Pedro Páez
era, a pesar de la lengua utilizada en la escritura, un
castellano de un pueblo cerca de Alcalá de Henares,
Olmeda de las Cebollas, hoy Olmeda de las Fuentes, y casi
coetáneo de Cervantes, que tendría unos 17
años cuando Páez nació. Otra pieza
maestra del siglo de oro hispano --o hispano-portugués
en este caso-- semi-inédita
de hecho, relegada al académico rincón de
las "fuentes primarias" y que precisa de intermediarios
para ser abordada en un primer momento. Una más
de esas verdaderas "joyas de la corona" del siglo
de oro hispano de la información.
Un intermediario bien familiarizado con la información
como es un periodista profesional puede desarrollar una
sensibilidad adecuada para abordar ese trabajo de mediador
cultural, tan cervantino él en el fondo. El esfuerzo
de documentación de Javier Reverte, desde esa sensibilidad,
le hizo ir a obras fundamentales de la misionología,
sobre todo de los jesuitas, comenzando con los textos del
propio Páez (1628), y sus continuadores Jerónimo
Lobo (1640) y Emmanuel d'Almeyda (1660), en el gran repertorio
de Camillo Beccari --Rerum Aethiopicarum Scriptores
Occidentales,
15 vols., 1903-1917--, en el que están los textos
principales conservados sobre el asunto. Las referencias
internacionales a Páez llevan al autor a otro rico
fondo bibliográfico de exploradores y viajeros relacionados
con la región, sobre todo de la rica tradición
anglosajona, desde el escocés James Bruce (viajero
en 1769) y John Hanning Speke y Richard Francis Burton
(entre 1859 y 1862), a los más modernos R.E. Chessman
(1936), Alan Moorehead (1962) o B. Brander (1966), pocos
de esos trabajos traducidos al castellano. Y para el marco
histórico global del periodo, otra serie bibliografía
de obras clásicas entre los modernistas (Elliot,
Linch, Koenigsberger o Maravall entre ellos) dan garantía
de la seriedad del ensayo de Reverte.
Pero lo más importante es que ese esfuerzo de
documentación se destina a glosar y hacer más
comprensible y valorable hoy a un "clásico
semi-inédito" --podríamos decir-- de
esa literatura que se puede llamar "literatura de
avisos" --"avisos de cosas que pasan en el mundo",
pre-periodismo y servicios de información al mismo
tiempo--, una posible "literatura de la frontera",
el sector más ágil y espectacular del siglo
de oro hispano clásico --y no hay más que
pensar en la literatura americana--, en la base de una
posible "Europa como unidad de información" y
de la actual "globalización", por seguir
jugando con las palabras.
Como todos los autores que quieren "avisar" o "informar" --en
el sentido clásico de información para "disminuir
la incertidumbre de una decisión" (Ibáñez),
muy ligada al ejercicio del poder--, Pedro Páez
cuida sus fuentes y las explicita, al mismo tiempo que
reacciona con dureza ante otro texto anterior, en este
caso el del dominico español Luis de Urreta (Valencia,
1610), construido con narraciones de segunda mano, y lleno
de errores. Así lo resalta Reverte: Pedro Páez
nos habla de sus fuentes: los libros de Etiopía, "que
traducí (sic) fielmente", las informaciones
recogidas de "las personas más fidedignas" y
de sus propias vivencias. "Principalmente --concluye--,
hablaré de lo que he visto y de la experiencia..." Las
garantías de veracidad explicitadas, el clásico "he
visto con mis propios ojos", "he oído",
junto al "se dice" o "se cuenta" de
los "avisos de plaza" de los espías, "ojos
y orejas del rey" en su definición clásica
desde Grecia, una "literatura de avisos".
Páez escribió el prólogo de su historia
de Etiopía cinco días antes de su muerte
--el 20 de mayo de 1622 fechaba el prólogo-carta
al General de los jesuitas en Roma, Mutio Vitelleschi--,
a la que había dedicado sus dos últimos años
de vida casi íntegramente, lo mismo que Cervantes
--seis años atrás-- escribía su carta
dedicatoria de Los trabajos de Persiles y Segismunda al
Conde de Lemos, Pedro Fernández de Castro, el 19
de abril de 1616, "puesto ya el pié en el estribo,
con las ansias de la muerte..." En ambos casos, verismo
histórico, aviso, meta-literatura, más allá o
más acá de todos los discursos, historia
verdadera. Clásicos hispanos mayores que no se comprenderían
sin esas nuevas fronteras generadoras de curiosidades mutuas
y por ello de avisos, novedades o noticias verdaderas sobre
el otro lado de la frontera.
Emilio Sola.
Posdata: El autor de esta nota de lectura saluda a su
viejo colega de aventuras poéticas Javier Martínez
Reverte --alter ego de este Javier Reverte, brillante intermediario
entre Pedro Páez y nosotros hoy--, y le invita a
participar en este www-archivodelafrontera.com con una
versión castellana --o bilingüe-- actualizada
de esa carta-pólogo de Pedro Páez de un día
de mayo de 1622, que debe ser tan emocionante como un texto
cervantino bueno. Claro que la historia, como bien decía
Aristóteles, es una creación poética.
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