buscador

Documentos África

No Disponible

Bibliografía
 
ÁREAS :: AMÉRICA :: ATLÁNTICO :: BÁLTICO :: EURASIA :: ÍNDICO ::
MEDITERRÁNEO
:: PACÍFICO
   
 

Henry de Monfreid, Los secretos del mar Rojo, traducción y prólogo de Luis Claramunt, Bassarai, Bilbao, 2004.

   
   
Nota de Lectura: fecha publicación 29/11/2004 - formato pdf (244ks)
   
 

Avisos de un hombres de frontera en el siglo XX.

Introducción:

Una certeza parece alumbrarse
desde este Archivo de la Frontera ensayado:
es más fácil desde la frontera describir el centro que su contrario.
Y su consecuencia inmediata:
la experiencia de la frontera genera un hombre de frontera,
ú nico capaz de captar y describir esa realidad,
tal vez la realidad.

Sin entrar aquí en lo que pudiera ser la esencia de la frontera
--desde la vivencia misma del ser y considerarse uno fronterizo--,
la esencia de las diferentes fronteras, todas válidas y enriquecedoras,
se puede afirmar que la novela "Los secretos del mar Rojo",
escrita por un francés de origen catalán afincado en Djibuti,
traducida, ilustrada y presentada por un artista pintor vasco-madrileño
--que se sintió en los últimos años de su vida identificado con el texto
con rara intensidad hasta necesitar traducirlo y evocarlo gráficamente
como algo esencialmente significativo de su visión del mundo--,
es un producto cultural --comunicador-- de rara intensidad fronteriza.

Por todo ello, el resultado es mucho más que un "discurso"
antinacionalista y anticolonialista, de alguna manera,
para transformarse en un "aviso"
de alguien inmerso en "el estado de las cosas", en la realidad.
Una hermosa pieza literaria
de lo que intentamos tipificar por su verismo
como una "literatura de avisos".

1- El Autor.

He aquí la evocación biográfica del autor
que Luis Claramunt quiso incluir al final de su traducción
de Los secretos del mar Rojo,
la primera novela de Henry de Monfreid (1879-1974),
ya que la de este autor
es una biografía ejemplar y garante de su propia obra:


" Henry de Monfreid regresa un jueves por la tarde de París,
donde termina con la grabación de su obra en cinta magnetofónica,
y muere la noche del 14 de diciembre de 1974 en Ingrandes,
un pequeño pueblo francés a orillas del Loira.
Había nacido el 14 de noviembre de 1879 en Leucate.
Su padre, el pintor y grabador catalán Daniel de Monfreid,
amigo de Gaugin, Maillol y Matisse,
le transmite el gusto por el mar y por la aventura.

"Después de sus estudios en el Liceo de Carcasona
regresa a París para preparar la Politécnica.
Suspendido en el examen de ingreso, rompe con su familia en 1901
y ejerce diversos oficios para subsistir: representante
de productos químicos, vendedor de leche al por mayor...
En 1909, reconciliado con su familia,
regresa a vivir con su padre al Rosellón.
Pero al año siguiente, en 1910, decide expatriarse
y se embarca para Djibuti, en el litoral del Mar Rojo.

"Empleado primero en una factoría de Djibuti,
huye después de la civilización.
Recorre Etiopía y surca los mares, desde Suez hasta el Mar de China,
a bordo de un pequeño navío, el Altaire, construido por él mismo.
Aprende árabe y los dialectos de las tribus que frecuenta,
se hace musulmán
bajo el nombre de Abd el hai o "Esclavo de los vivientes"
y ejerce varios oficios: pescador de perlas,
comerciante de maderas y contrabandista de hachís.

"Es llamado a Francia para alistarse en 1914.
Dado por inútil, regresa al Mar Rojo,
donde se dedica al comercio de armas.
Etiopía, su residencia preferida, le está vetada por el Negus.
Sin embargo, en 1932, Monfreid regresa con las tropas italianas
y en 1936 se hace plantador de café.

"En 1940, exiliado por los ingleses, vive en Kenia de la caza mayor.
En 1948 vuelve a Francia.
Diez años más tarde, a los 79 años, viaja a la isla Reunión,
por última vez, antes de su regreso definitivo a Francia."

Henry de Monfreid publicó esta su primer novela en 1931; pasados los cincuenta años de su vida, es un escritor tardío por lo tanto. Desde treintañero en Africa, recogió en ella sus primeras experiencias africanas, y desde entonces no dejó de escribir y publicar con éxito. Pero este primer título tiene el encanto especial de la iniciación a la vida aventurera y a la literatura y se convierte en un aviso testimonial de hondo valor por su fidelidad al "estado de las cosas", a la realidad de una frontera que está surgiendo en torno a la I Guerra Mundial y que ha conocido personalmente desde 1910 y ha vivido con especial intensidad. Es la misma realidad que había conocido Arthur Rimbaud, muerto en Marsella (1891) veinte años antes de la salida de Monfreyd para Djibuti desde aquella misma ciudad (1910), y no es extraño que el autor lo evoque a través de uno de los personajes de su novela, Ato Joseph, antiguo criado del poeta y hombre clave en aquel momento por haber sido nombrado agente de aduanas del Negus de Etiopía en Djibuti, espía y poderoso patrón en el contrabando de armas de la región. Y la voluntad literaria del autor Monfreid queda patente cuando entre líneas alude sobre la marcha a Cervantes:

"El sentido común debe intervenir
siempre que cedemos a un impulso.
Siempre Don Quijote y Sancho,
que se reparten eternamente el corazón del hombre." (p.147).

No olvidemos que don Quijote renuncia a la continuación de sus aventuras, tras ser vencido por un fingido Caballero de la Blanca Luna en las playa mediterránea de Barcelona, que deseaba que fueran al otro lado del mar, en la frontera de la Berbería, una de las fronteras más íntimas de Europa. Que es precisamente lo que haría Monfreid, trescientos años después, con ese espíritu cervantino-quijotesco que explicita en su primera novela.

2- Los secretos fronterizos del Mar Rojo.

Desde la llegada misma a la ciudad de Djibuti, Henry de Monfreid es consciente de que se va a adentrar en una de las fronteras de Europa, de la civilización europea:

"Hoy día, Djibouti aparece en este lugar
como una ciudad completamente blanca con los tejados planos.
Parece flotar sobre el mar,
cuando se la ve emerger del horizonte, al acercarse en barco;
y después, poco a poco se pueden ver con precisión
tanques metálicos, brazos de grúa, montones de carbón,
en fin, todas las porquerías que la civilización occidental
está condenada a llevar consigo adondequiera que vaya." (pp.12-13).

El relato cronístico-novelístico es sencillo y lineal, en exceso sobrio en ocasiones, pero no por ello está ausente una verdadera emoción literaria tanto en los fragmentos como en el conjunto del relato, impregnado de tiempo real, de realidad. Su sensibilidad capta y transmite el significado de uno de los límites geográficos del espacio vital y novelístico, el Bab el Mandeb o Puerta de las Lamentaciones o la similitud en aquellas aguas entre los bogadores y los viejos galeotes berberiscos del Mediterráneo clásico; lo mismo sucede --esa sensibilidad literaria-- cuando evoca el secreto con que se tratan los precios, cubiertas las manos de los tratantes con un paño, o perfila un personaje como el griego de Mitilene Zanni, no sabe si millonario o sólo un mercader laborioso. O ese salto en el tiempo cuando evoca el ancestral "derecho de naufragio" que hace que tribus locales no deseen un faro moderno en su territorio:

"No quieren un faro a causa del "derecho de naufragio"
reconocido desde el tiempo en el que los fenicios
visitaban el Cabo de las Especias:
salvaban a los pasajeros,
los alimentaban hasta que eran rescatados
y, a cambio, se quedaban con el barco y la carga.
Un faro destinado a disminuir los riesgos de naufragio
es para ellos un perjuicio. Todo son puntos de vista." (p.231).

La inmersión en la vida cotidiana de aquella frontera --turcos y alemanes en Arabia, franceses e ingleses, los etíopes del Negus y numerosos grupos tribales locales-- la inicia con los pescadores de perlas, cuyo duro oficio evoca y describe, lo mismo que hará más tarde cuando entre en el mundo de los contrabandistas de armas y de esclavos. La incontinencia de orina que sufren los veteranos buceadores en la extracción de las perlas, la lamenta como una más de "la larga serie de males que hay que sobrellevar para arrancar del mar los suntuosos collares que irán a descansar suavemente sobre la perfumada piel de un escote de mujer" (p.161). Pero a pesar de esos "males", prefiere ese medio de la acción y la naturaleza primarias a la civilización de la que huye y a la que critica:


" He decidido partir mañana: me ahogo aquí.
Primero porque hace mucho calor.
Y segundo por el contacto con la gente que dicen civilizada,
donde sólo veo intriga, envidia y combinaciones turbias.
Alta mar. Cuanto antes." (p.127).

Finalmente, Monfreid parece adaptarse a la filosofía de aquellas gentes a las que ha decidido adscribirse de alguna manera --no hay que olvidar su cambio de fe y ley al hacerse musulmán con el nombre de Esclavo de los Vivientes o Abd-el-hai--, al definir el "maktub" o "estaba escrito" como "voluntad de Dios", lo que en el mundo civilizado occidental se considera "fatalismo áarabe" y que en Monfreid suena a mística amorosa o humanitaria:

"El hombre superior observa en silencio
y no debe sorprenderse de nada,
ya que un fenómeno no vale más de lo que parece ser.
La voluntad de Dios todo lo nivela
al sustituir lo que nosotros llamamos 'causa'.
Entonces se puede observar el universo
como la superficie de un cuadro.
En profundidad, sólo existe esa voluntad divina,
en todas partes la misma,
cuyos misterios resultaría insensato intentar desvelar.
He pensado a menudo que esta manera de ver
vale más que la metafísica."

Puede ser una fuga literaria y vital, pero Monfreid sigue siendo un racionalista occidental que sabe identificar esas causas que quiere negar tal vez para no volverse loco ante la realidad que quiere plasmar, y su espíritu quijotesco --o cervantino-- convierte su experiencia literaria también en aviso y denuncia. Como sucede cuando señala a la industria bélica belga como una de las responsables de aquellos desaguisados coloniales, con rotundidad: "Había en Lieja, antes de la guerra, una importante industria dedicada a la transformación del armamento de los diversos estados europeos para uso de reinados negros" (p.275). O cuando, tras retratar los actos malvados de un personaje, apostilla: "He olvidado el nombre de este personaje que quisiera poder nombrar aquí" (p.324). O cuando más rotundo, promete un segundo libro de denuncias de personajes reales, como un Procurador de la República o un Juez de Instrucción: "Esto será objeto de un segundo libro de mis memorias, donde desvelaré lo que habían deseado que mi muerte hubiera hecho olvidar para siempre" (p.367).

3- Adiós a la patria.

Una experiencia vital extrema y abordada con decisión y sinceridad, toda una iniciación de un hombre contemporáneo que le lleva a la lucidez y a la sensación de derrota, pero a la que se sobrepone con la energía de un enamorado de la realidad y de la vida. No es extraño que este texto entusiasmara a un artista pintor de la sensibilidad y fuerza de Luis Claramunt, y que sus ilustraciones transmitan la belleza y la desolación al mismo tiempo. Esa desolación del autor que abandona aquel mundo fronterizo que había llegado a amar para ir a la Gran Guerra con una sensación derrotista de alguna manera: "Tenía el corazón tan inundado de amargura, que no creía que fuera la patria lo que íbamos a defender, sino la situación y los privilegios de los que dejaba detrás de mí" (p.369). Pero que al mismo tiempo mantiene --ese rasgo quijotesco, esa voluntad de no enloquecer ante la realidad-- la esperanza de la acción: "...tenía la certeza de regresar. Y me había hecho el juramento de demostrar a mis enemigos que no había aceptado la derrota".

Este primer libro de Henry de Monfreid ilustrado por Luis Claramunt es pura voluntad de vida que deviene arte y se convierte en póstumo homenaje a dos hombres lúcidos, hombres de los nuestros, de bien. El "vivere per lottare" de una pintada reciente en una ciudad marinera del sur de Europa.

(Nota de Lectura de Emilio Sola)
   
  :: Aviso Legal ::
:: Optimizado para I.E. - 1024 x 768 ::