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Relación del
estado y cosas del Japón.
Juan Cevicós muestras las razones por las que
es contrario a la apertura de navegación entre
Japón y la Nueva España.
Hallándome en las islas de Japón
por haber ido en plaza de capitán y maestre
del San Francisco
que el año pasado de 1609 se perdió en
aquel Reino
haciendo el viaje de Filipinas a la Nueva España
--en Ocasión que los japoneses
quemaron en el puerto de Nagasaki
el galeón de los portugueses de Macao,
y que muy pocos días antes habían asentado
amistad, trato y comercio con holandeses---,
y viendo que --sin reparar en estas cosas
y en que los japoneses se nos habían quedado
con más de quinientos mil pesos de hacienda
de la dicha nao San Francisco,
y en otros inconvenientes que a mi juicio se debieran
considerar--
se trataba por algunos vasallos de vuestra majestad
de abrir contratación con la Nueva España,
dándola principio desde luego con despachar
cierto navío,
me hallé necesitado de advertir --como lo hice
por escrito a quienes lo ponían en práctica--
de las desconveniencias que de ello se podrían
seguir.
Y aunque
--o ya fuere a los tales, como a personas
de mucha gravedad, ciencia, prudencia y experiencia,
les pareciese cosa desproporcionada acomodarse a mi
parecer,
o porque como lo que intentaban era un negocio nuevo
e inventado por ellos, accidente que de ordinario atropella
otros,
o porque, en efecto, los dichos hallasen en ello
algunas ventajas que yo no alcancé--
no bastaron para disuadirlos mis apuntamientos,
todavía
--deseando yo que por lo menos se echase de ver
en ese real Consejo mi buen deseo--
los envié a vuestra majestad en la nao Santa
Ana
que en aquella sazón se estaba aprestando
de dicho reino de Japón
para seguir su viaje a la Nueva España.
Donde también envié una larga descripción
de las islas japonesas,
de los frutos que abundan y cosas de que carecen,
de la antigüedad, gobierno, religión, fuerzas,
ingenio,
política y costumbres de sus naturales.
Y de las contrataciones que con extraños tienen,
y del principio que hubo para la de los portugueses
por Macao,
para la de los castellanos por Filipinas,
y para la última --que ahora han asentado--
con holandeses,
y en qué consiste el conservarlas, y otras cosas.
Hasta venir a parar en los tres lances últimos,
arriba contados:
quema de la nao de Macao,
toma de la hacienda de la nao San Francisco
y contratación con holandeses.
Y, asimismo, envié otros apuntamientos
acerca de lo que sentí deber observarse
para no aventurar de todo punto la cristiandad de aquellas
islas.
Y otros sobre cuan vanas fuesen las cosas
que de los japoneses se prometían
los autores de dicha contratación para Nueva
España.
Lo cual envié en pliego de la Inquisición
de México.
Que si lo dicho ha llegado a ojos de vuestra majestad,
lo más de lo que aquí dijere será excusado
o duplicado.
Y, antes, en este discurso procederé más
sucintamente,
pues sólo me valdré de lo que fuere preciso
para inteligencia de lo que pretendo advertir.
Y respecto de que ahora cae (sic)
sobre haber yo entendido que va el obispo de China
--que hoy está en esta ciudad (Manila)--
a tratar con vuestra majestad
de negocios de estas partes, y en especial del Japón,
me pareció hacer aquí una relación
de lo que... convendrá saber.
Lo cual --y mi buen celo-- me convida y necesita
a deducir de paso lo que
--según mi juicio y conciencia...
presuma yo de mí aventajarme otros muchos
que por sus cargos y dignidades (me aventajan...),
(por)que ni el sueldo, ni el cuidado ajeno, bastan
reservarme
del trabajo que en servicio de vuestra majestad--
me pareciere a mi conveniente.
Y porque sé también
que entre todos cuantos trataren de este negocio
no se hallará alguno más desinteresado
en él
por todos los caminos.
Y si por no se creer esto así
o por otro cualquier respeto,
dejare de sacarse algún fruto de este mi cansancio,
aún todavía lo daré por bien empleado,
que estimo en más no faltar a mi deber de trabajar
en balde.
Ensayo de descripción de Japón
y los japoneses.
Religión, gobierno, ingenio, inclinación
y fuerzas de los japoneses.
Su religión es gentílica,
de la cual son universalmente tan poco celosos
que casi sustentan los nobles las cosas eclesiásticas
más por grandeza y antigüedad de costumbres
que por esperanzas de salvación.
Y si bien en los labradores
y en todas las mujeres y en la gente humilde
--que por su rudeza no aprehenden lo que creen--
hay algún género de veneración,
les inquieta tan poco que --aunque en unos mismos pueblos
tienen sectas varias--
viven todos quitados de disputas, en paz y amistad.
Y el que menos yerra,
confesando una inmortalidad confusa en el alma,
niega la resurrección del cuerpo.
Y tiene al más pobre por más aborrecido
de Dios,
y tendrá por mejor dios al que más rico
le hiciere.
Y esto es en ellos tan natural que, a mi entender
--ojalá me engañe--,
si de los que se han vuelto cristianos
hubiere muchos imitadores de Job en la prosperidad,
habrá pocos que lo sean en la adversidad.
El gobierno es tiránico.
Divídese el reino en sesenta y tantas provincias,
y los señores de ellas lo son
de todos los frutos que dan la tierra y agua de su
partido,
sin dejar al que lo siembra y coge
más cantidad de la que puede bastar para su
sustento con miseria.
Tienen jurisdicción y dominio sobre sus vasallos,
a la semejanza que los potentados de Italia.
Y, así, castigan y matan sin que les vayan a
la mano,
salvo en algún negocio muy extraordinario y
grave.
(Es) el que entre ellos obedecen --cuando no pueden
más--
por señor supremo,
a quien nosotros hemos dado el nombre de emperador.
El cual posee con el título a Meaco, Fugime,
Osaka y Sacay,
cuatro las más antiguas y famosas ciudades de
aquellas islas,
y que sólo distan entre si,
la que más cerca de doce leguas españolas.
Y cuando le parece --o con mucha o con poca ocasión--
quita, toma y da de los otros lo que quiere.
La sucesión de éste dura lo que las
fuerzas y la maña pueden.
Y, en efecto, si el futuro es pequeño y el
curador belicoso
--que codicioso, todos lo son--,
por no dar cuentas se queda con el mando
y le perpetúa, si puede, en sus descendientes.
Son por lo general de ingenios agudos,
satíricos y cabilosos por extremo.
Y aunque en lo exterior están los nobles
llenos de vana presunción,
preciándose demasiadamente de agradecidos y
comedidos,
en atravesándose interés se descubre
en todos,
desde el inocente y miserable hasta el sabio y poderosos,
que es natural y propio de japoneses
posponer a la codicia la virtud.
Y, así, por encubrir lo uno y dar apariencias
a lo otro,
se nos ofrecieron lances verdaderamente ridículos
sobre la toma de la dicha hacienda de la nao San
Francisco,
que de algunos haré abajo mención.
El número de la gente de guerra del rey de
Japón
es cosa increíble (con) respecto de la que en él
hay que deje de serlo.
Gastan los señores todas sus rentas en sustentar
soldados,
(de ma)nera que lo principal de su codicia
se adereza a tener mayoría en esto.
Porque respecto de ser poco firme su posesión,
pretenden asegurarse por este camino
y tener con qué ayudar la parcialidad que siguieren
del pretensor en el imperio.
Y, así, podemos decir que en todas ocasiones
se halla armado aquel reino
de un muy grande número de soldados,
de cuyo valor se puede fiar bien en su tierra,
porque es gente de fuerza y es gente de honra;
y, si bien inferiores a nosotros en la disciplina
militar,
dejan de serlo en desestimar la vida.
Y es esto de suerte que
solamente por primor la pierden muchos.
Usan todo género de armas,
en cuya bondad y aseo ponen particular cuidado.
Y aunque labran pólvora y se aprovechan de
ella en arcabuces
--de cuya puntería son tan diestros que matan
la caza--,
respecto de parecerles más liberales las flechas,
los dejan para la guerra por los arcos.
Tienen algunas fortalezas con fosos y prevenciones,
que para no haber --como no hay-- en aquel reino
artillería con que sitiarlas,
parecen inexpugnables.
Para por la mar, es gente inútil.
Ni saben el arte de navegar
ni el de fabricar navíos que merezcan nombre
de fuertes.
Y, así, caso que por ser en mucho número
saliesen a conquistar otras provincias,
si las tales tuviesen cualesquier embarcaciones
de artillería gruesa,
les echarían a fondo sin algún riesgo.
Fuera de que el arrancar ellos a semejantes empresas
con alguna pujanza
tiene, entre otras dificultades, una tan grande
como es necesidad precisa de guardar todos lo suyo
y de estar en su casa prevenidos siempre
para en caso de muerte del emperador
o de alguna de las muchas novedades y guerras
que en Japón se pueden ofrecer.
Relato de la quema del galeón
Madre de Dios.
Quema del galeón de Macao.
Tienen, como se sabe, los portugueses de Macao
amistad y contratación en Japón (desde)
mucho tiempo ha,
enviando todos los más años un navío
con mercadurías
al puerto de Nagasaki.
En cuya conformidad entró en él,
por el mes de junio del año de 1609,
el galeón de que fue por capitán mayor
Andrea Pessoa.
Y habiendo surgido y siendo recibido
el dicho capitán mayor y los portugueses
aún con mayor agrado que otras veces
--respecto de la falta que en Japón había
de sedas
a causa de haber dejado los dos años antes de
hacer viaje--,
se trató con Çafioyo, privado del emperador
--y a quien le estaba cometido el asistencia en Nagasaki
para en las cosas tocantes a despacho de navíos,
y con otros japoneses
que por su calidad y oficio pareció a propósito--,
de ciertos castigos y muertes que se habían
hecho
en algunos japoneses autores de un motín o desacato
que en Macao habían tenido.
Y que para enterar del caso al emperador
quería llevarle el dicho capitán mayor
las diligencias que por escrito traía, e informarle
de palabra.
Lo cual le contradijeron con algunas excusas
y razones aparentes de conveniencia,
aconsejándole (que) estaba mejor a los portugueses
disimular el negocio y que no fuese a oídos
del emperador.
Y si esto fue arbitrio de los dichos
--para que, avisándole ellos de aquel auto,
y acusando del caso a los portugueses
y del desacato que tuvieron en dejar de ir luego
a darle satisfacción
como después se publicó que lo habían
hecho--,
o fue traza del dicho emperador
para venderles el perdón más caro,
cosa que de un gentil --y tan codicioso como él--
se puede temer,
¿
quién lo puede saber?,
¿
o quién sabe los consejos de los reyes?
En efecto, al dicho capitán
le impidieron al principio la ida,
e impidiéronle también la venta de la
seda cruda
--que, por ser el género más grueso y
parejo,
siempre se hace dando, como los portugueses dicen,
pancada--
y usando otras novedades.
De do se coligió claramente el dañado ánimo
de los japoneses.
Y temiendo lo que le sucedió,
excusó de ir en persona al llamado del emperador
con razones corteses y urgentes,
y se empezó a prevenir sin salir del navío.
Hasta que, en efecto, le cercaron
con gente de guerra en funeas --o digamos barcos--
y le embistieron con ánimo de cogerle.
Y habiéndolos hecho retirar, se levó
con la poca de su gente que se había recogido.
Pero falto de ella, de viento y de ventura,
después de haber ahuyentado otra y otras veces
los japoneses,
de día y de noche, se le prendió fuego.
Y para que sus enemigos no se apoderasen de la hacienda,
con ánimo de gran soldado --¡gran desdicha!--,
se voló con pólvora.
Y entre el fuego, entre el agua y las armas enemigas,
perecieron --en el 6 de enero de 1610-- gente, hacienda
y galeón.
Cosa que, sabida por el emperador,
sólo le pareció malo del hecho
no poder aprovecharse de tanta riqueza.
Lo dicho sucedió --como escribí a vuestra
majestad--
estando yo en Osaka, lejos de Nagasaki,
pero allí, en el camino y en dicho Nagasaki
me certifiqué haber pasado de la manera que
he referido.
En cuya relación --y en la de lo que precedió en
Macao
con japoneses, y en otras cosas tocantes al dicho trato--
dejo de ser más largo
porque no faltarán en España autores
de vista.
Pero todavía diré que podemos creer
cuanto nos dicen los portugueses
en razón de habérseles atrevido en Macao,
porque tenemos noticia de que en Sián,
en la Cochinchina y en otras partes
donde los japoneses han contratado,
se les ha hecho grandes castigos
por sus demasías y malos modos.
Y porque tenemos grandes experiencias
de haberse querido rebelar en Manila algunas veces
muy pocos y muy viles japoneses,
sin más razón que su indómito
natural,
ayudando a ello el poco castigo que con ellos
--respecto del de su tierra-- se usa
y las intercesiones que en religiosos hallan.
Relato del naufragio del galeón
San Francisco.
Pérdida de San
Francisco, digo de la nao, en
el Japón.
Del origen que tuvo el trato entre las Filipinas y
el Japón
y despacharse de ellas navío
con nombre, embajada y presente de vuestra majestad,
también envié a ese real Consejo relación
larga.
Y por no haber necesidad precisa para lo que aquí pretendo
de volverlo a referir, lo excuso
diciendo solamente que --como vuestra majestad habrá sabido--
tomaron en Japón toda la hacienda que iba
en el galeón San Felipe,
el cual arribó allá haciendo viaje es
estas islas a la Nueva España
habrá cosa de quince años (1596).
Y porque con la amistad y comercio
que después acá se ha tenido entre Filipinas
y Japón,
había dado el emperador que hoy gobierna cédula
--o como ellos dicen, chapa--
para que pudiesen arribar y entrar a repararse
las naos en sus puertos, con seguro y palabra
de que serían acogidos con amor y agrado,
creyéndolo así los que íbamos
en la nao San Francisco
que el año de 1609 salió de aquí para
la Nueva España,
arribamos con tormenta al Japón,
en cuya costa nos perdimos a postrero de septiembre.
Y apoderándose los japoneses de la hacienda,
fuimos luego el maestre de la nao y yo
--por mandado de don Rodrigo de Vivero,
que iba en la dicha nao, y del general de ella--
a dar cuenta del suceso al rey de Yedo,
ciudad cabeza del reino de Kantó,
en cuya costa nos perdimos,
y a darla también al emperador su padre.
Y habiéndonos dado sus consejeros audiencia
en las casas de dicho rey,
les dijimos que, aunque habíamos podido arribar
a Manila,
no lo habíamos intentado por sernos más
cómodo
para proseguir el viaje a Nueva España
el repararnos en su tierra.
Y que viniendo a ella, fiados de su amistad y chapas,
nos habíamos perdido
y los japoneses se habían apoderado de la hacienda:
que nos la mandase entregar.
Respondieron (que) informarían al rey
y le suplicarían (que) nos diese audiencia,
como se la pedíamos.
Y habiéndonos mandado volver al día
siguiente a la misma parte,
nos dijeron que el rey había recibido pena de
nuestra desgracia
y estaba agradecido de la confianza que decíamos
haber hecho de él y de su padre,
y nos mandaba dar carta para que unos bunguíos
--que son como en España jueces de comisión,
a quien(es) luego que supo la nueva en confuso,
envió a recoger la hacienda--,
nos la entregasen y dejasen sacar y vender libremente
donde nos pareciese.
Y dándoles las gracias, les pedimos licencia
para pasar adelante a dar cuenta del suceso
al emperador su padre,
y del buen despacho que en él habíamos
hallado,
lo cual nos impidieron de hecho,
aunque con persuasiones, trazas y cautelas.
Vueltos a Yubanda --lugar donde nos perdimos--
con nuestra carta,
y siendo abierta por los bunguíos,
respondieron que sólo avisaban en ella
recogiesen y beneficiasen la hacienda que escapase.
Lo cual debió ser así, porque en Japón
no se admiten excusas ni interpretaciones de los inferiores,
ni ellos aguardan sobrecartas para obedecer.
Pedímosles licencia para volver al rey y emperador
y no nos la concedieron.
Pero habiendo llegado un día después
orden del emperador
para que le fuese a hablar el general
y llevase consigo dos españoles, se hizo.
Y le dio carta culpando al rey su hijo la dilación
que había tenido en entregarnos la hacienda,
y encargándose que se hiciese luego,
y buen pasaje a los españoles,
respecto de la amistad que con las Filipinas tenían.
En virtud de la cual mandó el rey a los bunguíos
entregaran la que hubiesen recogido,
lo cual se hizo en 6 de noviembre,
habiendo pasado 35 días desde que nos perdimos.
En los cuales, sin dejarnos salir del lugar
ni llegar a ver beneficiar la hacienda,
hurtaron a nuestros ojos cuanta quisieron.
Y en la poca que nos entregaron,
nos pusieron llaves y precios,
la mitad menos de lo que halláramos por ella.
Y teniendo noticias que en la provincia de Boxico
--cerca de do(nde) se perdió la nao--
se habían recogido por el señor de ella
algunos cajones y panes de seda
de los que la mar echó en aquella parte
--y que habiéndolos ofrecido al rey había
respondido
que se estuviese callado
hasta que los españoles nos fuésemos--,
se envió con persona de nuestra parte a cobrarlos.
Y requiriendo al señor con las chapas,
dijo ser necesario acudir al rey para que declarase
si se entendía con aquellos,
porque la mar los había echado a su tierra
y podrían ser de otro navío.
Y aunque la interpretación de ello se procuró
con cuantos consejeros y criados pareció ser
a propósito,
y ellos decían que luego lo mandaría
el rey,
no fue posible dejarse hablar
ni fue posible darse por entendido de ésta
y de otras muchas sinrazones que pudiera referir
como quien las vio y padeció.
En efecto, señor, si lo que nos tomaron y lo
que nos volvieron
nos lo dejaran vender libremente, como publicaron,
es sin duda que sacáramos arriba de quinientos
mil pesos.
Y si otras personas hicieran ostentación
de que les hicieron grandes favores y grandes honras,
lo cierto es que a sí mismos se engañan
y que, cuando fuera verdad,
nos importaran más los quinientos mil pesos.
Ni tampoco se ponga duda en si hicieran los japoneses
lo mismo con la hacienda de la nao Santa Ana,
que también arribó en dicho tiempo a
Japón,
si hallaran ocasión para darle color;
antes, se crea que lo dejaron de hacer
no por virtud o buen trato --que de entrambas cosas
carecen--,
sino temiendo perder de un golpe
las correspondencias de Macao y de Manila.
Esto supuesto, que es lo que en el hecho pasa,
y supuesto también que ni del embajador
que de estas islas se despacha cada año,
ni del presente que se envía,
se hace de los japoneses el caso y estimación
que se debiera,
no sé qué causas pudieron mover
a los autores de dicha contratación de la Nueva
España
para darla principio en tal sazón.
Ni aquí quiero referir --cosa que les advertí muy
a tiempo--
todas las descomodidades que hay
en la disposición de los frutos de entrambos
reinos
para la conservación de su comercio;
porque --(a)demás de que los he enviado a vuestra
majestad--
si el viaje se hizo se habrán echado de ver,
y que tan solamente se puede llevar del Japón
hierro, cobre y plomo,
en lo cual habrá ganancia navegándose
para el Perú desde Acapulco.
Pero esto, ¿quién no ve
que resulta en menosprecio de los reales derechos
que en España se pagan de lo que de allá pasa
a las Indias,
y el daño de los más próximos
y necesitados
vasallos de vuestra majestad, cuales son los de Castilla?
Por lo cual, en esta parte del trato de Japón
con la Nueva España,
como en cosa tan vana y despropositada,
no quiero gastar más tiempo
--ni sobre si se ha elegido en Manila este año
el medio que se debiera tener con los japoneses--,
pues cuando esto llegue a su real Consejo,
caso que no se haya acertado, será sin tiempo.
Pero quiero discurrir en parte de la cosa para adelante.
Sobre el no ser conveniente a
Manila el trato de Japón.
En cuanto a no ser conveniente a Manila el trato de
Japón,
si no creemos a la razón y a la experiencia,
a lo que vemos y a lo que palpamos
y --lo que es peor-- a lo que padecemos
en el precio de la seda cruda y en otros paños,
creamos a lo que la misma Manila dice,
de cuyos vecinos, si allá llega otra voz
que abominar el trato del Japón,
o dicen en público uno y escriben de secreto
otro,
o se escribe de ellos lo que no les pasa por el pensamiento,
haciéndoles dueños de lo que no son ni
les dejan que lo sean.
Así que ni yo ni ellos hallamos
otra conveniencia --sino daño-- muy conocido.
Y si hay quien la escriba, este tal
--que quizá la busca para sí
y sus cosas y particulares intentos--
débela de hallar. Y déjolo aquí.
Pero porque --como digo-- de esto he tratado largo,
y de cuán vano sea prometerse nadie
que el Japón dará parte de la plata que
--con nuevos beneficios de españoles--
se aumentare en sus minas,
y que dejará poblar en su reino gente que pueda
hacerle daño,
ya se intentase con fuerza ya con maña,
o que de la dicha nueva contratación
se puedan tener esperanzas que importen algo
al servicio de vuestra majestad,
lo excusaré
reduciendo las cosas de Filipinas, Macao y Japón
a la proposición siguiente:
De lo que el Japón carece
y lo que principalmente se desea
y tiene gasto en aquel reino
es de sedas y otros frutos de la China.
Los cuales se pueden llevar
--hasta en la cantidad que sea necesaria
y tenga salida con alguna ganancia--
o por Macao solamente como los años atrás
se hacía,
o solamente por Filipinas, caso que de Macao no fuesen.
Pero si se llevan por entrambas partes,
además de que serán las ganancias
muy tenues,
dase ocasión al Japón
--respecto de ser naturalmente tirano, violento y cruel--
para que desestime y haga demasías
a los que de entrambas repúblicas fuesen
a su reino.
La verdad de esta proposición es tan manifiesta,
que no hay necesidad de probarla.
Y, así, a mi juicio, debe vuestra majestad
hacer elección
de cual de estas dos repúblicas haya de contratar
con Japón
y prohibirlo a la otra.
Porque verdaderamente los unos a los otros,
si fueren ambos se harían notables daños,
los cuales resultarán en comodidades del Japón.
Y si la dicha contratación ha sido y es
provechosa a los de Macao
y --por ventura par su conservación-- forzosa,
y ha sido y es dañosa a los de Manila,
o por lo menos no necesaria,
y si se pueden conservar y medrar sin ella
--como antes lo hacían y ahora lo desean--,
el real Consejo lo determinará.
Pero débese advertir que la causa
porque para los de Macao
hay ganancia en la dicha contratación
y para los de Manila no,
es porque en Macao se compra la seda
más barata que en Manila,
y los de Manila permiten que los japoneses
compren en Filipinas de los chinos
al tiempo que ellos mismos compran.
Y, así, le encarecen el género en el
empleo
y se les abarata en la venta del Japón.
Lo cual no se les consiente en Macao,
quiero decir, el dejar comprar allí a japoneses.
Y el daño que los de Manila hacen a los de
Macao
en la venta de la seda del Japón
--en respecto del que reciben de la que los japoneses
llevan de Filipinas-- es poco,
y poquísimo el de quitarse los unos a los otros
las ganancias y comodidades,
en comparación de ser --como ha sido-- causa,
y lo será,
el tratar las dichas dos naciones en el Japón:
de que --o ya la una o ya la otra, o ya entrambas juntas--
padezcan agravios y demasías
en gran perjuicio, afrenta y oprobio suyo
y --por ventura, acerca de estos bárbaros--
del respeto que a vuestra majestad se debe tener.
Y es esto de manera que certifico a vuestra majestad
--así Dios me salve-- que según lo que
entendí
de las cosas del Japón,
estoy persuadido a que la principal causa
para que se atreviesen a quemar al galeón de
Macao
y quebrar con los portugueses,
fue por tener ya entablado el trato con Manila
y parecerles que con él se podrían pasar.
Y, así, es forcible (sic) prohibirle a los
unos y a los otros,
y conveniente entender que un solo castellano en Japón
dañará las cosas de portugueses en aquel
reino,
y por el contrario, etcétera.
Argumentos contrarios al cierre
del trato entre Filipinas y Japón.
Pero porque se debe mirar por todo
y sería posible que por algunos religiosos y
otras personas
se advirtiese en que no es conveniente
cerrar de todo punto el trato entre Filipinas y Japón
por las cuatro causas siguientes:
1ª.- Que nos traen de allá harina, clavazón,
cobre, salitre y otras municiones.
2ª.- Que hallamos allí guardia donde
arriben
las naos que van a la Nueva España en caso
de tormenta.
3ª.- El aumento de nuestra sagrada religión
por los padres que entran en Japón por Filipinas.
4ª.- Temer no vengan a inquietar estas islas
o que dando puerto y conservando contratación
con holandeses --como lo han empezado--,
tengan allí aparejo y disposición para
hacernos daño.
Cevicos rebate esos argumentos.
1ª, 2ª. Y dejando de dar salida a las dos
primeras
--porque, como en otro lugar he probado y todos confiesan,
sin la una podemos pasar cómodamente
proveyéndonos de China,
y de valernos de la otra se nos han seguido
pérdidas muy notables, y se seguirán,
por la mayor parte,
todas las veces que arribare nao a Japón--
tocaré algo de las otras dos.
3ª. En cuanto al aumento de la religión
de Japón
por religiosos que allá pasan de estas islas,
si bien en un largo discurso --al cual me remito--
he tratado cuán inadvertidamente se procede
en negocios que tanto tiento, tan gran recato
y tan gran prudencia pide,
me pareció afirmar aquí una cosa
que sabe la majestad de Dios cuán al alma me
llega
ser tan verdadera.
Porque, ¿quién, señor, no se
lastimará,
o a quién no se le partirá el corazón
casi de ver,
como yo vi, la poca amistad y las malas ausencias
que hay entre muchos de los religiosos
que han entrado en Japón por Macao
y los que han pasado por estas islas?
Que si bien en esto no llegan a poner mácula
de momento
en tan virtuosa, penitente y ejemplar vida
como todos observan,
todavía se descubre un desagrado, una desestimación
y un aborrecimiento interior
que no sé por qué podamos prometernos
de ello
fruto que bueno sea.
Y porque no pretendo agraviar a nadie,
sino antes quedar corto en materia tan peligrosa,
lo dejaré, con decir
que si bien en todos ellos hay un celo loable,
a mi juicio, según la disposición de
las cosas del Japón,
aún cuando se llevaran nuestros religiosos
muy amigablemente,
los primeros bastan y los segundos sobran.
Y por ventura no lo erraría yo mucho si dijese
que se debe hacer de la conversión lo que de
la contratación,
o sea de portugueses solos o sea sola de castellanos.
Y a todos se les debe mandar que no se hagan tan inteligentes
ni tan dueños de los negocios de sus repúblicas,
como lo publican y se hacen,
porque en ello destruyen, aunque piensan lo contrario,
su mismo intento de aumentar la conversión.
4ª. Y acerca de temer que de cerrar a los japoneses
de todo punto el trato de Manila
podría resultar venir a inquietarnos
y no querer echar de su reino a los holandeses,
lo que no se debe aventurar a trueco
del aumento y comodidad de Macao,
advierto que --como atrás queda tocado--
son los japoneses gente inútil
y de poca fuerza y disciplina militar
para en la mar y tierra fuera de la suya,
y tienen enemigos interiores que les necesitan a guardar
su casa.
Y, así, parece que debemos recelar poco semejante
accidente.
Pero dado --si es posible-- que haya en ellos
disposición y ánimo para emprenderlo,
en tal caso, pues, hemos de confesar
que nos juzgan por sus inferiores.
Y que si hoy nos tienen en esta opinión,
cuanto más nos conocieren o trataren
y cuanto menos nos diéremos por sentidos de
sus demasías
--siendo como es gente presuntuosa y arrogante
y de tan mal trato y correspondencia
como la experiencia nos ha mostrado--,
se harán peores y se volverán de todo
punto insufribles.
Y, así, si en este caso hay ahora riesgo,
mayor mucho le habrá cada día,
y por donde intentásemos disminuirle le acrecentaríamos.
Y la misma razón corre en cuanto al remedio
para que echen de Japón los holandeses,
lo cual --a mi entender-- se conseguirá mejor
necesitándoles que rogándoles.
Juan Cevicos se presenta como
castellano.
Y antes de concluir este discurso,
digo --para que no se me tome por sospechoso,
valga lo que valiere--
que soy castellano nacido en Cantalapiedra,
criado en Sevilla, amigo de tratar verdad.
Y que para el particular de mis cosas,
que se haga lo uno o lo otro no me importa
lo que ha costado este papel en que le escribo.
De Manila, junio 20 de 1610, Juan Cevicos.
FIN
(Versiones, E.Sola). |