Sin
entrar aquí en lo que pudiera ser la esencia
de la frontera
--desde la vivencia misma del ser y considerarse uno fronterizo--,
la esencia de las diferentes fronteras, todas válidas y enriquecedoras,
se puede afirmar que la novela "Los secretos del mar Rojo",
escrita por un francés de origen catalán afincado en Djibuti,
traducida, ilustrada y presentada por un artista pintor vasco-madrileño
--que se sintió en los últimos años de su vida identificado
con el texto
con rara intensidad hasta necesitar traducirlo y evocarlo gráficamente
como algo esencialmente significativo de su visión del mundo--,
es un producto cultural --comunicador-- de rara intensidad fronteriza.
Por todo ello, el resultado es mucho más que un "discurso"
antinacionalista y anticolonialista, de alguna manera,
para transformarse en un "aviso"
de alguien inmerso en "el estado de las cosas", en la realidad.
Una hermosa pieza literaria
de lo que intentamos tipificar por su verismo
como una "literatura de avisos".
1- El Autor.
He aquí la evocación biográfica
del autor
que Luis Claramunt quiso incluir al final de su traducción
de Los secretos del mar Rojo,
la primera novela de Henry de Monfreid (1879-1974),
ya que la de este autor
es una biografía ejemplar y garante de su propia
obra:
"
Henry de Monfreid regresa un jueves por la tarde de París,
donde termina con la grabación de su obra en cinta
magnetofónica,
y muere la noche del 14 de diciembre de 1974 en Ingrandes,
un pequeño pueblo francés a orillas del
Loira.
Había nacido el 14 de noviembre de 1879 en
Leucate.
Su padre, el pintor y grabador catalán Daniel
de Monfreid,
amigo de Gaugin, Maillol y Matisse,
le transmite el gusto por el mar y por la aventura.
"Después
de sus estudios en el Liceo de Carcasona
regresa a París para preparar la Politécnica.
Suspendido en el examen de ingreso, rompe con su familia
en 1901
y ejerce diversos oficios para subsistir: representante
de productos químicos, vendedor de leche al por
mayor...
En 1909, reconciliado con su familia,
regresa a vivir con su padre al Rosellón.
Pero al año siguiente, en 1910, decide expatriarse
y se embarca para Djibuti, en el litoral del Mar Rojo.
"Empleado primero en una factoría
de Djibuti,
huye después de la civilización.
Recorre Etiopía y surca los mares, desde
Suez hasta el Mar de China,
a bordo de un pequeño navío, el Altaire,
construido por él mismo.
Aprende árabe y los dialectos de las tribus
que frecuenta,
se hace musulmán
bajo el nombre de Abd el hai o "Esclavo de los
vivientes"
y ejerce varios oficios: pescador de perlas,
comerciante de maderas y contrabandista de hachís.
"Es
llamado a Francia para alistarse en 1914.
Dado por inútil, regresa al Mar Rojo,
donde se dedica al comercio de armas.
Etiopía, su residencia preferida, le está vetada
por el Negus.
Sin embargo, en 1932, Monfreid regresa con las tropas italianas
y en 1936 se hace plantador de café.
"En
1940, exiliado por los ingleses, vive en Kenia de
la caza
mayor.
En 1948 vuelve a Francia.
Diez años más tarde, a los 79 años,
viaja a la isla Reunión,
por última vez, antes de su regreso definitivo
a Francia."
Henry de Monfreid publicó esta su primer novela
en 1931; pasados los cincuenta años de su vida,
es un escritor tardío por lo tanto. Desde treintañero
en Africa, recogió en ella sus primeras experiencias
africanas, y desde entonces no dejó de escribir
y publicar con éxito. Pero este primer título
tiene el encanto especial de la iniciación a la
vida aventurera y a la literatura y se convierte en un
aviso testimonial de hondo valor por su fidelidad al "estado
de las cosas", a la realidad de una frontera que está surgiendo
en torno a la I Guerra Mundial y que ha conocido personalmente
desde 1910 y ha vivido con especial intensidad. Es la misma
realidad que había conocido Arthur Rimbaud, muerto
en Marsella (1891) veinte años antes de la salida
de Monfreyd para Djibuti desde aquella misma ciudad (1910),
y no es extraño que el autor lo evoque a través
de uno de los personajes de su novela, Ato Joseph, antiguo
criado del poeta y hombre clave en aquel momento por haber
sido nombrado agente de aduanas del Negus de Etiopía
en Djibuti, espía y poderoso patrón en el
contrabando de armas de la región. Y la voluntad
literaria del autor Monfreid queda patente cuando entre
líneas alude sobre la marcha a Cervantes:
"El sentido común
debe intervenir
siempre que cedemos a un impulso.
Siempre Don Quijote y Sancho,
que se reparten eternamente el corazón del hombre." (p.147).
No olvidemos que don Quijote renuncia a la continuación
de sus aventuras, tras ser vencido por un fingido Caballero
de la Blanca Luna en las playa mediterránea de Barcelona,
que deseaba que fueran al otro lado del mar, en la frontera
de la Berbería, una de las fronteras más íntimas
de Europa. Que es precisamente lo que haría Monfreid,
trescientos años después, con ese espíritu
cervantino-quijotesco que explicita en su primera novela.
2- Los secretos fronterizos del Mar Rojo.
Desde la llegada misma a la ciudad de Djibuti, Henry
de Monfreid es consciente de que se va a adentrar en una
de las fronteras de Europa, de la civilización europea:
"Hoy día, Djibouti
aparece en este lugar
como una ciudad completamente blanca con los tejados planos.
Parece flotar sobre el mar,
cuando se la ve emerger del horizonte, al acercarse en
barco;
y después, poco a poco se pueden ver con precisión
tanques metálicos, brazos de grúa, montones
de carbón,
en fin, todas las porquerías que la civilización
occidental
está condenada a llevar consigo adondequiera que
vaya." (pp.12-13).
El relato cronístico-novelístico es sencillo
y lineal, en exceso sobrio en ocasiones, pero no por ello
está ausente una verdadera emoción literaria
tanto en los fragmentos como en el conjunto del relato,
impregnado de tiempo real, de realidad. Su sensibilidad
capta y transmite el significado de uno de los límites
geográficos del espacio vital y novelístico,
el Bab el Mandeb o Puerta de las Lamentaciones o la similitud
en aquellas aguas entre los bogadores y los viejos galeotes
berberiscos del Mediterráneo clásico; lo
mismo sucede --esa sensibilidad literaria-- cuando evoca
el secreto con que se tratan los precios, cubiertas las
manos de los tratantes con un paño, o perfila un
personaje como el griego de Mitilene Zanni, no sabe si
millonario o sólo un mercader laborioso. O ese salto
en el tiempo cuando evoca el ancestral "derecho de
naufragio" que hace que tribus locales no deseen un
faro moderno en su territorio:
"No quieren un faro a causa del "derecho
de naufragio"
reconocido desde el tiempo en el que los fenicios
visitaban el Cabo de las Especias:
salvaban a los pasajeros,
los alimentaban hasta que eran rescatados
y, a cambio, se quedaban con el barco y la carga.
Un faro destinado a disminuir los riesgos de naufragio
es para ellos un perjuicio. Todo son puntos de vista." (p.231).
|