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Dios, el diablo y la aventura. La historia de Pedro Páez, el español que descubrió
el Nilo Azul, de Javier Reverte, Barcelona, 2003, Mondadori-Debolsillo, 239 pp.

   
   
Nota de Lectura: fecha publicación 30/01/2004 - formato pdf (166ks)
   
 

Hartos de hablar en la Universidad de "pluridisciplinaridad" --esa palabreja--, vamos a ver en este ensayo histórico-literario de Javier Reverte un magnífico ejemplo de ella --o de una posibilidad de ella al menos--, un buen ensayo narrativo y expositivo al fin.

Historia y viajes, literatura y misionología, antropología y periodismo, geografía y socio-economía, y facilidad literaria expositiva para sintetizarlo todo en una estructura narrativa asequible como es un relato biográfico. Y para que esto funcione y sea posible, horas de investigación y de lecturas. Muchas lecturas.

La lectura básica y punto de partida es la Historia de Etiopía del jesuita Pedro Páez (1564-1622), en portugués, según una edición íntegra de 1945 de Oporto.

Pedro Páez era, a pesar de la lengua utilizada en la escritura, un castellano de un pueblo cerca de Alcalá de Henares, Olmeda de las Cebollas, hoy Olmeda de las Fuentes, y casi coetáneo de Cervantes, que tendría unos 17 años cuando Páez nació. Otra pieza maestra del siglo de oro hispano --o hispano-portugués en este caso-- semi-inédita de hecho, relegada al académico rincón de las "fuentes primarias" y que precisa de intermediarios para ser abordada en un primer momento. Una más de esas verdaderas "joyas de la corona" del siglo de oro hispano de la información.

Un intermediario bien familiarizado con la información como es un periodista profesional puede desarrollar una sensibilidad adecuada para abordar ese trabajo de mediador cultural, tan cervantino él en el fondo. El esfuerzo de documentación de Javier Reverte, desde esa sensibilidad, le hizo ir a obras fundamentales de la misionología, sobre todo de los jesuitas, comenzando con los textos del propio Páez (1628), y sus continuadores Jerónimo Lobo (1640) y Emmanuel d'Almeyda (1660), en el gran repertorio de Camillo Beccari --Rerum Aethiopicarum Scriptores Occidentales, 15 vols., 1903-1917--, en el que están los textos principales conservados sobre el asunto. Las referencias internacionales a Páez llevan al autor a otro rico fondo bibliográfico de exploradores y viajeros relacionados con la región, sobre todo de la rica tradición anglosajona, desde el escocés James Bruce (viajero en 1769) y John Hanning Speke y Richard Francis Burton (entre 1859 y 1862), a los más modernos R.E. Chessman (1936), Alan Moorehead (1962) o B. Brander (1966), pocos de esos trabajos traducidos al castellano. Y para el marco histórico global del periodo, otra serie bibliografía de obras clásicas entre los modernistas (Elliot, Linch, Koenigsberger o Maravall entre ellos) dan garantía de la seriedad del ensayo de Reverte.

Pero lo más importante es que ese esfuerzo de documentación se destina a glosar y hacer más comprensible y valorable hoy a un "clásico semi-inédito" --podríamos decir-- de esa literatura que se puede llamar "literatura de avisos" --"avisos de cosas que pasan en el mundo", pre-periodismo y servicios de información al mismo tiempo--, una posible "literatura de la frontera", el sector más ágil y espectacular del siglo de oro hispano clásico --y no hay más que pensar en la literatura americana--, en la base de una posible "Europa como unidad de información" y de la actual "globalización", por seguir jugando con las palabras.

Como todos los autores que quieren "avisar" o "informar" --en el sentido clásico de información para "disminuir la incertidumbre de una decisión" (Ibáñez), muy ligada al ejercicio del poder--, Pedro Páez cuida sus fuentes y las explicita, al mismo tiempo que reacciona con dureza ante otro texto anterior, en este caso el del dominico español Luis de Urreta (Valencia, 1610), construido con narraciones de segunda mano, y lleno de errores. Así lo resalta Reverte: Pedro Páez nos habla de sus fuentes: los libros de Etiopía, "que traducí (sic) fielmente", las informaciones recogidas de "las personas más fidedignas" y de sus propias vivencias. "Principalmente --concluye--, hablaré de lo que he visto y de la experiencia..." Las garantías de veracidad explicitadas, el clásico "he visto con mis propios ojos", "he oído", junto al "se dice" o "se cuenta" de los "avisos de plaza" de los espías, "ojos y orejas del rey" en su definición clásica desde Grecia, una "literatura de avisos".

Páez escribió el prólogo de su historia de Etiopía cinco días antes de su muerte --el 20 de mayo de 1622 fechaba el prólogo-carta al General de los jesuitas en Roma, Mutio Vitelleschi--, a la que había dedicado sus dos últimos años de vida casi íntegramente, lo mismo que Cervantes --seis años atrás-- escribía su carta dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Segismunda al Conde de Lemos, Pedro Fernández de Castro, el 19 de abril de 1616, "puesto ya el pié en el estribo, con las ansias de la muerte..." En ambos casos, verismo histórico, aviso, meta-literatura, más allá o más acá de todos los discursos, historia verdadera. Clásicos hispanos mayores que no se comprenderían sin esas nuevas fronteras generadoras de curiosidades mutuas y por ello de avisos, novedades o noticias verdaderas sobre el otro lado de la frontera.

Emilio Sola.

 

Posdata: El autor de esta nota de lectura saluda a su viejo colega de aventuras poéticas Javier Martínez Reverte --alter ego de este Javier Reverte, brillante intermediario entre Pedro Páez y nosotros hoy--, y le invita a participar en este www-archivodelafrontera.com con una versión castellana --o bilingüe-- actualizada de esa carta-pólogo de Pedro Páez de un día de mayo de 1622, que debe ser tan emocionante como un texto cervantino bueno. Claro que la historia, como bien decía Aristóteles, es una creación poética.


(Nota de Lectura de Emilio Sola)
   
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