|
RELACIÓN
DE PEDRO DE BURGUILLOS.
"Relación hecha por fray Pedro Burguillos
--fraile lego de la orden de los descalzos de Filipinas--
mandada hacer por el padre fray Alonso Muñoz
--comisario provincial de la dicha provincia--
por santa obediencia,
de las cosas sucedidas en Japón
desde el año pasado de 1601 hasta el de 1602.
"Por cumplir con el precepto de vuestra C.
--como hijo de obediencia, aunque lego y simple--,
diré lo que con toda verdad pasamos
el hermano fray Gómez y yo,
y nuestro hermano fray Jerónimo de Jesús,
que iba por prelado nuestro.
Lo cual será argumento de ser más verdad
lo que dijere
--cuando la persona más simple y menos cautelosa--
porque no diré sino lo que he hecho,
de verdad pasa y todo Japón sabe,
y los hermanos que han ido este año escribirán
con testimonios fidedignos.
VIAJE DE MANILA A FIRANDO.
"Salimos de la ciudad de Manila
el año pasado de 1601 --a 26 de mayo--
el hermano fray Jerónimo de Jesús
--que fue enviado por comisario
y había venido por embajador el año antes
por mandado del emperador Daifusama a estas islas--
y el hermano fray Gómez y yo por sus compañeros.
Y en pocos días de navegación surgimos
--el día de San Pedro y San Pablo--
en un puerto del reino de Firando, que es uno de los de
Japón.
De donde --luego que llegamos-- se despachó correo
al Emperador
que estaba en su corte de Fuxime, una legua de Meaco.
Dímosle aviso de nuestra llegada,
que fue para él --según dicen-- alegre nueva
por querer tanto al padre fray Jerónimo y tenerle
tan pía afición,
y haberle enviado por su embajador.
Y envió a mandar que, luego, fuésemos desde
aquel puerto a Fuxime
--donde estaba-- por el deseo que tenía de verle.
Partimos luego, a pocos días, de este puerto de
Firando,
que es diez leguas de Nagasaqui,
puerto de contratación de los portugueses de Macao.
"Esta provincia de Firando (es) de muchos católicos,
aunque al presente están desamparados
por haber quedado sin padres de la Compañía
(de Jesús).
Los cuales --a ellos y a muchos cristianos--
desterró el Tono, señor de aquella tierra,
por haber caído en su desgracia por algunas pesadumbres
y encuentros que hubo con los dichos padres,
y ser naturalmente estos japoneses tan libres y atufados.
Y aunque el navío que llevábamos era su
derrota a otro puerto
fuera de aquel reino de Firando
--y estar el señor de la tierra tan enojado con
los dichos padres,
como tengo dicho--, como surgimos
--y supo quién éramos y de dónde y
para dónde íbamos--,
nos recibió con sumo contento,
dando muestras de que le tenía muy grande
de que hubiésemos aportado a su tierra.
Y con ser estos japoneses señores tan soberbios
--y sobre sí, y estimarse tanto, y saber bien que
en nosotros
no había más que unos pobres frailes remendados
y descalzos--,
vino él en persona a visitarnos al navío.
Al cual recibimos con mucho amor y regalamos como pudimos.
Despidiose de nosotros, y dándonos libre licencia
de entrar en su tierra.
Y --agradecidos a la merced recibida-- le fuimos a visitar,
yendo con nosotros los principales del navío.
Recibionos con mucha alegría y contento,
y --habiendo preguntado algunas cosas de curiosidad--
nos dio colación.
Y después de despedirnos de él, fuimos a
visitar a un Gefosvio,
casado con una señora muy principal llamada doña
Mensia.
Este señor infiel es heredero de aquel estado.
El cual nos recibió con muestras de mucho contento
y despidió con las mismas.
Volvimos a una posada que se nos señaló
de un chino cristiano,
porque a sólo éste le había dado licencia
para quedarse allí,
permitiéndole públicamente, y vivir al foro
de cristiano
con toda su casa;
pero los demás cristianos que no se habían
ido
con los dichos padres de la Compañía (de
Jesús),
estaban secretamente escondidos.
Y tan amilanados con el rigor del edicto de destierro
que habían consentido poner las insignias de los ídolos
--y los mismos ídolos y fotoques-- en sus portadas
y casas
--como los demás gentiles usan-- para encubrir
con esta pusilanimidad el temor de su destierra
y la flaqueza de su fe.
"Llegados a nuestra posada,
nos envió a visitar con un presente de cosas de
comer.
Con éste y otros favores
--y estar nosotros en casa en la cual era lícito
entrar sin riesgo--
se comenzaron a alentar aquellos cristianos disfrazados
de gentiles.
Y en 12 días que estuvimos allí se hizo
notable fruto,
así en todo aquel puerto
como en los demás de otros pueblos comarcanos.
Los cuales todos --como a jubileo-- traían a bautizar
sus hijos,
venían a confesarse, y a oír misa y la palabra
de Dios,
y recibir el santísimo sacramento con extraordinaria
devoción.
A los cuales recibimos con las entrañas que pedía
su necesidad,
consolándolos a todos y correspondiendo,
dando orden juntamente que los que --como pusilánimes--
habían consentido las imágenes de sus ídolos
y fotoques
en las casas y portales,
antes de comulgarlos y admitirlos a los sacramentos
como católicos y verdaderos penitentes,
los quitasen y deshiciesen,
disponiéndose con mucho brío espiritual a
lo que pudiese sucederles.
Lo cual se hizo con gran consuelo espiritual suyo
y de los que estaban a la misa,
y particular hacimiento de gracias nuestro a Aquel
que así levanta en un punto a los caídos
y vuelve leones de fe hasta la flaqueza de las ovejas.
Y parece que quiso Dios pagar su fe y religión
en amansar desde entonces el corazón de este Tono
o señor de Firando
para que disimulase con el rigor de su premática
o bando,
no apremiándoles que tengan insignias
de gentiles y fotoques en sus casas,
ni a que vivan a sombra de tejados como antes,
porque muchos viven ya pacíficamente y públicamente
en sus casas.
"Estando ya para partirnos la vuelta de Fuxime
--o la Corte donde estaba el Emperador--
para haber de visitarle y darle respuesta de nuestra embajada,
surgió en el puerto un navío que había
salido,
en el cual nos enviaron los breves del papa Clemente VIII,
que habían llegado en las naos de Castilla después
de nosotros partidos.
Recibímoslos con los demás recaudos que
nos enviaba la provincia,
por dar licencia en ellos su santidad interpretativamente
para entrar en Japón con libertad.
Con los cuales breves envió su santidad muchas reliquias;
las cuales mandaba su santidad se repartiesen
en las iglesias y hospitales que tuviésemos en Filipinas
y Japón.
Presentámoslas en llegando a Meaco delante del
vicario del ordinario
para que las autorizase y autentificase por el padre Organtino;
y --autentificadas-- las enseñásemos al señor
obispo don Luis,
pidiéndole humildemente se sirviese de dejarnos
administrar pacíficamente los santos sacramentos
en aquellos reinos,
pues no veníamos a estorbar sino a ayudar a aquella
iglesia nueva
y a su señoría en su oficio, predicando el
santo Evangelio
como profesores de él que somos,
con la pobreza y humildad de nuestro estado.
Y aunque diversas veces se lo suplicamos con toda humildad
--dándole muchas razones que podían moverle
a lo que nosotros le pedíamos y suplicábamos--,
no quiso admitirnos ni apenas oírnos,
sellándose con decir que su breve no está revocado
ni nosotros presentábamos otro en contra.
Y que, así, no quería darnos licencia,
con ver que en los más de los pueblos para donde
se la pedíamos
nunca han administrado padres de la Compañía,
y ver la amistad y favor que el Emperador nos había
hecho y hacía,
pues a solos nosotros daba licencia públicamente
para estar en su corte con mucho gusto suyo,
y la administración de los sacramentos pública
allí y en el Kanto,
pasando él por ello, y aún preguntando
que cuántos cristianos tenían los padres
y si había muchos.
Con ser esto tan claro y notorio a su señoría
--y que podíamos ser medio, como lo éramos,
para el trato y comunicación de paz
entre estos reinos de su majestad y Japón
y para la conversión de infinidad de almas en él;
no sólo en pueblos adonde jamás llegaron
padres de la Compañía,
pero en otros o en casi todos donde habían sido
expelidos,
de los cuales le era notorio y es a su señoría
pedir a solos nosotros y a los padres dominicos.
Con ser esto así, y nosotros el medio de la paz
entre esos reinos de su majestad de la Corona de Castilla
y Japón,
teniéndonos el Emperador como a hijos
y disimulando con los padres por nuestra causa,
como se ha visto muchas veces,
y no impedirles por ninguna vía a los padres su
ministerio,
antes se le es ayuda importante para la conversión
de aquellos reinos--,
en ninguna manera quiso conceder con nosotros,
sino siempre respondió lo que tengo dicho.
EN LA CORTE DE FUXIME.
"Volviendo, pues, a nuestro viaje,
nos hicimos a la vela en Firando
y llegamos en 20 días a la corte del Emperador,
en Fuxime.
Hallámosle que esta enfermo
y --por esta razón-- en estos días de nadie
se dejaba ver,
ni muchos grandes que estaban a la asistencia de sus negocios
habían podido negociar con él ni hablarle.
Dímosle, pues, aviso con un criado de su casa
cómo estábamos allí con deseo de verle
y visitarle.
Y mostró alegrarse con la nueva,
enviándonos a decir con el mismo
el gran contentamiento que le había dado nuestra
llegada;
que deseaba mucho ver al padre fray Jerónimo,
que luego, ocho días, fuésemos a verle.
Aparejamos el presente que el Gobernador de estas islas
--don Francisco de Tello-- le enviaba;
que aunque no de mucho valor en Castilla,
pero de cosas curiosas y de mucha estima en Japón.
Entramos a verle
y él se levantó y nos recibió con
grande contento,
y estuvo con nostros (una) grande hora.
La cual gastó en preguntar al padre fray Jerónimo
de su viaje
y de los trabajos que había tenido y tomado por
su causa,
recibiendo mucho gusto con las cosas que se llevaban del
presente
por ser allá nuevas y raras.
Con nuestra ocasión tuvieron entrada los grandes
--que estaban detenidos por su enfermedad-- para negociar
con él.
Y después de haber platicado en diversas maneras
con el padre fray Jerónimo y algunos grandes,
entrose el Emperador en su cámara y acostose en
la cama.
Y envionos luego colación allí, a la sala,
cosas como mazapanes y frutas de la tierra.
Tomamos de ella y --aunque para nosotros solos
se había enviado-- participaron también aquellos
caballeros o señores.
Con los cuales estuvimos de conversación
platicando las cosas de esta tierra y España.
Y --acabada la colación-- nos despedimos para irnos
a la posada,
que era en casa de un criado del Emperador, privado suyo,
al cual había mandado nos aposentase.
Por entonces no hubo más.
ENTREVISTAS DE TOKUGAWA IEYASU
Y JERÓNIMO DE JESÚS.
"De allí a dos días volvimos a verle,
llevándole el padre fray Jerónimo algunas
cosas de olor
--y de medicimas, y miel y otras cosas semejantes--,
para que las viese y si gustaba de ellas
por ser cosas nuevas por allá y de valor.
El cual, con estar todavía en la cama, se levantó y
recibió
con más muestras de amor que la primera vez;
porque en ésta estuvimos tan junto con él
y él tan cerca de nosotros que no había un
paso --y mucho menos--
entre él y nosotros,
estando los grandes bien apartados,
y aún admirados de tanta familiaridad.
Con lo cual, y tanta llaneza,
el padre fray Jerónimo y él estuvieron hablando
como si fuera el más allegado y más familiar
de su corte,
preguntando y respondiendo al padre fray Jerónimo.
El cual, por ser tan buena lengua,
sin intérprete a todo le daba cumplida satisfacción.
Preguntó entonces por cada cosa,
y aquellas niñerías lo que eran y la virtud
que tenían;
como el (piguente) de tabaco y la semilla de él,
y la caña pistola, y otras menudencias tales,
holgándose mucho con ello.
Mandó al señor que estaba allí cerca
que todo lo pusiese por memoria
--la virtud de todas aquellas medicinas y la propiedad
que tenían--,
por ser los japoneses muy inclinados a ellos.
Y, así, traen los más unas bolsitas o cajitas
colgadas a la cintura
para diferentes enfermedades.
Dijo luego el padre fray Jerónimo al Emperador,
señalándome a mi, que sabía curar
yo de muchas enfermedades
por haberlo aprendido en el hospital de los indios naturales
de la ciudad de Manila,
y que me había llevado allá, a Japón,
para curar (en) los hospitales que hiciésemos.
Mostró holgarse de ello.
Preguntóme que si le sabría curar un niño
que él quería mucho
--que se decía ser hijo suyo bastardo--
de unas apostillas que tenía en la cabeza,
el cual hizo llamar allí para que yo le viese.
Visto, dije que sí, con la ayuda de Dios.
Y él dijo:
-- Cúramele, cúramele.
Y tratando después de curarle,
supe cómo le habían enviado a otra ciudad.
Y, así, se quedó por entonces la cura.
"Después de haber estado en esta visitación
con él
más de dos horas --sin que nadie negociase con él
sino nosotros--,
preguntando y respondiendo diversas cosas y diversos propósitos,
nos despedimos con grande contentamiento
por el favor que él y todos los grandes nos hicieron..
Y nos sólo esta vez, sino todas las que queríamos.
Y el hermano fray Jerónimo le visitaba y hablaba
con mucha libertad,
dándole entrada sin que llevase dones ni presentes,
cosa para contra la costumbre y estilo de estos japoneses.
Otras veces le enviaba a llamar el mismo Emperador
para tratar con él cosas de esta tierra y de España,
las cuales trataba con mucho gusto
por el deseo grande que tenía de la comunicación
y contrato
de su tierra y los españoles cortesanos.
"Una vez le mandó llamar el Emperador --entre
otras--
para ver si conocía unos indios de esta tierra
que cautivaron unos piratas japoneses en Camboya;
donde los hallaron desgarrados
de la jornada de los españoles a aquella tierra.
Y sabiendo que eran de acá, mandó que se
les diese libertad
y no fuesen crucificados con los piratas,
pena ordinaria de aquella tierra a los semejantes,
como en España la horca.
Otra vez fue el dicho fray Jerónimo a visitarle
estando presente muchos grandes y bonzos
--que son como sus eclesiásticos--
que habían venido a verle del Kanto,
que es su patria o tierra del Emperador.
Y después de muchas pláticas y preguntas
en diversas materias,
se espantaron de la aspereza del hábito y su hechura.
Y para que mejor le viesen
le hizo el Emperador se quitase el manto el hermano fray
Jerónimo.
Y él lo hizo, y se puso como en cruz para que le
viesen bien,
de que enseñaron recibir mucho gusto.
"Otra vez que le íbamos a hablar... algunas
cosas,
se hallaba presente un señor principal llamado Sandondono
--que es la segunda persona del imperio--
con un hijo suyo llamado Dondona,
que son nuestros padrinos y protectores,
y como procuradores de las cosas de esta tierra,
por quien pedimos todas las cosas al Emperador;
por ser así el uso de la tierra, que nadie pide
para si nada
sino por interpuesta persona.
Y, así, Sandondono y su hijo eran las personas
por quien suplicábamos y pedíamos todas las
cosas de nuestra parte.
JERÓNIMO DE JESÚS
OBTIENE PERMISO Y LUGAR PARA IGLESIA EN FUXIME.
"Aunque una vez el hermano fray Jerónimo,
como hombre apostólico
--no curando de esas ceremonias, fiado en Dios cuya causa
hacía--
pidió por si casa e iglesia al Emperador
adonde celebrar públicamente los sacramentos.
Lo cual, como él tratase en presencia del Emperador
con el Sandondono, entre sí,
y advirtiéndolo el Emperador dijo:
-- ¿Qué es esto?
Respondió --con el espíritu de los hijos
de la libertad
el espíritu santo...-- diciendo:
-- Que no tenemos casa ni iglesia en esta vuestra tierra
para celebrar y hacer los oficios como en la nuestra,
y quería suplicar, señor, pues nos tenéis
en lugar de hijos,
nos deis donde vivir al fuero de nuestra tierra
para que mejor podamos serviros, y a vuestro reino.
Y el Emperador dijo:
-- Pues yo te daré lugar. ¿Dónde queréis?
Detúvose un poco en responder el hermano fray Jerónimo,
y a lisonja del Emperador respondió un sangley deudo
nuestro
--aunque infiel, natural del Kanto
que había venido a ver al Emperador y le traía
un hijo--,
y dijo:
-- Señor, en Meaco.
Y dijo luego el Emperador:
-- No, sino aquí en Fuxime, donde yo estoy.
De cuyo favor --que fue muy grande-- quedaron todos admirados
no sólo de que el Emperador hubiese concedido tal
merced,
sino que el padre fray Jerónimo por sí
se hubiese atrevido a pedirla;
que aunque nuestro protector --y otros grandes
por cuyo medio se trataba pedir la dicha licencia al Emperador--
jamás se habían resuelto ni atrevido a pedirla
por ser contra la premática de su antecesor Taicosama
--tirano de los santos mártires--,
pero al brazo de Dios no hay nada imposible.
Y, así, volvió a decir el Emperador:
-- Mirad dónde queréis, y déntela.
La cual licencia pública se dio el día de
San Luis, rey de Francia,
--de nuestra sagrada religión--, en el mismo castillo
donde se dio la sentencia para que fuesen crucificados
los santos mártires,
porque se vea (que) aquellos granos no fueron sembrados
en la heredad de Japón acaso,
sino con ordenación del Espíritu Santo
para brotar muchos frutos en este nuestra viña.
"Despedímonos alegres por la merced,
agradeciéndola el hermano fray Jerónimo;
con el cual estuvo hablando otro rato antes de despedirse.
Salidos de allí, fuimos a ver los sitios.
Y andándonos mirando por la ciudad,
pareció al hermano fray Jerónimo que era
más a propósito
tomarlo entre los pobres que entre los ricos y caballeros
por tener más seguros y centinelas de los ladrones
y fuegos.
Teniéndole ya señalado a propósito,
dijéronselo al Emperador.
Y él dijo:
-- Pues, ¿ahí queréis poner a los
padres, entre los pobres?
¿
Qué dirán en su tierra si yo les pongo ahí?
No quiero que le tengan, sino entre los caballeros,
y que ahí se les señale muy bien sitio.
Yo quiero señalarle: traedme acá
la descripción de la ciudad o mapa,
que yo señalaré allí donde ha de ser.
Esto pasó con sus grandes en la tarde.
Y aguardando al otro día le señalase, se
dilató por dos o tres
por andar achacoso y de partida para el Kanto.
ENFERMEDAD Y MUERTE DE JERÓNIMO DE JESÚS.
"En el cual tiempo, cayó nuestro hermano
fray Jerónimo enfermo
y para curarle le llevamos al Meaco m--que es de allí una
legua--,
adonde --apretándole la enfermedad de calenturas
y cámaras--
le llamó el Señor dentro de quince días,
después de recibidos los sacramentos, para premiarle
sus grandes trabajos que padeció por la iglesia
de Japón;
de la cual, por término de siete años, hizo
de apóstol
y de verdadero hijo de nuestro padre San Francisco,
dejándonos con su muerte edificados y envidiosos,
aunque huérfanos, sin padre.
Enterrámosle en el lugar que primero tuvieron los
santos mártires,
y al presente es recogimiento de las mujeres
de los santos japoneses mártires.
De su muerte y trabajos no digo aquí más
porque los japoneses --con el amor que le tenían
tan grande--
hicieron luego un tratado de su vida, comunicándolo
de unas a otras,
con los bienes y mercedes que por medio de su doctrina
y ministerio
les había hecho Nuestro Señor.
El cual tratado no pongo aquí por vía de
relación
por tomarlo los japoneses tan a cargo.
Sólo digo que dejó escritas unas cartas
para el Emperador
y para nuestros protectores,
encomendándonos a ellos y a su amparo
para que nos tuviesen en su lugar por su muerte.
"Fuimoselas a llevar y el Emperador nos recibió
dándonos el pésame por la muerte del padre
fray Jerónimo,
enseñándonos pesarle por el amor que le tenía
y consolándonos
diciéndonos que él nos favorecería
y tendría como a él mismo.
Lo mismo hicieron todos los grandes,
de que dimos muchas gracias a Nuestro Señor.
Estuvimos entonces más de una hora con él;
que aunque no sabíamos hablar tan bien como el hermano
fray Jerónimo,
nuestros protectores lo suplían hablando por nosotros.
De los cuales supimos (que) decía el Emperador
tenernos grande lástima y que se compadecía
de nosotros
por quedar huérfanos, como hijos sin padre,
pero que él lo sería y nos ampararía.
Y, con esto, nos despedimos.
LAS CARTAS DE RESPUESTA DE LA EMBAJADA.
"Estando, pues, de camino para el Kanto
--pareciéndonos al hermano fray Gómez y a
mi
(que) se iba acercando el tiempo del viaje de Japón
a esta tierra de Manila...--, fuimos otra vez a hablarle
y a pedirle la merced del sitio
y la carta de embajada que con nosotros había enviado
el Gobernador de estas islas (Filipinas),
porque nos dejara ambas cosas despachadas antes de partirse,
para que diéramos acá aviso de su determinación
y del estado de las cosas de allá.
Tratándolo con los grandes, nos dijeron
que procurásemos la respuesta de la carta
--que era de mayor importancia-- antes de que se fuese;
que esto otro se trataría a la vuelta, pues no había
en ellos dificultad.
Y la había muy grande en pedir dos cosas juntas
por no ser estilo de corte de Japón.
Hicímoslo así, y él nos la dio al
tiempo que quería partirse,
no en nuestras manos,
aunque él nos envió a llamar para dárnosla
y estar nosotros aquel día celebrando en casa de
un cristiano,
no sabiendo el día cierto de su partida.
Por lo cual, la dejó a Tarazaba Ximonocami
--Gobernador de muchos señoríos de Japón--,
el cual nos entregó la carta del Emperador
con otra suya para el Gobernador de estas islas (Filipinas).
Recibímoslas. Y supimos del secretario
que lo que contenía la carta del Emperador era
cómo él nos recibió y lo que llevábamos.
Y de cómo el año pasado habían venido
a su tierra muchos navíos de piratas y que --a los
que había cogido-- los había mandado crucificar
y cortar. Yo doy fe de haber visto algunos de ellos crucificados.
Y que de hoy más no saldrán de Japón
a robar
por las rigurosas penas que con ellos se usaba.
Y que estaría el reino más seguro para que
de hoy más
todos los navíos que van a la Nueva España
--pues pasan tan cerca de su tierra-- puedan llegar a sus
puertos
a tomar toda su necesidad
sin que se le haga ningún daño ni corran
ningún riesgo.
Y que no ha dado licencia que vengan de su tierra
más de cuatro navíos
por haberle escrito el Gobernador don Francisco Tello
que no vengan muchas;
y que, así, no vendrán más de los
que acá quisieren
y traerán su chapa o licencia;
y los que no la trajeren, no sean recibidos.
Y lo mismo hará él a los navíos que
de acá fueren a su reino;
y que si no la llevasen, los tendrá presos por sospechosos.
Y lo otro, dice que ha escrito tres años ha
que desea la comunicación de la Nueva España
con su tierra
y no le han respondido nada.
Que le escriban si gustan de ello y que lo traten,
porque será para él de mucho contento.
Esto es, en suma, lo que contiene la carta.
La cual --como tengo dicho-- nos entregó
aquel señor Tarazaba Ximonocami,
que no es de poca importancia su amistad
por ser uno de los principales del reino
y Gobernador de los puertos de Nagasaqui
y otros circunvecinos de donde vienen navíos a esta
tierra;
y Gobernador de las tierras de Amacusa,
para donde nos envió a pedir religiosos estando
yo en Firando;
de donde desterró --y a la sazón están
desterrados--
los padres de la Compañía, y (con) haber
tenido allí colegio
con grande multitud de cristianos, todos los cuales ahora
están --como dije de los de Firando-- deseosos de
ministros.
"Teniendo, pues, en nuestro poder la carta
y tratando de enviarla con dos japoneses honrados
en un navío de Firando --y estando ya aprestado
y siendo tiempo de partirse--, nos envió a pedir
la carta
un criado del Emperador por dos o tres veces,
diciendo que la quería enviar él a Manila.
No faltó quién nos avisase ser traza en
poco favor nuestro,
porque la querían enviar por un japonés poco
devoto nuestro
y sospechoso de poco seguro.
Lo cual le movió al hermano fray Gómez de
San Luis
para que --aunque quedase solo-- me enviase a mí
que la trajese con seguro. Lo cual
me lo mandó por santa obediencia para que mereciese
en el viaje.
Hízoseme bien de mal venir solo
y dejarle a él con poco consuelo espiritual,
pues ni a él le quisieron confesar los padres de
la Compañía de Meaco.
"Era la carta de la embajada escrita
en un papel dorado de muchas labores, muy grande,
que después de doblado era de palmo y medio;
y luego envuelta en un papel dorado de la misma manera,
sellada con el sello real,
y luego metida en una caja también dorada.
Aunque al entregarla no la entregué con ella
porque la traía siempre al cuello de miedo no me
la tomasen;
que no faltó quién lo pretendiese, según
se nos avisó,
como tengo dicho.
PEDRO BURGUILLOS VA DE FUXIME A FIRANDO PARA EMBARCARSE
CON LAS CARTAS DE LA EMBAJADA.
"Despedido, pues, del hermano fray Gómez
--con harto sentimiento, dejándole en Meaco--,
me partí a Fuxime, que es puerto de mar,
para embarcarme en un navío de un mercader de Osaca
que estaba fletado para Manila en el puerto de Firando.
Y por llegar con tiempo
me embarqué en Fuxime en una embarcación
ligera,
en la cual me vine a Firando.
A la cual llegué en pocos días.
Y juntamente un padre de la Compañía que
venía de Nagasaqui,
o le traía el capitán del navío en
que yo había de venir
para que oyese de confesión a todas las gentes de
su navío
--que eran cristianos y estaba cerca de la Cuaresma--,
para que también con esta ocasión pudiese
confesar
aquellos cristianos que estaban en aquellos puertos escondidos.
Como yo acerté a llegar de Meaco y el padre de
Nagasaqui
--juntos a un tiempo--, y le dijeron
cómo yo llevaba la embajada a Manila del Emperador;
y juntamente le avisase al padre de la Compañía
y le pidiesen licencia al Tono o señor de Firando
para que el padre pudiese en aquella necesidad confesar
aquella gente,
dio bien de mala gana de plazo tres días
mandando al huesped --a donde aposentaron al padre-- so
graves penas
que sólo tres días pudiese confesar a la
gente del navío;
los cuales le señaló de plazo.
Dentro de los cuales --sin que otro ningún cristiano
del pueblo
ni comarca entrase a verle-- se fue a Nagasaqui;
con este rigor, sabiendo el padre lo llevaba el Tono tan
mal,
recelando algún daño suyo y de los cristianos
por su causa,
se fue dentro de tres días;
dejando a los cristianos bien desconsolados
porque aún no quiso bautizar los niños de
personas cristianas
por recelo --aunque se lo pidieron-- no le sucediese algún
daño
según estaba de enojado el Tono con los padres.
Del cual supimos que, a no llegar yo
--como me lo afirmaron los capitanes--,
no le dejara estar una sola hora ni poner pies en tierra.
Y enfadado de que había llegado allí el padre
de la Compañía
no dio lugar a que fuésemos a visitarle a su casa
por entonces.
"Ido, pues, el padre --como yo quedé con
libertad
y sin recelo de entrar a verme ni tratar conmigo los que
querían
por no prohibirlo el señor de la tierra--,
pidiéronme muchos cristianos les bautizase los niños.
Porque no muriesen sin bautismo los niños
--como me dijeron habían muerto algunos--, a todos,
pues,
aunque fraile lego, los bauticé
cumpliendo con la devoción de sus padres cristianos.
Y estando yo aprestándome para la jornada,
la mujer del hijo heredero de aquel estado de Firando
--que, como dije, era cristiana--, parió una niña.
Y como la tenía con tantas guardas --no teniendo
libertad
para que la bautizaran ni yo (de) ir allá a verla--,
enviome a decir con un cristiano de su casa, escudero suyo,
que --pues yo no podía ir allá a verla y
ella enviarla-- me pedía
le enviase un nombre para ponerle
en la primera ocasión que se le ofreciese a propósito;
que una cristiana que tenía en su casa la bautizaría,
que era la que había bautizado a otras y lo sabía
bien hacer.
Yo --por cumplir con su deseo-- le envié a Santa
Clara,
contando su vida al que llevaba el nombre para que se la
refiriese.
De lo uno y de lo otro recibió grandísimo
consuelo.
Y con el mismo escudero envío las gracias,
enviándome cierta limosna de plata.
La cual yo no recibí por ser contra nuestro estado
de pobres evangélicos
el no recibir plata ni oro.
Y, así, se volvió,
quedando ella muy espantada de que no se le recibiese,
y edificada con ello.
"Procuré ver antes de partirme al Tono y
a su hijo
y (no) me dieron lugar,
con haber estado allí el padre, con los cuales está tan
enconado.
Pero dijéronme que a la vuelta nos veríamos,
que fuese en hora buena y tuviese buen viaje,
recibiendo alegremente cinco candelas de cera
que envié a cada uno de los dos, por ser cosa nueva
en aquella tierra.
Confío en Dios que a la vuelta --que es este año
y mes en que estamos-- nos ha de recibir con mucho contento;
como se nos dieron esperanzas que nos dará licencia
para estar en aquel puerto,
del cual todos los años vienen navíos a esta
tierra
y es muy a propósito e importante para la continuación
de este viaje.
REGRESO A MANILA A FINALES DE FEBRERO DE 1602.
"Aprestado, pues, el navío,
nos hicimos a la vela por los últimos de febrero.
Y antes de partirme supe cómo el hermano fray Gómez
iba al Kanto, donde estaba el Emperador,
cosa de que me alegré grandemente.
Hechos a la vela en aquel navío de los mercaderes
de Osaca,
con buen viaje llegamos a Maribélez,
isla de Manila donde está la centinela.
Y por ser grandes las corrientes,
una tarde dio fondo nuestro navío allí cerca.
Y al amanecer descubrimos cuatro navíos de Castilla,
que así fue para nosotros vista alegre.
No fue menos alegre la nueva que esta ciudad y tierra
recibió con ellos, y con el Gobernador don Pedro
de Acuña,
tan deseado, que venía en ellas,
del cual el año pasado habíamos tenido nueva.
Estuvimos, pues, quedos hasta certificarnos si era así.
La capitana --y otro navío-- llegó a donde
estábamos.
La cual, con un viento contrario, surgió donde nosotros;
y descubriéndonos, mandó a la centinela de
Maribélez
--que iba a reconocer qué gente era, reconociendo
ser el Gobernador--,
sin dejarle subir a la capitana, le mandó que nos
reconociese;
y siendo japoneses, fuésemos allá a la capitana
con las cartas y recaudos que traíamos.
Llegó a nuestro navío. Y como supimos lo
que era
y lo que se nos mandaba por la centinela,
no pudieron darme nueva más alegre.
Embarcámonos y fuimos --yo y los capitanes, que
eran tres--,
con otros principales, a besar las manos al Gobernador.
El cual nos recibió en la popa alegremente con algunos
caballeros,
mandándonos entrar a solos los japoneses y a mi.
Y como tan cristiano caballero --para edificación
de los japoneses--,
viendo el hábito de nuestro padre San Francisco
--aunque en un pobre fraile lego desamparado--
hizo una profunda inclinación, casi de rodillas,
besando el hábito, abrazándome a mi después
y luego a los japoneses mis compañeros.
A los cuales --con palabras de mucho amor y edificación--,
por un naguatato les dio a entender
lo que se había holgado de verlos y el gran deseo
que traía
de favorecerlos, y a todas las cosas de Castilla.
Y que mostrasen a los japoneses toda la nao,
las armas y piezas de artillería.
Y por regocijarlos más, mandó (que) se disparase
una pieza gruesa con bala horadada.
Y al dispararse, pareció haber caído un gran
rayo
y la bala fue a dar a parte bien lejos de allí,
de que se espantaron mucho los japoneses,
porque su artillería y municiones es de poca fuerza
y no alcanza tanto.
"Mientras mis compañeros se entretenían
en mirar el navío
me quedé yo con el señor Gobernador,
dándole cuenta muy particular de las cosas del Japón
y de mi embajada,
dándole juntamente la carta que traía al
cuello
--del recelo no me la tomasen por fuerza, como tengo dicho--,
suplicándole me perdonase no entregarla con la autoridad
y en la forma que se debía a la persona de su señoría
y al Emperador que la enviaba,
y de la suerte que me la habían entregado, con su
caja dorada,
diciéndole la causa por qué.
A lo cual --como tan discreto caballero-- respondió que
no importaba,
que de cualquier manera la recibía muy bien pues
que yo la traía,
y que en todo procuraría dar gusto al Emperador
y favorecer con muchas veras este viaje y conversión.
ENVÍO DE NUEVOS FRAILES A JAPÓN.
"Lo cual --como quien es-- cumplió, como
todos saben,
pues por el mes de mayo pasado despachó en los navíos
de Japón
la respuesta de la carta
y (la) envió con muchos favores y regalos para el
Emperador
y religiosos de nuestra orden y de Santo Domingo y San
Agustín.
De la nuestra, cinco: dos hijos legos y tres sacerdotes.
De los cuales van por cabeza y comisario fray Agustín
Rodríguez,
predicador compañero de los mártires,
y fray Juan de Noguera, lector de teología,
y fray Juan Bautista, confesor.
Los cuales van derechos a Fuxime y Meaco.
Los padres de Santo Domingo --de los cuales va por cabeza
el padre prior del convento de esta ciudad de Manila,
persona de muchas prendas y satisfacción,
con otros cinco compañeros--
(van) destinados al reino de Saxuma, y a petición
del mismo reino,
que les hizo embajada propia a estos reinos pidiéndolos.
Los padres de San Agustín van a donde les cupiere;
de los cuales van tres, y por cabeza
el padre prior recién electo de este convento de
Manila,
persona asimismo de mucha satisfacción.
A los cuales todos embarcó y dio avío el
señor Gobernador
con mucho amor y cumplimiento de todo lo necesario.
"Y últimamente, para cumplir con los deseos
del Emperador,
envía un navío a los reinos del Emperador
del Kanto;
en el cual vamos tres religiosos de nuestro hábito
--dos sacerdotes y yo, el tercero--,
cosa que para el Emperador ha de ser la mayor lisonja
y mayor favor y presente que puedan enviarle de estas islas,
porque sobre toda pretensión o interés desea
la comunicación con los españoles en aquellos
reinos suyos del Kanto.
En los cuales --en lo mejor que les pareciere a los españoles--
dice (que) les dará tierras y seguro en que vivan
como en Manila.
Y si en esta embajada no ha tratado
de este artículo del navío del Kanto,
es por haberle pedido el año pasado y habérselo
prometido,
y esperar también la resolución del viaje
que pretende hacer a la Nueva España en un navío
que tiene
--a lo que nos han dicho-- de los ingleses que allí arribaron
dos años ha;
en el cual pretende hacer el viaje a la Nueva España,
dándole marineros y gente que lo gobierne;
que allá no la hay, si no son diez ingleses que
allí han quedado,
los cuales andan por allí repartidos entre Kanto
y la corte.
Y lo mismo se ha hecho de la artillería.
Dijéronnos nuestros padrinos
que ninguna cosa se le pidiera al Emperador
en favor de los españoles y esta tierra que no la
concediese,
si los españoles tuviesen trato en su tierra.
"Confío en Nuestro Señor que con este
navío en que ahora vamos
y estos españoles que allá van a contratar,
ha de ser medio para que públicamente
se predique la fe en Japón y se hagan iglesias;
que hasta ahora --si no es la de los padres de la Compañía
en Nagasaqui una, y de nosotros en el Kanto y Fuxime, dos--,
no hay otras iglesias
en que públicamente se celebren los oficios en Japón;
aunque tenemos otras tres encubiertas,
como las demás que tienen los padres de la Compañía,
dos en Meaco y una en Osaca.
Y aunque la de Fuxime es chica, se hará mayor
en el lugar que nos tiene prometido el Emperador,
que por la muerte del hijo fray Jerónimo no se concluyó.
FINAL.
"Y esto es, hermano nuestro,
lo que debajo de obediencia y censura, sin amor ni pasión,
se me ha ofrecido de qué dar cuenta y relación.
Y por ser verdad, lo firmo de mi nombre
el día que nos hemos de embarcar para el Kanto,
fray Pedro de Burguillos, de 1602."
FIN
(Versión Emilio Sola)
|