiliano I,
su abuelo paterno, y del materno el Católico don Fernando,
rey de España, superior en prudencia y valor.

Menor ventura tuvo en la paz,
si bien la gobernó con sabiduría, justicia,
paciencia, buena intención, amor a los súbditos,
establecimiento y conservación de civiles y sagradas leyes
en favor de la religión católica con divino celo,
diligencia en obrar, pues casi pisó toda la Europa.
Tenaz en su opinión y consejo,
templado en el vestido, comida, ira, venganza de la injuria,
castigada alguna vez con valor en prevenida oportunidad.

Su liberalidad,
ni dejó hechuras ni aumentos en las de sus predecesores.

Triunfó en las conspiraciones de Flandes, España,
Nápoles, Perú, y de los franceses
prosiguiendo las guerras heredadas de la casa de Borgoña.

Compitió con el valeroso rey de Francia, Francisco I,
sobre el señorío de Italia, imperio de Alemania.
Y preso en Pavía de los españoles,
usando Carlos de toda humanidad y cortesía,
volvió a su reino.

Domó los indómitos y fuertes de Alemania apóstatas,
seguidores de nuevas y perversas sectas
contra la autoridad y doctrina de la Iglesia Romana,
con libertad de juicio pervertidos
y amparados por Juan Federico,
duque de Sajonia, Lanztgrave de Hessia,
y de otros coligados rebeldes.

Contendió insuperable con sultán Solimán,
el guerrero, ambicioso señor de los turcos,
en las Pannonias de vida y de imperio.

Amplió el materno en la América
con los reinos de México y del Perú,
donde propagó la ley y evangelio de Jesucristo
en muchas y extensísimas provincias.

Y en Italia,
con el ducado de Milán y de Sena,
confirmada la posesión del reino de Nápoles,
dado --por el gran poder de sus armas--
duque monarca a los florentinos y parmesanos,
libertad y protección a genoveses
--condenada templanza de ambición por los políticos--,
queja a Roma, asaltada por los soldados
de corrupta disciplina y vida.

Creció la herencia paterna en los Países Bajos
con el ducado de Gheldres, condado de Zufent,
señoría de Utrecht, Transiselana, Frisia occidental,
Groninhen, Cambray --asegurada por ciudadela fuerte
de los hurtos de franceses--, y cubriendo el Artuoes y Hanaut.

Edificó a Hedinfer, Marienburg, Carlamont, Filipevilla,
nueva frontera contra Champaña.

Asoló a Terowana, conquistada a los Morinos.
La ciudad de Africa, a los Libios.

No disminuyó el Imperio, ni la ambición de su aumento
le hizo pasar los límites y leyes de generosidad y fe inviolable.
Religioso, deseó vivir para si en soledad.
Guardó castidad conyugal
viudo de su emperatriz madama Isabel.
Cauto incontinente, reconoció por hijo natural
a don Juan de Austria, digno de excelencia tanta.

Triunfante al fin de si mismo,
renunció el Imperio en su hermano Ferdinando,
rey de Romanos, Austria, Bohemia, Hungría.
La Monarquía, en su heredero don Felipe,
que honorable y fiel correspondiente dio a la inmoralidad su memoria,
gloria al alma, mausoleo al cuerpo, templo a Dios
con la octava maravilla --en ser primera-- del monasterio
de San Lorenzo el Real,
que se edificó y adornó con expensas magníficas.

Donde en reposo la posteridad reconocida,
tomando no pequeña parte de alabanza, le venera y celebra
con los títulos de Máximo, Túrcico, Africano, Germánico, Augusto,
con que los Sumos Pontífices agradecidos le inscribieron
y significaron sus virtudes y triunfos
vivos siempre en la fama
y en el ejemplo."

(Nota de Lectura de Emilio Sola)

   
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