|
RELACIÓN que hace
don Rodrigo de Vivero y Velasco,
que se halló en diferentes cuadernos y papeles
sueltos,
de lo que le sucedió
volviendo de gobernador y capitán general de las
Filipinas,
y arribada que tuvo en el Japón..."
"El año de 1609, a 30 de septiembre
--día del glorioso San Jerónimo--
se perdió la nao San Francisco,
en que yo salí de las Filipinas,
habiendo servido allí a su majestad
en el gobierno de ellas.
NAUFRAGIO DE RODRIGO DE VIVERO
EN JAPÓN.
Y aunque las tormentas y naufragios
que hasta este punto se padecieron eran copiosas
para hacer una larga relación
--y no sé si en 65 días que duró la
navegación
hasta que llegó esta dicha hora
se han pasado en el mar del Norte o del Sur
mayores desventuras--,
el fin de ellas y principio de otras fue
hacerse pedazos la nao en unos arrecifes
en la cabeza del Japón,
en 35 grados y medio de altura
--con yerro de tan gran perjuicio en todas las cartas
de marear,
que pintaban esta cabeza del Japón en 33 grados
y medio.
En suma, por esta razón --y por la original y
verdadera
que fue cumplirse la voluntad de Dios--,
se perdió este galeón, con dos millones
de haciendas.
Y desde las diez de la noche que varó en tierra,
hasta otro día después de amanecido media
hora,
todos los que escapamos
estuvimos colgados de las jarcias y cuerdas,
porque la nao se fue partiendo en pedazos.
Y el más animoso esperaba por credos su fin,
como se les iba llegando a 50 personas que se ahogaron
sacadas de los golpes y las olas de la mar de entre los
demás
que nos libramos con tan(ta) misericordia de Dios,
saliendo unos en maderos, otros en tablas.
Y los que se quedaron últimamente, en un pedazo
de la popa,
que fue el más fuerte y que más se conservó hasta
llegar a tierra.
Estando en ella --y juzgándose por más
rico alguno,
digo entre muchos, que sacó camisa--,
no sabiendo nadie si era isla despoblada o en qué paraje
caía
--porque los pilotos decían que según la
altura
no podía ser del Japón--,
mandé a dos marineros que subiesen arriba
y descubriesen algo de la tierra.
Y al poco rato volvieron pidiéndome albricias
de que había sembrados de arroz.
Pero caso de que esto aseguraba las comidas,
no las vidas de los que allí íbamos
--sin armas ni defensa humana--
si por desgracia la gente de la isla no fuera la que
fue,
que --dentro de un cuarto de hora--
aparecieron japones (sic, japoneses en adelante).
Nueva de sumo gusto y alegría universal, particularmente
para mi.
Porque, siendo Gobernador de las Filipinas
y hallando que la Real Audiencia
--que antes de mi llegada gobernaba--
tenía presos 200 japoneses
con causa que dcbió justificarse cuando los prendieron
--pero a la sazón tenían razones favorables
de parte de ellos--,
con que me determiné no sólo a sacarles
de la cárcel,
pero a darles embarcación y pasaje seguros a su
tierra
--de que el Emperador se me había mostrado notablemente
agradecido--,
hice seguro juicio de que no olvidaría esto.
Y siempre tuve las esforzadas esperanzas de su gratitud,
que después vi cumplidas.
"Llegaron cinco o seis japoneses de los que digo
a nosotros
lastimándose mucho por palabras y demostraciones
de vernos así.
Y --mediante un japon(és) cristiano que se perdió conmigo--,
yo les pregunté que dónde estábamos.
Y ellos en breves razones respondieron que en el Japón.
Y en un pueblo suyo llamado Yubanda,
que caía legua y media de allí.
Para donde nos partimos con un aire delgado y frío
--porque el de aquellas islas es riguroso en invierno,
cuyo principio comenzaba ya.
Y con la poca ropa que llevamos, llegamos al pueblo,
una aldea de las postreras de aquella isla.
Y pienso que la más sola y pobre de todo el reino,
porque no tenía más de 300 vecinos,
vasallos del señor --y fino de bondad (¿sic,
comprobar)--,
que aunque en renta no de los más prósperos
de allá,
señor de muchos vasallos y lugares
y de una fortaleza inexpugnable de que trataré más
adelante.
Habiendo llegado a este lugarejo,
el intérprete de su nación que conmigo
iba
les dijo que yo era el Gobernador de Luzón
--que así llaman las Filipinas--,
y contó nuestro discurso desgraciado.
De que ellos se enternecían y las mujeres lloraban,
que son por extremo compasivas.
Y, así, nació de ellas el pedir a sus maridos
que nos prestasen algunas ropas --que llaman kimones--,
forradas en algodón, como lo hicieron liberalmente
--y a mi me las dieron dadas--,
sin recatarnos el sustento de que ellos gozan,
que es arroz y algunas legumbres de rábanos y
berenjenas
y --aunque raras veces-- pescado,
que en aquella costa se pesca dificultosamente.
CONTACTOS DE LOS NAÚFRAGOS
CON EL TONO LOCAL.
Luego dieron noticia al Tono y señor de su pueblo
--que vivía (a) seis leguas de allí--,
y éste mandó que a mi me regalasen pero
no me dejasen salir
ni a ninguno de los que conmigo venían.
Y aunque se entendió que antes de comunicárselo
hicieron una junta
y de ella salió determinado que nos pasasen a
todos a cuchillo
--de que me dio cuenta el huésped de mi posada--,
Dios, que nos había librado de mayores tempestades,
aplacó también aquella.
"Y dentro de tres o cuatro días
vino con grandísima autoridad a visitarme
este Tono y señor de la tierra,
trayendo delante de si más de 300 hombres con
insignias diferentes,
como las del Dayre y señor del Japón,
a cada uno de estos hombres según su calidad y
estado.
Los más de estos hombres que le acompañaban
venían con lanzas y arcabuces, y unas que llaman
nanguinatas,
que parecen algo a las alabardas que acá veíamos,
aunque son de acero y más fuertes y mejores.
Enviome a decir antes de entrar en el lugar
--con un criado suyo
que entró acompañado de más de 300
personas--
que venía a verme.
Y habiéndole yo respondido el gusto que con
su visita recibía,
salió a dar la respuesta a su amo.
Y a poco rato vino otro
con mayor acompañamiento y más autoridad
que el primero,
y éste entró a verme.
Y el recado que me dio fue
que el Tono, su señor, me besaba las manos,
y que ya estaba en el lugar,
y que mientras se iba acercando
mayor contento tenía de haberme de ver.
Y a mi me pareció que para cumplir con el uso
de la tierra
estaba obligado a enviar un criado a visitarle,
el cual encontró cerca de mi posada.
Y habiéndole referido muy amigable y amorosamente,
le respondió como pudiera el mayor cortesano de
Madrid.
Apeose de un caballo muy lindo que llevaba
y allí llamó otro criado,
y éste entró
--con mayor autoridad que ninguno de los demás--
a decirme que venía.
Salí a recibirle.
Y, en viéndome, se paró
e hizo una cortesía con la mano y con la cabeza,
que es semejante a una reverencia de las que por acá se
acostumbran.
Porfió gran rato conmigo
sobre quién habría de ir en mejor lugar;
que así como entre los españoles lo es
la mano derecha,
en el Japón no, sino la izquierda
porque dicen que aquel es el lado de la espada
y que a quien se fiaba (había) de ser muy grande
amigo.
Al fin, me puso por fuerza en el mejor lugar.
Y al entrar de las puertas siempre me le dio,
que también tienen por mayor comedimiento quedarse
a la postre
porque dicen que si no es de un grande amigo
no se puede nadie fiar a rostro vuelto.
Llegando a sentarnos, hizo lo mismo, mejorándome
en asiento
y comenzó a darme el pésame de mi pérdida
con tan discretas razones y tan buenos conceptos
que no me puso en poco cuidado de responderle.
"Trájome de presente cuatro ropas
--que, como he dicho, se llaman kimones,
forrados en algodón de damascos y telas diferentes
guarnecidas de oro y de seda--
muy curiosas y galanas según su modo y traje.
También me dio una espada, que llaman catana,
y una vaca y algunas gallinas
y frutas de las de su tierra, que son extremadas,
y vino de arroz, que después del que se hace de
uvas
no sé que haya otro que se le llegue.
Y aunque este presente no fue pequeño ni poco
socorrido,
a la sazón que llegó hizo una grandeza
digna de contarse,
que mandó que hasta que el Emperador diese orden
en lo que se había de hacer de mi
y de 300 hombres que allí estaban,
nos diesen de comer a todos a su costa,
como lo hicieron 37 días que duró el estar
en su pueblo.
EMBAJADA DE VIVERO AL SHOGÚN
Y A IEYASU.
"Y diome licencia para enviar dos personas
al Príncipe y al Emperador
con la nueva de mi suceso.
Como lo hice despachando al alférez Antón
Pequeño
y al capitán Sevicos (sic, Cevicós) con
cartas dándoles cuenta de ello.
Y aunque la Corte del Príncipe estaba 40 leguas
de allí,
en la ciudad de Yendo (sic, en adelante Yedo)
--y de ella a la de Zurunga (sic, en adelante Suruga),
donde reside el Emperador su padre, hay otras 40--,
y materia tan nueva no podría dejar de engendrar
dificultades con los gobernadores de el Japón,
(los) ministros de los reyes (fueron) tan fáciles
en los despachos
que dentro de 20 días volvieron mis mensajeros,
y con ellos un criado del Príncipe en cuyo gobierno
aquello caía.
Y aunque él no se atrevió a disponer de
nada
sin comunicarlo a su padre (Ieyasu),
las chapas que me enviaron --que son como provisiones
reales--
hacían relación de haberse dado cuenta
al Emperador
y venir también por su orden este criado --que,
como digo, llegó--
a decirme de parte de entrambos que les había
pesado de mi pérdida.
Pero que allí me enviaban despachos
para que la ropa que hubiese salido a la plaza de la
nao
se me entregase
y para que yo pasase a la Corte del Príncipe y
del Emperador,
y que en el camino las Justicias y Gobernadores me hospedasen,
diesen avío y regalasen.
Y que la ropa que mandaba entregar de la nao perdida
era --conforme las leyes de su Reino-- del Príncipe;
porque una de ellas decía
que cualquiera nao que se perdiese en el Japón,
de extranjeros o naturales,
lo que saliese a tierra fuese del rey de ella.
Y que él, como de cosa suya,
me hacía merced de dármela para mi avío,
que me entregaba la llave de los almacenes donde estaba,
que yo las recibiese luego y mandase hacer de ello a
mi voluntad.
"Moviose diferencia entre todos
sobre si el Emperador me podía dar esta ropa,
o yo con buena conciencia tomarla.
Y aunque era el tiempo más estrecho de mi vida
y no faltaban opiniones favorables de mi parte,
habiéndolo todo considerado
recibí las llaves y las entregué al Capitán
y maestre de la nao
para que volviese aquellos géneros y mercadurías
a Manila,
o su procedido, y lo entregase a quien de derecho perteneciese.
VIAJE A YEDO.
"Con esto, me partí para la ciudad de Yedo.
Y la primera jornada hice en un lugar de diez o doce
vecinos
llamado Hondaque. Y habiéndome apeado en una posada,
me envió el Tono a pedir
la respuesta de que no parase en su casa (sic),
y que luego venía por mi,
con lo cual me hallé obligado a ir a ella,
que estaba en un alto superior a todo el lugar.
Y entrando por la primera puerta
había un foso de más de 50 estados de hondo,
con una puente levadiza que en alzándose
parecía cosa imposible --o a lo menos muy dificultoso--
poder ganar la puerta de la fortaleza.
Y dado que en este sitio por naturaleza --o a lo menos
con muy poco artificio-- era tan inexpugnable,
no me admiró menos lo que vi de allí adelante,
así en la fortaleza de las puertas, todas de hierro
y muy grandes,
como en una muralla que delante el foso había
hecho
de un terraplén de más de seis varas de
alto y otras tantas de ancho.
A esta puerta había cosa de cien arcabuceros
con las armas en las manos y con tan gran recato
como si el enemigo estuviera cabe ellos.
Y cosa de cien pasos más adelante
otra puerta fuerte con otra muralla más pequeña,
hecha de piedras grandes de cantería.
Y entre la puerta primera y la segunda había casas,
huertas y jardines --y aún sembrados de arroz--,
con que --aunque cercaran la fortaleza--
se pudiera sustentar algunos meses.
En esta puerta segunda debía de haber 30 persona
con lanzas.
Y el Capitán de ellos, con muy gran cortesía,
subió conmigo otros 40 o 50 pasos
hasta donde comenzaba el palacio y casa del Tono.
El cual me estaba esperando con 15 o 20 criados suyos
a primera puerta,
y habiéndome hablado y dicho que fuese bienvenido
a su casa,
se adelantó y pasó cinco o seis salas y
piezas más adelante,
dejando algunos criados que me fueron guiando.
"Estos aposentos eran todos de madera
porque en los que duermen y habitan de ordinario
los grandes señores en el Japón,
temiendo los temblores no los hacen de piedra.
Pero lábranse con tan gran primor
y tienen tan diversos matices de oro, plata y colores
--no sólo en el techo, pero desde el suelo hasta
arriba--
que siempre haya la vista en qué ocuparse.
"Llegué a una pieza donde el Tono estaba.
Y después de habernos sentado y parlado un rato,
me mostró su armería
que parecía más de rey que de caballero
particular.
Luego se hizo hora de comer,
y él se levantó y me trajo el primer plato,
costumbre muy recebida (sic) en el Japón
y en que muestran el amor que tienen a sus huéspedes.
Hubo de carne, pescado y frutas abundancia de todos (los)
regalos.
Y habiendo alzádose la mesa y descansado un rato,
yo me despedí para ir a dormir (a) dos leguas
de allí,
y él me dio un caballo en que fuese, de paso muy
regulado.
"Y desde este día hasta que después
--volviendo
a la Corte del Príncipe, más de seis meses
adelante--
le vi en ella (la Corte),
siempre me escribió y continuó el trato
de amistad
con que había comenzado.
"Capítulo 2" (sic, sin uno y sin tercero)
"En 30 leguas --pocas más o menos-- que
caminé
hasta la ciudad de Yedo
--que, como he dicho, es la Corte del Príncipe--,
no hallé cosa notable que poder escribir.
Que aunque los lugares eran mayores
y la multitud de la gente --de manera
que nos ponía admiración, como después
se vio tanto más--,
de esto puédese bien pasar entre renglones.
En todas partes me agasajaron y regalaron
con el amor que pudieran al más estimado de su
rey y reino.
Y el día que hube de entrar en la Corte y famosa
ciudad de Yedo
salieron muchos caballeros a pedirme que fuese su huésped.
Y no pude hacer esta elección
porque por orden del Príncipe me tenían
posada.
"A la cual llegué a las 5 de la tarde,
tan acompañado de la gente que salía a
recibirme
y de la ciudad --con que la novedad de los forasteros
y personas y trajes que otra vez no habían visto
iba infinita--,
de suerte que fue menester detenerlos
y hacer fuerza en las calles --con ser bien anchas--
para pasar adelante.
Y corrió la voz de manera --de los recién
llegados--
que en ocho días que la primera vez estuve en
esta ciudad
no me dejaban sosegar un momento.
Y aunque las visitas de la gente principal no las excusé,
para que los plebeyos y la gente común me dejase
comer y descansar un rato,
hube de valerme del Secretario del Príncipe.
El cual me puso guarda en la puerta
y un bando fijado en ella
para que ninguno entrase sin mi licencia.
DESCRIPCIÓN DE LA CIUDAD
DE YEDO (Tokio).
"Y aunque es así que la ciudad de Yedo
no tiene tanta gente como otras del Japón,
es singular en calidades que la hacen famosa.
Las cuales referiré en las partes que me acuerde.
Tiene esta ciudad ciento y cincuenta mil vecinos.
Y aunque bate la mar en las casas de ella,
entra un río caudaloso por medio del lugar,
y en él barcas de razonable porte,
que las naos no pueden por no ser tanta la hondura.
Por este río --que se divierte y desangra por
muchas calles--
viene la mayor parte del bastimento,
con tanta comodidad y a precios tan baratos
que come un hombre razonablemente con medio real cada
día.
Y aunque los japoneses no gasta pan
sino por género extraordinario, como fruta,
no es encarecimiento decir que el que se hace en aquel
pueblo
es el mejor del mundo.
Y porque le compran pocos, vale casi de balde.
Las calles y sitios de esta ciudad tienen tanto que
ver
cuanto hay que considerar en su gobierno,
porque pueden competir con el de los romanos.
Pocas calles hay una mejor que otra,
sino todas en igualdad y proporción
anchas, largas y derechas
mucho más que las de nuestra España.
Las casas son de madera y de dos altos algunas, aunque
no todas.
Y dado que parecen mejor las nuestras por de fuera,
el primor de aquellas por de dentro
les hace grandísima ventaja.
Y la limpieza de las calles
es de manera que dirán que no las pisa nadie.
Tienen todas portales y están distintamente separadas
conforme a los oficios y personas;
en una calle carpinteros, sin que se mezcle otro oficio
ni persona,
en otra zapateros, herreros, sastres, mercaderes;
y, en suma, por calles y barrios todos los oficios
de géneros diferentes que se pueden comprehender
y muchos que en Europa no se usan ni acostumbran.
Y así mismo corren los mercaderes,
porque los de plata tienen barrios solos,
los de oro también,
los de seda y otros géneros con la misma orden,
sin que se vea un oficio encontrado en la calle de otro.
Hay sitio particular y calles para caza,
así de perdices como de ansares, cabancos, grullas,
gallinas
y todo género de volatería en abundancia.
En otra calle se pone la caza de conejos, liebres, jabalíes
y venados,
de que también hay incomprehensible número.
Otro barrio hay que llaman la pescadería
--que por su curiosidad me llevaron a que la viese--,
porque se venden en él todos los géneros
de pescados
de la mar y de los ríos que pueden desearse,
secos y salados y frescos,
y en unas tinas muy grandes llenas de agua mucho pescado
vivo,
de manera que a la medida del gusto le haya quien le
quiere comprar.
Y como son tantos los vendedores,
salen al camino y hace barata
conforme al tiempo y a la necesidad en que se ven.
El barrio de la verdura y de la fruta está también
de por si
y no es menos de ver que todo (lo) que he dicho.
Porque además de la abundancia y diversidad,
la limpieza con que está puesto causa apetito
a los compradores.
Hay también calle y calles de solos mesones
sin que se atraviese otra cosa en medio.
Hay calles donde se alquilan y venden caballos;
y es tal la copia de ellos que cuando llega el caminante
--que es la costumbre mudar caballo cada dos leguas--,
son tantos los que le salen a convidar
y a mostrar el buen paso de su caballo
que apenas saben cómo escoger.
El barrio y calle de las malas mujeres
siempre lo tienen en los arrabales del lugar.
Los caballeros y señores están en calles
y barrios
que hacen divisón de los demás del pueblo,
y con éstos no se mezcla hombre común
ni persona que no sea de su calidad.
Y conócese bien esto en que sólos ellos
tienen las armas
pintadas y doradas en lo alto de las puertas de sus casas.
Y en esto gastan tanto que hay portada que cuesta
más de veinte mil ducados.
EL GOBIERNO POLÍTICO DE
LA CIUDAD DE YEDO.
"En lo que es el gobierno político de la
ciudad,
hay un Gobernador superior a todos los demás Jueces.
Pero cada calle tiene dos puertas,
una a la entrada y otra a la salida de ella,
y el hombre más a propósito y más
honrado de los de esta calle
es Alcalde y Juez de ella,
y corren por su cuenta todos los pleitos civiles y criminales
para castigarlos y dar razón al Gobernador superior
de los casos graves y en que se ofrezca dificultad,
siendo la primera ley
que en ellos no han de poder recibir ruego ni intercesión
así los inferiores como los superiores,
porque no les impida el hacer justicia.
Estas calles se cierran cada una en anocheciendo,
y hay siempre soldados de posta de día y de noche,
de manera que si se comete un delito
pasa la voz y la palabra
y en un instante muy breve quedan las puertas cerradas
y el delincuente dentro para castigarle.
"Y aunque voy hablando de la ciudad de Yedo
y Corte del Príncipe,
así en el gobierno político como lo demás
lo mismo que en esta ciudad corre y se usa y está asentado
en todas las del reino.
Y como la mayor parte de ellas cae sobre la mar,
goza igualmente del regalo del pescado,
que carne no comen sino la que matan andando a caza,
porque es contra su ley.
"En esta ciudad de Yedo ha permitido el Príncipe
públicamente el monasterio de San Francisco,
de frailes descalzos, y esta permisión es sola
en el reino
porque no hay otra iglesia descubierta
sino con título de casa de vecinos.
VISITA AL PALACIO DEL PRÍNCIPE --O DEL SHOGÚN.
"Dos días después de haber llegado
--y habiéndome en ellos enviado a visitar el Príncipe
con su General de la Mar dos veces--,
se me avisó por parte de Consecundono, su Secretario,
que podía ir a besarle las manos.
Como lo hice, una tarde a las cuatro.
"No sería poco acertar a decir lo que vi
de grandeza,
así en lo material de esta casa real y edificios
como en los muchos caballeros y soldados
con que aquel día estaba poblado el palacio.
Pues sin duda ninguna, desde la primera puerta
hasta el aposento del Príncipe,
había más de veinte mil personas,
no advenedizos sino criados que llevan gajes
y sirven en palacio de diferentes ministerios.
El muro principal y primero
es de unas piedras de cantería grandísimas
cuadradas,
sin cal ni otra mezcla, (nada) más que asentadas
en la muralla.
Y ésta es altísima y con sus troneras para
disparar la artillería,
que tienen alguna, aunque poca.
Debajo de esta muralla hay un foso que le bate el río
y una puente levadiza de las de mayor artificio que jamás
he visto.
Las puertas son fuertes; y habiéndomelas abierto,
se mostraron dos hileras de arcabuceros y mosqueteros,
que a mi parecer habría más de mil hombres.
Y --si no me engañó-- me lo dijo así el
Capitán de ellos,
que pasó hasta la segunda puerta;
donde vi otro género de muralla hecho como terrapleno.
Y la distancia de una puerta a otra eran 300 pasos.
Aquí estaba una compañía de picas
y lanzas de 400 hombres.
Lleváronme a la tercera puerta
que tiene otro muro de piedra de cuatro varas de alto,
y en éste hay a trechos unos revellines
para la arcabucería y mosquetería.
Y otra compañía de Uanguinatas --que son
como alabardas--,
en número de 300 soldados,
que esos y esotros tienen sus casas
en las distancias que hay entre las tres puertas,
con muy lindos jardines y ventanas que miran a la ciudad.
Desde la tercera puerta
se comienza luego a entrar en la Casa Real.
Y a un lado están las caballerizas,
poblados de más de 200 caballos;
que si como los tienen bien tratados y gordos
hubiera quien los doctrinara como en España,
no les faltaba nada.
Estaban atados con dos pares de cadenas cada uno,
las ancas vueltas a las paredes y los rostros
por la parte que se entraba en la caballeriza,
porque no hubiese peligro de darles algunas coces.
Al otro lado está la armería del Príncipe,
rica de coseletes dorados de los que ellos usan,
picas, lanzas, arcabuces, catanas,
y con armas bastantes de armar cien mil hombres.
Adelante se sigue la primera sala de palacio,
donde ni se veía el suelo, ni las paredes ni el
techo.
Porque en el suelo tienen unos que llaman tatames,
a manera de esteras aunque mucho más lindas,
guarnecidas por los cantos de telas de oro
y rasos labrados y terciopelos con muchas flores de oro;
y como son cuadrados, de la hechura de un bufete
y se ajustan tan bien, hacen extremada labor.
Las paredes, que todas se labran de madera y tablas;
y tan matizadas de pinturas de oro, plata y colores
--de cosas de montería diversamente,
y el techo de la misma suerte--,
de manera que no se echa de ver lo blanco de la madera.
Y aunque nos pareció a los forasteros
que no se podía desear más de lo que en
esta primera sala se vio,
la segunda pieza (fue) mejor y la tercera más
aventajada,
y siempre, más adentro, era mayor la curiosidad
y riqueza.
"En todos estos aposentos salieron a recibirme
muchos caballeros y señores;
que, según lo que entendí, tienen limitada
licencia
para no pasar de sus puestos y lugares
porque donde unos me dejaban me recibían otros.
El Príncipe me esperó en una sala grande
que en medio de ella había tres escalones;
y seis u ocho pasos más adelante estaba sentado
en el suelo
sobre este género de esteras que he dicho,
y con un puño cuadrado --como alfombra de terciopelo
carmesí--
guarnecido de oro,
y el vestido de verde y amarillo
con dos ropas de las que llaman kimones,
y ceñida encima su espada y daga, que dicen catanas.
En la cabeza no tenía más que unas cintas
de color
y trenzado el cabello con ellas.
Es un hombre de 35 años, moreno, pero de buen
rostro y estatura.
"Mandaron sus Secretarios quedar a los que iban
conmigo.
Y, así, entraron ellos dos solos hasta ponerme
en un asiento
que --aunque también era en el suelo como el del
Príncipe--
estaba cerca de él cosa de cuatro pasos y a su
lado izquierdo.
Mandome luego cubrir y, sonriéndose, dijo a los
Intérpretes
que tanto cuanto se había holgado de verme
y conocerme
le daba pena parecerle que debía estar melancólico
por mi pérdida,
y que los hombres tan principales no se debían
entristecer
de los sucesos torcidos que no se causaron por su culpa.
Que me alentase, que en su reino estaba,
donde en todo lo que se me ofreciese me había
de hacer merced.
Yo le rendí las gracias por ésta
y le respondí lo mejor que supe.
Y en algunas preguntas de la navegación y de la
nao
me detuvo larga media hora.
Y, últimamente, le pedí licencia para pasar
(al) otro día
a la Corte del Emperador su padre.
Díjome que (al) otro no, pero que me la daba
para salir de allí a cuatro (días), porque
le quería avisar primero.
Y que mandaría en los caminos que me hospedasen
y regalasen como mi persona lo merecía.
Con esto, me despedí y volví a mi posada
ya tarde.
VIAJE A LA CORTE DE IEYASU EN SURUGA.
Y de allí a cuatro días salí para
la Corte de Surunga (sic, por Suruga),
(a) 40 leguas de la de Yedo.
Y aunque no me faltara qué poder contar de las
ciudades
que vi en el camino y de su grandeza y curiosidad,
por no gastar tiempo lo excuso, con sólo advertir
que el lugar que tiene veinte mil vecinos llaman allá aldea.
Y en todos los caminos que hay desde la una Corte a la
otra
--y aún de Suruga a la ciudad de Meaco--
no se hallará un cuarto de legua despoblado,
con ser más de ciento la distancia.
Y siempre que el caminante levanta la cabeza
verá ir y venir gente,
y muy ordinario tanta como la que acá se halla
en nuestros lugares.
Y por un de un lado y otro del camino
está una alameda hecha de pinos,
tan sombría y agradable que pocas veces
puede ofender el sol a los caminantes.
Y porque no haya necesidad de preguntar por las leguas,
las tienen medidas, y donde se acaba una legua
ponen por señal un cerrillo con dos árboles.
Y si el término de una legua se acaba en medio
de una calle,
allí derriban las casas y ponen la señal,
sin alargarla ni acortarla por ningún favor humano.
"Al fin, yo llegué a Suruga, habiendo caminado
cinco días.
Y con la prevención del Príncipe,
fui tan bien hospedado y recibido en todas partes
que --a no faltar Dios entre aquellos bárbaros
y ser vasallo de mi Rey-- negara mi patria por la suya.
Lo que me pasó en Suruga diré brevemente.
"La ciudad de Suruga será de ciento veinte
mil vecinos,
y aunque no de tan buenas calles y casas como la de Yedo,
el temple se tiene por mejor.
Y, así, la escogió el Emperador Taicosama
para su habitación.
Saliome a recibir un criado suyo a las puertas del lugar
y a mostrarme la posada donde me había de apear.
A la cual llegué con la misma tempestad
que me había corrido en otras partes,
porque el tumulto de la gente se conmovía
a la novedad de los extranjeros.
Y era tanta la que nos seguía
que con mucha dificultad pasábamos por las calles.
"Otro (día) después de haber llegado
me envió el Emperador a visitar con uno de sus
Secretarios
y doce ropas y vestidos de los que él traía,
con muchas flores de oro y seda y de colores diversos.
Y díjome el Secretario que el Emperador
se había alegrado mucho de mi llegada a su
Corte,
que le hiciese saber cómo venía
y que descansase y me vistiese aquellas ropas y vestidos;
que le había parecido que saliendo de la mar desnudo,
el mayor regalo que me podía hacer
era enviarme con qué me vistiese.
Detúvose un rato preguntando
algunas cosas de España y del Rey nuestro señor.
"Y los demás días que allí estuve,
siempre de su parte
y de la del Emperador, me traían
algún regalo de fruta y conserva;
y algunas peras, tan grandes como dos de las mayores
de España.
"Habiéndome estado seis días en
la Corte,
me dijo el Secretario que cuándo quería
ver al Emperador.
Respondile que aquello no pendía de mi voluntad
sino de la de su alteza.
Con lo que se fue, y me avisó que (al) otro
día,
a las dos,
enviaría algunos caballeros de palacio que me
llevasen.
EN EL PALACIO DE IEYASU EN SURUGA.
"A esta hora salí y llegué a las
primeras puertas de la casa real,
que no tiene tanto que ver como la del Príncipe
su hijo,
ni la casa es tan linda; aunque si no hubiera visto la
otra
me lo pudiera parecer.
Y en algunas cosas se trata el Príncipe con mayor
autoridad,
bien es verdad que en las guardas de las puertas
y en los fosos y murallas poco difieren los dos palacios.
Y como el Emperador es más viejo
y puede temer en su muerte
lo que en los demás de sus predecesores
--que como no se heredan estos reinos
sino que por tiranía y fuerza de armas se alcanzan,
ha habido algunas muertes de reyes accidentales--,
a cuya causa el Emperador vive recatado
y con más fuerza de armas y gente que el Príncipe.
También hay tres puertas fuertes como en Yedo
y con los soldados en ellas que allá, aunque en
mayor número.
Pasadas éstas, comencé a entrar por los
aposentos de palacio,
y noté con particularidad que los trajes e insignias
de los que me recibían en una sala eran diferentes
de los que me pasaban a otra.
Y llegando (a) un aposento antes del en que estaba el
Emperador,
salieron dos Secretarios suyos,
que cerca de las personas reales del Japón
son éstos los oficios de mayor autoridad y estimación
y así se mostró en el gran acompañamiento
que sacaron.
"Porfiose un rato en las cortesías
de quién se había de sentar delante,
y al cabo me vencieron y pusieron en el mejor lugar.
Y el más viejo y preheminente de ellos
hizo una larga oración dándome la enhorabuena
de haber llegado tan cerca de su rey,
con que todos mis trabajos tendrían consuelo y
remedio;
y que ellos, como ministros suyos que despachaban
las mayores importancias del reino,
se hacían cargo de todos mis negocios y pretensiones.
Yo les di las gracias de esto. Y habiéndoles
respondido
volvió a tomar la mano, diciendo
que entre las cosas que le habían tenido suspenso
era que como el Emperador poseía la mayor monarquía
del mundo
--y a esta medida tenía la majestad y autoridad,
y en ceremonias reales no cabía dispensación;
y acontecía llegar a verle un señor, que
allá llaman tono,
de tres millones de renta,
y a más de cien pasos hincar la rodilla en el
suelo
y bajar la cabeza, poniendo delante un rico presente,
y volverse con esto a su tierra sin hablar palabra al
Emperador
ni decírsela a nadie en su real nombre--,
que temía que por mucho que se alargase en regalarme
había de extrañar el trato y condenar a
sequedad la del Emperador
no habiéndola en él, sino muy gran deseo
de halagarme.
"A mi me pareció esta prevención
que obligaba a considerar la respuesta.
Y, así --advirtiendo a los intérpretes
que escuchasen e interpretasen legalmente--,
le dije que había estado atento
a las buenas razones que me habían propuesto,
y que lo que se me ofrecía que responderle
era presentarle segunda vez lo que en otra ocasión
le referí:
que el rey don Felipe, mi señor,
(me) había honrado con servirse de mi en el gobierno
de Filipinas.
Y que volviendo a darle cuenta de lo que a mi cargo estuvo,
sin ser la derrota llegar a Japón ni con muchas
leguas
--como sería posible que nunca llegase otro de
mis sucesores
que no fuese tan desdichado--,
la nao en que venía, con una tormenta recia,
violentada de la fuerza del viento y de las corrientes,
había venido a parar a unos arrecifes y peñas
en la costa del Japón, donde se hizo pedazos.
Y los que escapamos en ella salimos en maderos y tablas,
juzgando que estábamos en alguna isla despoblada,
hallándonos después gozosísimos
de que fuera tierra del Japón,
y donde reinaba un rey tan grande y tan piadoso para
los forasteros.
Pero que aunque en esto se nos había mejorado
la suerte,
estaba claro que hombres desnudos y a quien la fortuna
había echado allí sin dejarles más
que la vida
--y esa a voluntad del Emperador--,
que cualquier gracia que se les hiciese era estimable.
Y que yo --como uno de ellos
y que había estado con nombre de cautivo tantos
días--
no cabía en razón que pusiese demanda y
pleito
a la cortesía que me quisiese hacer
quien en habérmela hecho de la vida me había
honrado tanto.
Pero advirtiese que por dos caminos
me podía recibir y tratar el Emperador;
el uno
como a un caballero particular que en sus reinos se perdió,
y el otro como a criado de mi Rey
y que tan de próximo había representado
su persona.
Que en el primer camino no se me ofrecía qué dificultad,
pues para lo que yo por mi solo merecía
cualquier honra que su alteza me hiciese me sobraba de
ancha.
Pero que determinándose a tratarme
como a criado y ministro de mi Rey,
que todavía tenía que pensar;
porque el rey don Felipe, mi señor,
era conocidamente el más poderoso y mayor rey
del mundo,
pues sus monarquías e imperios se extendían
por toda la India Oriental
y por lo demás del Nuevo Mundo,
sin lo que en Europa poseía
--con que se habían tenido por grandes reyes sus
antecesores--,
y que siendo amigo suyo el Emperador --como profesaba
serlo--,
todo lo que esforzase y llevase adelante esta amistad
y su conservación,
sin interrumpirla por dejar de hacer merced
a los criados y vasallos de mi Rey,
entendía yo que su alteza lo procuraría.
Sin embargo de que por mi parte aseguraba
que de cualquier manera que me tratase
me hallaría muy favorecido y honrado.
"Estas palabras oyó el Secretario
con grandísima atención y gusto, a lo que
pareció.
Acabándolas de decir los Intérpretes,
se suspendió por un momento y dijo
que ya no quería que yo entrase tan presto
al Emperador,
porque le parecía de importancia lo que le había
comunicado.
Y que, así, entraba a tratarlo a su alteza.
Detúvose allá más de media hora,
que pasé viendo algunas lindezas
de las que el Emperador tenía en dos camerines
cerca de donde yo estaba, dignas de tan gran rey.
Salió el Secretario diciéndome que entrase,
que el Emperador me esperaba
para hacerme la mayor merced y honra
que jamás se había hecho a nadie en aquellos
reinos,
y de que les causaría harta novedad a los habitadores
de ellos.
Con esto, entré dos aposentos más adelante.
Y aunque cuando besé al Príncipe las manos
mandaron quedar a todos,
y (no sólo a) los criados
y (sino también a la) gente que conmigo iban de
acá
les dieron licencia que entrasen.
Como entraron, hasta ver al Emperador, que en aquel paraje
les mandaron detenerse e hincar las rodillas en el suelo.
TOKUGAWA IEYASU EN SU PALACIO, CON RODRIGO VIVERO.
El Emperador estaba en una cuadra no muy grande,
pero faltan palabras para encarecer su curiosidad.
Del medio de ella para adelante subían unas gradas,
y acabadas comenzaba una reja toda de oro
--que va corriendo por el uno y otro lado de la cuadra
hasta el remate de ella,
y cosa de cuatro pasos de donde el Emperador estaba.
Y tenía de alto dos varas,
y muchas portezuelas por donde entraban y salían
criados
--a quien el Emperador llamaba algunas veces,
que todos estaban hincados de rodillas
y las manos puestas en el suelo con sumo silencio y respeto.
Había por la una parte y por la otra 20 Caballeros
de estos,
y todos --y los Secretarios que andaban cerca del Emperador--
traían unos calzones tan largos
que les arrastraban por el suelo más de dos palmos,
de suerte que por ningún caso se les veía
los pies;
y unos mantos a la hechura y traza de los que acá se
usan
en las entradas de los torneos, con una falda muy larga.
El Emperador estaba sentado en una silla de terciopelo
azul.
Y a su lado izquierdo --como (a) seis pasos--
me tenían puesta otra de la misma manera
sin diferenciarse de nada.
El vestido del Emperador era azul
de raso labrado con muchas estrellas y medias lunas de
plata.
Y tenía ceñida su espada,
y no sombrero en la cabeza ni otra cosa,
sino el cabello muy trenzado y atado con cintas de colores.
Es un viejo de 70 años, de mediana estatura,
de venerable y alegre rostro,
y no tan moreno como el Príncipe, y más
gordo.
"Yo fui llegando con los Secretarios que me guiaban,
--haciéndole las reverencias y acatamientos
que en palacio se acostumbran al Rey nuestro señor--,
y por haberme prevenido
que no me llegase a pedirle la mano ni a besársela,
(y) me quedé en pie junto a la misma silla que
me tenían puesta.
Y cuando llegué a ella y le hice la postrer cortesía
--aunque hasta allí no había mudado el
semblante--,
bajó un poco la cabeza y con mucha afabilidad
se rió conmigo
y levantando la mano me hizo señal con ella que
me sentase.
Volvile (a) hacer otra reverencia muy baja y quedeme.
Porfiome (por) segunda vez, con lo cual me senté.
Y luego me mandó cubrir.
"Y habiendo parado más de tres credos con
gran silencio,
llamó a los dos Secretarios que tenía a
su lado
y mandó me dijesen el gusto con que estaba de
mi venida.
Y aunque trabajos y desdichas
no podía dejar de lastimar el corazón,
que me divirtiese y animase con verme en su reino,
donde todo lo que el rey don Felipe mi señor podía
hacer por mi
lo haría él con mayores ventajas.
Yo me levanté y destoqué para oír
el recaudo y responderle,
y no lo consintió.
Díjele que besaba a su alteza sus manos
por la gran merced que me hacía.
Y que la presencia de los reyes y monarcas tan grandes
era poderosa para convalecer de mayores trabajos que
los míos,
y que, así, me hallaba de ellos convalecido
y muy alentado y contento con estar en su Corte,
donde no esperaba menos merced
que si me hallase en la de mi Rey.
"Con esto, de allí a otro rato me volvió a
decir
que mirase qué cosa quería --así de
mi avío
como de todo lo demás-- que me ofreciese.
Y que las comunicase a sus Secretarios,
que el despacho de ellas se facilitaría como lo
vería.
"Yo le respondí que mercedes de un rey
como su alteza
no se podían olvidar. Y que, así, otro
día gozaría de ellas
y señalaría a su majestad las cosas en
que las hubiese de recibir.
Con esto, me quise levantar para irme
y mandome sentar diciendo que gustaba mucho de mi vista.
Y que, así, no quería que fuese tan breve.
Y que entrasen los que le querían ver,
como entró uno de los mayores señores del
Japón.
Y pareciole en el presente,
porque de barras de plata y oro, y ropas de seda y otras
cosas
valdría más de veinte mil ducados.
Este (presente) se metió primero en unas mesas
a las cuales no daré fe que mirase el emperador.
Y a más de cien pasos de donde su alteza estaba
se postró --este Tono que he dicho-- en el suelo,
bajando tanto la cabeza que parecía quería
besar la tierra.
Y sin que nadie le hablase palabra --ni alzar los ojos
al Emperador-- al entrar y al salir,
se volvió a ir con tan gran acompañamiento
que --me contaron algunos criados míos--
que pasaban de 3.000 hombres los que con él iban.
"Tras este presente entró el de Suexguerra
(sic?),
general de Minao --que hizo lo mismo
que este señor que acabó de recibir,
y en el mismo paraje--, con que se volvió a su
casa.
"Luego entró el padre Comisario fray Alonso
Muñoz
con el presente del Gobernador de Manila,
y a éste le mejoraron diez o doce pasos adelante.
Y, sin hablar, se volvió como los demás.
"Acabado todo esto, pedí licencia para
irme.
Y el Emperador me la dio, diciendo que me fuese a
descansar.
Salieron conmigo sus Secretarios las dos primeras salas,
y luego --por la orden que entré-- me fueron acompañando
algunos Caballeros hasta dejarme fuera del palacio,
y otros llegaron conmigo hasta mi posada.
NEGOCIACIONES CON UN SECRETARIO DE IEYASU.
"Otro día, fui a ver a Consecundono
--el Secretario principal del Emperador--,
cuya casa, aunque más pequeña que la de
palacio,
no tenía menos que ver que ella.
Salió a los postreros aposentos a recibirme y
diome colación,
haciendo la salva con el vino, que es muy usado entre
ellos,
y poniéndolo sobre la cabeza para brindarle.
Después de esto me dijo
que no perdiese tiempo en negocios
sino que gozase del que tenía,
y de la voluntad grande
con que el Emperador estaba de hacerme merced.
Le di un papel traducido en su lengua
y le dije que por quitarle de trabajo le refería
la sustancia de él, sin haber querido quedar tan
corto
que no gozase de la promesa que el Emperador me había
hecho,
no en una cosa sola sino en tres.
Y que en la primera le suplicaba fuese servido
de honrar y favorecer a los religiosos
de todas las órdenes que estaban en el Japón;
y mandar que les dejasen libremente en sus casas y templos
sin que nadie les ofendiese,
porque el rey don Felipe, mi señor, tenía
por ojos
a los religiosos y ministros de Dios.
Y que así como en su majestad era esto la cosa
que más se miraba,
así yo se la proponía por primera y más
principal.
Que en la segunda cláusula le suplicaba
conservase y llevase adelante la amistad del rey don
Felipe, mi señor,
pues habiendo su alteza de tenerla con algún príncipe
en el mundo,
con ninguno le podía estar más a cuento
por ser tan gran monarca, tan generoso y de tan grandes
partes,
que mientras su alteza le tratase más,
aunque por medios tan distantes y remotos,
más se agradararía de ellos.
Que lo tercero que tenía que suplicarle
se derivaba de lo que acababa de decir,
pues conservando la amistad del rey don Felipe, mi señor,
debía su alteza no consentir los enemigos
y opuestos a su real corona como lo eran los holandeses
que al presente estaban en su reino.
Y que, así, le suplicaba los mandase apartar,
pues cuando no fuesen incompatibles con la amistad de
mi Rey,
el ser hombres de mal trato y proceder
--y que vivían de andar salteando por la mar--,
bastaba para que no confrontasen con su alteza,
ni tuviesen amparo ni abrigo en sus tierras, reinos y
provincias.
"El Secretario escuchó todo lo que contenía
mi pedimento
y dijo que le parecía muy bien.
Y que lo comunicaría al Emperador, y otro día
me respondería.
"Y fue tan puntual, que el día siguiente,
a las diez,
estaba en mi posada.
Donde --habiendo pasado las cosas de cortesía
en que ellos son puntualísimos, y dado colación
y brindado,
que es el principio con que se comienzan
las materias más graves--, me contó
que habiendo leído mi memorial el Emperador,
había vuéltose a él con grandísima
admiración y díjole:
--No tengo cosa de qué envidiar al rey don
Felipe
sino en un criado como éste.
Mirad vosotros y aprended,
que habiéndose este caballero perdido y salido
en cueros
y ofreciéndole yo hacer merced en cuanto me pidiese,
no me pide oro ni plata ni cosa para si,
sino lo que conviene a su religión y al servicio
de su rey.
Y, así, le diréis que en todo lo que me
pide le haré merced,
y mandaré que de aquí adelante no sean
corridos
los religiosos que hay en Japón
y que conservan la amistad del rey don Felipe
por lo bien que a mi me está tenerla con tan gran
Rey.
Pero lo que toca a echar de mi reino los holandeses,
por este año será dificultoso porque tienen
palabra de seguro mío.
Que, para adelante, huelgo de conocer sus ruines condiciones.
"Esto se me respondió a mi memorial.
Y luego, prosiguió y dijo:
--Además de esto, me ha mandado el Emperador
que os diga que tiene aquí una buena nao;
que si fuese menester
para que va(ya)is en ella a la Nueva España
os la mandará dar,
y el avío de dineros necesarios para vuestro despacho.
Y que su alteza ha entendido
que allí hay mineros de gran suficiencia
en dar orden cómo se beneficia la plata;
y que si el rey don Felipe le enviase 50 de ellos
les haría todos los partidos que quisiesen;
porque aunque hay mucha en estos reinos conocidamente,
se pierde la mitad por no acertarle el beneficio.
"Y yo le dificulté esto por no saber la
voluntad de mi Rey,
pero que --dándome su alteza licencia--
me llegaría a la provincia de Bungo,
donde estaba la nao Santa Ana.
Y que no habiendo de ir en ella,
recibiría la merced que me ofrecía de su
nao.
Y que respondería --o volviendo a su Corte
o desde allá-- en forma
al camino que parecía se podría seguir
en lo que tocaba a los mineros.
VIAJE A LA CIUDAD DE MEACO.
"Con esto, me despedí entonces de la Corte
del Emperador
para la provincia de Bungo, en cuya jornada
se me ofreció y vi lo que iré ofreciendo.
"Desde la ciudad de Suruga y Corte del Emperador
se va por tierra firme hasta la ciudad de Usaca (sic,
Osaka)
para llegar a Bungo, pasando antes
por la ciudad famosa de Meaco y la de Fugune (sic, Fuxime),
que algunos tiempos ha sido
Corte de los emperadores del Japón.
Desde Suruga a Meaco hay 80 leguas de camino llano y
apacible,
que aunque tiene algunos ríos caudalosos,
que se pasan en barcas
tirándolos (a horro) de la una banda a la otra.
Y son tan grandes las embarcaciones
que caben dentro los caballos de los pasajeros
--acomodadamente, por muchos que vayan.
Los cuales estarán seguros de que no dormirán
en despoblado
porque --como lo he referido atrás-- en todo Japón
no hay cuarto de legua yermo;
y si las poblaciones fueran pequeñas y de caserías
desparramadas,
no había mucho que espantar. Pero lugares tan
grandes,
de tanto comercio y de tan lindas calles y casas
tengo por cierto que en ningún reino del mundo
se hallarán.
Y, así, el camino por aquella tierra
es de grandísimo entretenimiento y gusto;
porque en cualquier parte hay tanta abundancia de regalo,
y tantos que le ofrezcan
--y salen a convidar con él casi de balde--,
que ni es menester prevenir posada
ni anticipar quien tenga sazonados los manjares,
porque (a) cualquiera hora del día se hallan
como se puede pedir y desear.
"De esta manera, fui caminando hasta la gran ciudad
de Meaco,
regalado y festejado en el camino
de todos los gobernadores y señores que en él
vivían,
porque así lo había mandado y prevenido
el Emperador.
Y bien sé que de los pueblos y ciudades --de que
no traigo memoria--
de estas 80 leguas, que pudiera escribir un libro muy
grande;
porque pasé por muchas de treinta y 40.000 vecinos,
y no me acuerdo de haber visto aldea ni lugar pequeño
en todo este viaje.
"Al fin, llegué una tarde a vista de la
ciudad de Meaco,
nombrada por famosa en el mundo con gran razón
por las singulares excelencias que de ella se cuentan.
Está (a)sentada en un llano tan ventajoso
como lo hubo menester para la multitud de la gente que
ocupa,
pues verifiqué que tenía 800.000 hombres
para arriba.
Y en la vecindad --aunque hallé varios pareceres,
unos que había 400.000 vecinos, los que menos
300.000--,
la verdad que seguramente es que no hay
otro mayor lugar en lo que se conoce del mundo.
Ocupan sus muros, desde la una parte a la otra, diez
leguas;
que yo anduve desde las siete de la mañana
hasta poco antes de la oración --no parando sino
una hora a medio día--
y aún no acabé de salir de las primeras
casas.
"En esta ciudad reside el Dayre, que es el rey
del Japón
a quien por otro nombre llaman Boy.
Este Rey, desde los primeros principios del Japón
ha ido sucediendo por vía recta.
Y como los japoneses tienen por majestad
que sus reyes y señores no sean vistos ni tratados,
está siempre encerrado.
Y aunque de Derecho y Justicia
le venía a él gobernar los reinos del Japón,
de pocos años a esta parte
que Taicosama (sic, por Daifusama sin duda)
se levantó con el reino
reduciendo por fuerza de armas a su obediencia
a todos los tonos y señores,
este Dayre, que era el rey natural, quedó con
sólo el nombre.
Y él da las dignidades, títulos e investiduras,
así a los Grandes del reino como al mismo Emperador.
Para lo cual tiene día señalado en el año,
y en éste acuden todos con particulares insignias
--que significan la dignidad de cada uno-- a visitarle.
Da también grados y dignidades a los ministros
de los Idolos,
llamados bonzos,
de los cuales es principal cabeza y supremo sacerdote.
De manera, que sólo el Emperador
se excusa de venir a hacer este reconocimiento,
si no es cuando recibe la primera investidura,
que entonces es fuerza.
Y en estos actos exteriores y ceremonias públicas
está el Emperador con gran respeto
y le da el mejor lugar al Dayre.
Que es muy bueno esto, para lo poco que después
le deja,
pues apenas tiene con qué sustentarse.
"El palacio y Casa Real en que vive en esta ciudad
de Meaco
es suntuosísima y puede competir con los palacios
del Príncipe y del Emperador.
Pero no le vi porque si no es (en) este día señalado
--que acabo de referir-- no se deja ver de nadie ni sale
de su casa.
Ni en el gobierno de la ciudad tiene mano
ni más autoridad
que gobernar lo que le cabe de sus puertas adentro.
"Hay en esta ciudad un Virrey puesto por el Emperador;
y con estar (a) una legua la ciudad de Fusime
y a su linde la de Sacay y Usaca (sic, Osaka)
y otros muchos lugares grandes,
el virrey de Meaco no tiene jurisdicción en ellos,
ni sale la suya de los canales del lugar,
en que hay más en qué entender que en un
reino muy grande.
Trátase con tanta autoridad como el Emperador
y sale pocas veces de casa.
Y nombra seis gobernadores para el mismo lugar.
Regalome y agasajome mucho.
Y preguntó con gran particularidad cosas de
España.
Y habiendo gastado en esto un gran rato,
dijo que me quería pagar el gusto que le había
dado en contárselas
diciéndome algunas grandezas de aquella ciudad
de donde él era Virrey;
que aunque a mi me pusieron admiración y espanto
no lo di a entender porque no infiriese de allí
que eran cortos los lugares de España.
Díjome que en sola la ciudad de Meaco
había cinco mil templos de sus dioses,
sin muchas ermitas que no contaba.
Afirmome asimismo que de mujeres públicas
señaladas y puestas por justicia en barrios diferentes,
había un número de cincuenta mil.
Mandó que me mostrasen el entierro de Taicosama
y el Daybu --que es un ídolo de metal que allí está--,
y la sala de sus dioses.
Y en estas tres cosas ocupé tres días diferentes,ç
porque --con estar dentro de la ciudad--
acertaron a caer tan lejos de mi posada
que no pude volver a ella hasta muy tarde.
Y con gracias particulares, porque allí,
en saliendo un hombre de su casa, ha de ser muy práctico
para acertar a volver a ella si se aleja un poco.
"Este ídolo de metal que llaman Daybu
pudiera muy bien ser una de las siete maravillas del
mundo,
y no sé si competir con la más maravillosa.
Es todo de bronce
y de tan grande y desemejada altura que por mucho que
se encarezca
--y a mi me la encarecieron-- no llegó la imaginación
a lo que después vi.
Y pensando de qué manera le acertaría a
pintar por acá,
mandé a un hombre de los que conmigo iban
--de los altos que hay en este reino-- que subiese arriba
y midiese lo que tenía de grueso
el dedo pulgar de la mano derecha del ídolo.
Y subió estando yo presente y más de treinta
personas.
Y con entrambos brazos quiso abrazar el dedo,
y extendiéndolos cuanto pudo
le faltaron dos palmos para acabarle de sujetar y ceñir.
Y si bien es verdad que con esto queda dicho algo de
su proporción,
no se puede decir menos porque es una de las cosas
más perfectamente acabadas de cuantas jamás
se han visto;
porque pies, manos, boca, ojos, frente
y todas las demás facciones del rostro,
si un pintor se pusiera a pintarlas con suma perfección,
no sé si llegara a lo que allí se ve.
Estábanle edificando el templo cuando yo pasé.
Y --según lo que después me han descrito--
aún no está acabado.
Y de carpinteros y oficiales de todos oficios
supe que andaban de 100.000 personas para arriba en la
obra,
que sólo este desaguadero pudo tener el Demonio
para hacer gastar al Emperador las riquezas de sus tesoros.
LA TUMBA DE TAICOSAMA.
"Pasé después al entierro de Taicosama;
en que hallé tantas cosas que ver como lástimas
se me presentaron
de que edificios tan célebres y suntuosos tuviesen
un fin tan abominable como adorar las cenizas
de un hombre que tiene el alma en el infierno.
La entrada de este templo es por una calle cuesta arriba,
toda enlosada con piedras blancas jaspeadas.
Y si no me engaño, hice contar los pasos que tiene
y son cuatrocientos y tantos pasos,
y por el un lado y por el otro, obra de tres pasos.
En medio están levantados pilares de la misma
piedra
--de altura de cinco varas--, y en el remate de cada
uno de ellos
hay una lámpara que enciende en anocheciendo,
con cuya claridad hace poca falta la presencia del (sol).
Al fin de esta calle
están las primeras gradas por donde se sube al
templo.
Y antes de entrar en él, a mano derecha,
un monasterio de monjas,
que sirven también de capellanas para los oficios
de él,
aunque en sitio y lugar separado y diferente.
La puerta principal por donde se entra al templo
es toda jaspeada y con encajes de plata y oro,
que hacen tanta labor y diversidad que sólo mirarla
da a entender lo que habrá más adentro.
El cuerpo del templo está todo
sobre columnas y pilares de notable grandeza,
y entre ellas un coro con sus rejas y sillas
como acá le tienen en las catedrales,
cantando con un tono los capellanes y canónigos
bien semejante al que acá se acostumbra en las
horas.
Y según me informaron, también ellos rezan
las suyas
a prima, tercia, víspera y maitines.
Y aunque hice escrúpulo de oírlas --pareciéndome
que no se debía prestar atención,
tan encontradas con nuestra sante fe--,
el que me guiaba por orden del Virrey entró en
el coro
y debioles de decir a lo que venía,
con lo cual salieron cuatro canónigos a recibirme;
cuyo traje verdaderamente dijera yo que era
de algunos prebendados de Toledo, según me pareció
uniforme con ellos.
Porque así como las sotanas, como los sobrepellices,
no diferenciaban sino era en traer
unas faldas muy largas que tomaban la mitad del templo,
y unos bonetes muy anchos de arriba y angostos de abajo.
Habláronme más amigablemente y pasaron
conmigo
a mostrarme el altar de sus malas reliquias;
donde hallé una muchedumbre de lámparas,
que con los milagros de Nuestra Señora de Guadalupe
y los peregrinos y devotos que allí van,
no se han juntado de tres partes la una.
Y si bien me suspendió esto mucho, más
el ver tanta gente en el templo
con tan gran devoción, atención y silencio
que me confundí; que --siendo el asunto tan diferente--
en nosotros no supiéramos imitar.
Corrieron cinco o seis velos de unas rejas de hierro
y otras de plata, hasta la última
que dijeron era de oro y que detrás de ella
en una caja estaban las cenizas de el Taico.
Pero que la caja no la podía ver nadie
si no era el sumo sacerdote de ellos.
Pero postráronse por el suelo antes de llegar
a la postrer cortina.
Y como yo notaba en ellos su engañosa y falsa
devoción,
así debieron ellos de notar en mi
el poco respeto que yo tenía a su santuario.
"En suma, cuanto pude abrevié el salir
de allí,
y ellos me llevaron a ver su casa, bosques y jardines;
que no sé que los de Aranjuez del Rey nuestro
señor
--ya que en lo artificial tengan algunas cosas más--,
en lo natural de sitio y en lo ameno de él, sin
duda no le llega.
"Comí con ellos aquel día,
que no anduvieron escasos en regalarme,
y desde unos corredores altos estuve mirando la mucha
gente
que visitaba aquella casa --sin faltar,
según me contaron, de día y noche--,
y en ellos el uso de agua bendita --o, por mejor decir,
maldita--
y sus cuentas rosarios con oraciones
dirigidas a Jaca y Anido (sic, Amida?), sus dioses.
Sin embargo de que estos se han derribado otros muchos,
son infinitos.
De manera que hay en el Japón 35 sectas y religiones
diferentes.
Donde unos niegan la inmortalidad del alma,
otros dicen que hay muchos dioses, otros adoran a los
elementos,
sin que nadie les haga coerción ni fuerza en esto.
Y, así, habiéndose juntado todos los bonzos
a pedir al Emperador que desterrase
nuestros frailes y religiosos del Japón,
viéndose apretado de ellos con las razones que
le daban,
dijo:
-- ¿Cuántas religiones y sectas diferentes
hay de vosotros?
Respondiéronle:
-- Señor, hay treinta y cinco.
Y dijo muy prestamente:
-- Pues donde hay 35, que haya 36 no importa. Déjalos
vivir.
"Después de haber estado más de
dos horas en esta casa,
me llevaron a la de las monjas, pared y medio,
cuyo traje es de unos hábitos de sedas azules
y blancos,
con las cabezas cubiertas de velos azules,
mejores vestidos para gala que para religiosas.
Salió la madre Abadesa a verme en un aposento
grande
y sacome colación y vino,
siendo la primera que tomó la copa para brindar,
y tras ella las demás monjas, que juntó 10
o 12 para esta fiesta.
Y por hacerla más cumplida, se volvieron a entrar
allá dentro
y luego salieron danzando con una sonajas en las manos.
Y danzaron más de media hora. Y si no les dijeran
que lo era de que yo me fuese, no acabaran tan presto.
Con lo cual me despedí y volví aquella
tarde a mi posada.
"Otro día, me llevaron a ver la Sala Grande
de los Idolos,
con razón llamada grande porque tiene
tres careras de caballos muy largas,
y hay en ella 2.600 ídolos, cada uno puesto en
su tabernáculo
y con sus insignias diferentes según lo que representa.
Todos estos son de metal dorados, y tienen eminencia
los japoneses
en hacer estas figuras de metal
con la mayor propiedad y perfección que se puede
encarecer.
Hay renta particular en esta Sala para el culto
y guarda de estos ídolos.
Y yo me cansé de verlos, que eran muchos;
y mayor el motivo que el Demonio ofrece allí a
estos miserables
para rematar sus almas.
"En esta ciudad hay tres monasterios:
de la Compañ&iac |